Pequeña taxonomía-El cíclope I


Uno puede afirmar que alguna etapa de la vida comienza o termina (que es lo mismo) en la manera en cómo ponderamos el cielo. Por años ha estado convencido de que el frío es el clima que mejor estrecha su temperamento; creo que nunca podría desmentirse a sí mismo de lo contrario. Pero es que el temperamento no se puede modificar, ha escuchado a cierto pastor. Sin embargo ahora el sol le parece una potencia deseable, un punto al que aspira aunque no se atreva a mirarle de lleno (no podría tampoco). Tengo un ojo, se dice, porque tiene que recordárselo a falta de manantiales extensos donde pueda ver su reflejo completo; habito en el campo, entre las rocas, mi morada es la tierra. El sol de pronto a su vida adulta se ha convertido en un hogar. 

El sol, potencia quizá más antigua que Dios y que el viento, algún día se extinguirá. El cíclope lo sabe. La disposición de su rostro la han copiado los hombres para elaborar lámparas, faros y postes de luz. Su gran ojo, como un sol, como una ventana, única, absoluta, pondera los objetos moldeados por la luz de una sola forma. A veces cuando pasea por las rocas, cuando busca algún alimento que le ofrezca el sol, cree que la desventura de los humanos se encuentra en poseer dos entradas al mundo, mientras que él posee la única, la verdadera.

Y ahora pondera el cielo de otra forma. Si fuese hombre, el cielo le sabría a dos veces, a él le sabe a una, diferente esta mañana. Ha prestado particular atención al cielo porque el día anterior soñó con una constelación.  A pesar de que las estrellas desaparecen por lo general en la niebla, armadura de la noche, él siempre sueña con paisajes oscuros y encendidos por antorchas divinas, estrellas que no titilan sino queman arriba. Esa noche previa a su cambio de época, soñó. Vio una constelación muy bien definida y móvil en un sueño entre púrpura y azul, los colores del cielo postrados sobre él. La constelación era móvil, las estrellas se desplazaban en los contornos de una forma que él no podría vislumbrar, pero que un eco le anunciaba, se trataba de la constelación Acuario. 

Acuario no le dice nada, ojalá, se dice, conociera a alguien que no tuviese ojo alguno, que supiera los sueños, sobre todo en los suyos, donde no hay sol. 

lunes, 13 de agosto de 2012 Leave a comment

Manzanas


Mi amado E.:

Me han explicado. Sales minerales, tierras, agua y demás trasuntan en un fruto una especie, Malus domestica, que viene de mela, manzana en griego y doméstica porque se puede criar donde quieras, cómo quieras y comer como desees, frutas salvajes, amargo vinagre, chispeante ensalada, consomé, sidra, todo eso se puede hacer con esa fruta. Eso anoté bien y con otros detalles que me dieron unos campesinos que estaban cosechando manzanas un martes por la mañana en que yo solo apuntaba y dibujaba el paisaje; detalles como este: uno puede morir por comer pepas de manzanas.

Explico en qué pensaba esos momentos. A los primeros hombres causó especial fascinación la manzana, un seno, un sexo, todo eso puede ser la manzana. La imaginación disfruta mejor que la sensatez. Si Eva no le hubiese dado a su compañero de paraíso esta fruta plena de almidón, este no se hubiese atorado con ese fruto y tampoco dormido en su seno ni entre sus piernas. Todo eso. El castigo es en efecto, la pena eterna. Vale tanto, lo sé.

El asunto mi amado E. es que a mí la manzana me parece obsoleta, desabrida como una mujer correcta y un desperdicio de esfuerzos de la tierra. Frente a la manzana, fruto muerto, inerte, pesado; la papaya parece la reina de las frutas, tan carnosa pero suave y húmeda, vital. La manzana ni siquiera es demasiado exuberante y encendida como la fresa, reina de las salvajes, podría fingir una muerte con el jugo de esa fruta. La fruta que desbarata mis tristezas es la naranja porque pica mis nervios y esconde la tristeza. El hollejo de la naranja parece carne sin sangre. El lúcumo es una fruta sofisticada: almidonada pero especial, sabrosa con leche pero sola no, se guarda, tiene reservas; la naturaleza la sabe valiosa. 

Hoy día me han preocupado los muertos y los vivos, los muertos sobre todo. Las frutas están de los dos lados: mantienen la fibra viva pero no alimenta la tierra ya sus venas. Todos los días mueren ellas, morimos. Cuántas muertes ha causado la manzana que lanzó la Discordia sobre la mesa del banquete, que como un meteorito aterrizó en seco, terrosa manzana, dorada manzana. Y a pesar de su circular forma, su compostura, la manzana flaquea en el paladar; arte puede gestar en el paladar el sabor de otras frutas pero la cocina sofisticada cómo esconde el sabor de la tierra y se erige falsa arte, falso todo, vacío de ricos. 

Y sin embargo las manzanas de Cézanne que rebalsan y el acento inglés, la manzana atravesada de Johnny Depp.

T.

martes, 3 de julio de 2012 Leave a comment

El friso de la vida


--¿De qué murió Vicente? ¿sabes eh?, le preguntó él con la boca llena. Había llegado tarde, con hambre. Entró muy rápido, de manera automática se sirvió un poco de arroz y se frió un huevo. 

El otro apenas volteó cuando escuchó que se abría puerta, seguía viendo la televisión: un programa sobre agentes de la DEA que se enfrentan a narcotraficantes colombianos. 

--No tengo idea, musitó. Estiró su pies, apagó la televisión y se dio la vuelta hacia el respaldar del sillón. Se hizo el dormido, se ovilló. Pensó que ya no quería seguir viviendo con él, que sería mejor irse de ese lugar desconocido en que había caído, el tedio de la convivencia. Eso sintió apenas se difuminó la luz del aparato.

El otro siguió comiendo en el comedor y luego se fue al baño.

--¿De qué murió Vicente?, se preguntó a sí mismo en la oscuridad. Apretó los ojos, no lo recordaba bien, no lo tenía claro. Las películas ahora le sabían a nada. Antes de los macizos agentes de la DEA, acababa de ver una película sobre una mujer que quedaba mil años mirando a una pared, maldita sea Monica Vitti. Los hombres la pueden adorar pero él no, no entiende bien. Ni siquiera era de su generación. --¿Quién es de tu generación? Le preguntó él un día en que conversaban en un parque. Ese día lo pensó bien. 

Mi generación. Escupiría uno o varios nombres y no se decidiría. De regreso a casa, mientras observaba el tráfico, los paseantes, las familias que se habían congregado en parques, niños con triciclos, recordó que un amigo fastidiado le dijo que su mayor mérito sería engendrar y dar a luz. La tienes más fácil. Eso jamás será mi mayor mérito, replicó furibundo, incluso golpeó la mesa: solo será una circunstancia. Mi cuerpo no es mérito. Y sin embargo desfilaban a su lado todos los días en las calles los árboles y algunas madres sonrientes orgullosas de su cuerpo y de los cuerpos pequeños que desafiaban la especie primigenia, los primates, y la gravedad y sus genes que se acomodaban a las circunstancias, caminaban erguidos, incluso corrían temblorosos. Su mayor mérito. De regreso también se detuvo a observar a unos ancianos que siempre sacaban sus sillas a la llegada de las tres de la tarde. Se sentó frente a ellos con disimulo: los ancianos se sentaban juntos y solo veían el tiempo caer. Sobrevivir su mayor mérito.

Escuchó que se cerró el grifo. Nunca había sentido celos de él ni de otro hombre con los que ha estado. Quizá, se dijo siempre en silencio, como un pensamiento bajo, muy bajo, nunca había sentido demasiado apego. Que me escupan o que me pateen. Es igual, inmutable, que todo da igual cuando se carga con tanta desdicha sin explicación, desde embrión; algún fluido de la placenta de su madre definió su bilis negra. Mi generación no tiene bilis negra, solo yo, se había dicho. 

El otro sale del baño, se va al cuarto. Regresa a la sala y se sienta en el sillón del frente. Un poco de cortesía le inspira su presencia, gira su cuerpo hacia él. Él se arrodilla a su lado y toma sus manos, besa su frente. Siempre encuentra las coordenadas adecuadas. Porque nunca es fácil, nadie la tiene más fácil, solo ellas las señoras del parque y el radiante ensimismamiento de las nuevas criaturas frente a una flor, una abeja, una pelota, una anciana. Pero luego los niños se van. 

Responde con un abrazo, acerca su rostro al rostro de él, siente en su piel sus pestañas. 

--Vicente se pegó un tiro en el pecho muy joven, de la locura, le responde como un suspiro de cansancio o de resignación. Amaba el cuerpo de él, ciertamente.

domingo, 1 de julio de 2012 Leave a comment

Dosmildoce

6-7-2012

El dolor de espalda es acaso síntoma de cómo el tiempo se enquista en nuestra columnas. Sostiene esta tribulación que se posa en mi cabeza, que se bambolea cuando camino, mi cabeza cuelga de preocupación, cuelga ciertamente.

Esta es ocurrencia del día seis de julio: increíble cómo no se puede amar a alguien infinitamente más bello que uno. Porque lo es. Debería haber una regla de los genes para que activen todas las llamas del cuerpo frente a belleza ajena. Que descifre mi interior no debería importar. Y qué es más duradero sino esa hechura felina que ningún hombre ostenta salvo él, sí. Pero no lo logras amar. Él tampoco puede amar a un sujeto como yo, su sensibilidad no está acorde con la mía. Soy un forajido. Le he cortado el rostro a una mujer con una navaja oxidada.

Quisiera además alimentarme bien. No tomar licor, no fumar, no drogarme, no comer comidas que emboten mi respiración, no fornicar, vivir como un monje tibetano que se incendia con solo pensar en una chispa. Quiero estar sano porque sé que el dosmilveintidós será el año mejor y quiero estar sano porque en el dosmilveintidós el haber nacido el siglo anterior me servirá de algo. El dosmildoce ya es un año mejor.

Quiero alimentarme y no hacer un artificio sino fabricar un átomo.


Me dicen al oído, vivir años no asegura sino una piel maltratada. Recuerdo que ya hace quince días una tortuga solitaria ha fallecido. Última de toda una estirpe de gigantes. Hubiese querido montar a toda velocidad esa tortuga. 


El primer aforismo de W. dice: El mundo es todo lo que es el caso.


Martín Adán piensa. ¿Cuándo seré yo sin mundo ni prójimo?/¿Cuándo será mi verdadera vida?


Picasso de 1901 a 1903 tenía incrustado un vidrio en la retina y veía el panorama con azul melancolía.

martes, 26 de junio de 2012 Leave a comment

End of the youth


La literatura me ha enseñado todas las verdades en las que aún creo (eso pienso). Descreo de las verdades que me enseña la experiencia, porque mi razón es mediocre, es razón solamente.

La otra vez pensé: "Las formas tan complejas de los animales se deben a un proceso caprichoso del que los seres humanos rehuyen. Las orugas siempre me llevan a pensar en lo complicado que es convertirse, que es llegar a ser. La naturaleza es espera, no es inmediatez. Y todos los modernos queremos inmediatos. El ser humano utiliza la tecnología ahora para simplificar o reducir los procesos, la naturaleza funciona al revés: siempre da vueltas, hay que hibernar, esperar, se come el tiempo para madurar, la naturaleza enseña a madurar a transformarse y no queremos convertirnos sino transformarnos sin esfuerzo. La diferencia entre la naturaleza y la tecnología es que esta es esencialmente moderna, conserva un culto por la inmediatez, es agotable, no sabe esperar miles de años. La naturaleza es primordial, esencialmente fuera del tiempo". Eso pensé cuando vi un ave diminuta de color amarillo que estaba despiojándose en una ponciana. Eran las ocho de la mañana y yo había dado cuatro vueltas a un enorme parque para llegar a tiempo a la cita, no antes. En la mañana todo es tan diferente, tan real, incluso las aves son de otro color, son doradas todas aunque sepa que son esencialmente sucias. Lo irreal es la acera, el tráfico. Lo real es la cumbre de una montaña, la nieve, la tierra desnuda, después todo es irreal. Un campesino con atavíos coloridos que sujeta un caballo en el pie de un sagrado nevado, que mira el firmamento y tiene manos callosas, eso es real. Son irreales los sufrimientos citadinos, el estrés, los vórtices de la ciudad son irreales. En el bullicio qué se puede pensar sino en que uno tiene que hacer para no morir. Creo firmemente que he sido alguna hormiga muerta en el agua empozada de algún lavadero o una pequeña ave detenida en algún cable de luz que mira el amanecer. ¿Qué hacen esos seres reales en esta falacia? He sido eso y he vivido tres horas o dos semanas, ¿qué seré luego?

La literatura me ha mostrado lo peor de todos los recovecos humanos (eso siento). De inmediato lo desmiento: no tengo que reprocharle nada a la literatura, me has salvado la vida. Soy salvado.

La pintura me ha mostrado que esta ala no es un ala. De todas las formas Durero anticipó a Magritte. No es lo mismo un ala que una pipa. No es lo mismo mi cuerpo de hoy al de mañana. 

En un año he envejecido veinte años, esa es otra verdad. Otra verdad es la fe en que la desgracia y la melancolía es el precio que hay que pagar para ser, no es sangre sino alma. Un escritor sudafricano deja de escribir poesía a los veinticinco años, end of the youth, beginning of the summer. O Rilke: Denn das Schone ist nichts/ als des Schrecklichen Anfang. ¿Será esto el comienzo de lo terrible? La disputa con lo bello, es una batalla necesaria de librar. Tomaré un caballo fantasmagórico, me dispondré a cabalgar y las pisadas tatuarán la tierra.

Es la prosa la brocha gorda, la única posibilidad de estrechas sensibilidades. Así es. 

sábado, 23 de junio de 2012 Leave a comment

Notas marginales. Después del matrimonio 1



Después del matrimonio, pero antes del primer amor.


Lamentaba llegar tarde, demasiado tarde a la función. Ya ella tenía dos hijos, un casa perfectamente distribuida, un esposo. No fue un encuentro fortuito sino planeado con fineza de cirujano. Luego de su regreso, de una aventura fracasada, una convivencia con una mujer que todos consideraban estupenda, pero que a que él le sabía a glaciar de Patagonia, a vidriera gótica, regresó al mismo lugar donde había comenzado su verdadera vida: el departamento que compró a los treinta años con una deuda que sus padres ayudaron a liquidar.

En Chile, donde permaneció casi diez años, la vida se atragantaba sus esfuerzos, sus anhelos juveniles que ahora se habían transformado en éxito pasaban como agua salada en un pueblo sediento. Y estaba todavía el recuerdo de la diosa glaciar, fortuna de sus treinta años (decían algunos), que había venerado hasta que le supo a incienso o almizcle y que, finalmente, una mañana le supo a nada. Ese día él, que había sentado con la parte comprensible de ella, años atrás, el pacto de que si uno se entregaba al tedio debía partir. Un martes en que incluso la luz del día parecía blanca y no dorada comprendió que el acabose no sabía a mala noche de amor, sino a nadie, a un vacío en la epidermis. Estaba durmiendo con nadie y esa mañana frente al espejo del baño lloró con amargura de los diez años perdidos, en que con la esperanza de doblegar la coraza de Marie, había cedido a la desdicha todos los ideales que lo hicieron sobrevivir a la catástrofe de haber nacido en la época incorrecta.

Y allí estaba de regreso a Lima, adoptando la mejor manera que podía para no verse más vencido de lo que usualmente se sentía: lentes negros, saco bien planchado, un cigarrillo; de regreso. Si alguien lo hubiese conocido y lo hubiese visto allí, habría pensado que no habían pasado diez años desde que dejó Lima, sino toda una era glacial, que habría atravesado el estrecho de Behring del corazón de Marie y el suyo congelado nunca se volvería a descongelar. Su mirada apagada, sin siquiera cenizas de una vida anterior que todos creían venturosa, delataban que para malas decisiones él iba primero en la posta, y que por el momento, no se la pensaba pasar a nadie, tan solo que se encontraba ahora.

De regreso a su departamento, dispuso como mejor pudo sus escasas pertenencias. Hasta hace tres meses había sido alquilado a una pareja que tenía dos hijos. Cuando llegó, ellos ya no estaban; sus padres le informaron que la familia aún debía la cuenta de los servicios y de un mes. Por su tempestuosa llegada, tuvieron que aplazar la paga de algunas deudas, perdonaron los retrasos, todo para que él se instale de una vez en el departamento de su juventud. Solo le dejaron la dirección de la nueva casa de los inquilinos para que él se encargara de cobrarlas. "Ya hemos visto suficiente estos años", le dijeron sus padres cuando se despidieron de él y lo dejaron completamente solo en su departamento. Las siguientes tres semanas se las pasó arreglando lo poco que había traído y que conservaba en la casa de sus padres.
A veces se sentaba solo en la sala en un banco y veía por la ventana el sol ámbar de las cuatro de la tarde. Podía entonces solo mirar el celaje y pensar en la forma en que probablemente moriría. Cuando eso sucede, le dijo más adelante un amigo, es porque te ha cogido la melancolía del cuello, hermano. No hay salida.

Encontró un trabajo gracias a un amigo de infancia que lo recomendó a su suegro. Su trabajo era quieto y eso lo aliviaba porque su espíritu aún no estaba listo para las exaltaciones: su día comenzaba con consultas jurídicas de familias atosigadas por alguna desgracia doméstica, hijos drogadictos que robaban a sus padres, padres que los denunciaban, luego se arrepentían, terminaba con las madres que pedían manutención para hijas, hijos universitarios, hijos solterones, etc., se alegraba de no haber dejado hijos, de no conservar una entidad pendiente con la mujer glaciar ni con el mundo del sur, en fin era soltero nuevamente pero qué era eso sino el más punzante efecto de la desvalidez, con más de cuarenta años, no cruzaría más mares de locura, ya no.

Qué más sino eso, pensaba, los días sabían iguales, pero un día, un día en que quiso cobrar una deuda, él se endeudó con el mundo y la contingencia se regodeó con él porque era infinitamente pobre, porque no era nada, ni tenía vanidad. 

domingo, 27 de mayo de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía-Las sirenas


Las han visto en ríos, manantiales, el mar, incluso como diminutas presencias en charcos cincelados por una lluvia de verano. Nunca he visto una, pero el horizonte inagotable pudo haberme mostrado cierta hebra de cabello, una inusual esquina de aleta o las puntas de unos diminutos dedos que rasgan la superficie del mar; yo que tan pocas cosas veo, pude no haber advertido las monstruosas presencias de las sirenas.

Las sirenas cantan pero no hablan. Proceso bastante simple, dicen algunos. La entonación surge como desde las cavidades profundas de las aves. Un gorrión canta y no habla. Las sirenas no poseen traqueas como los humanos sino una estructura ósea como vértebras, cavidades de donde se contrae el aire y salen notas musicales, similares a las aves pero a la vez diferente. La diferencia entre las aves y las sirenas estriba en que a pesar de su ausencia de tráquea (y aunque parezca imposible), las sirenas poseen cuerdas vocales y entonces su canto no es alado ni marino sino humano pero similar al canto de un insecto o el llamado de un animal herido.

He de reconocer a una sirena. El procedimiento no es simple, es más bien arriesgado. Algunos me han dicho que si cierro los ojos y los abro de pronto podré ver a un aparecido. ¿Qué me tendré que colocar en los ojos para ver a una sirena? Si aprieto mis índices en los oídos escucho como un ruido fino, debe ser el canto de alguna sirena o de alguna criatura celestial a la que no hemos dado nombre. Ese sonido y otros más se pierden en la ciudad, donde incluso no se pueden ver las estrellas, donde las constelaciones son solo imaginadas.

Quisiera una sirena que cante y cuente. Que cuente historias sobre qué piensa al despertarse, si siente el vértigo de la muerte en la aleta algunas veces. Entonces definiría nuevamente mi forma de pensar el mundo. Por un momento olvidé que ellas no pueden hablar. Si me enamorara de una sirena sería feliz todavía. Eso, si me dejan. Y de todo lo demás olvidaré. Olvidaré hablar, lanzaré solo gorjeos como los peces. Olvidaré los modales de mesa y olvidaré pedir perdón, olvidaré. Olvidaré que la distancia es el olvido, olvidaré a mis padres, amigos y amantes y concebiré todas las razones olvidadas, los sentimientos perdidos, para poder verlas.

Una sirena no puede parir como un delfín o una ballena. Han imaginado otra forma de reproducción. Han imaginado, seguramente, otra forma de amar. Yo imagino solamente que algún día las veré de cerca. Estoy en un bote cerca de la Isla San Lorenzo, latitud de Lima, Océano Pacífico. El agua fría de la corriente de Humboldt es trazada con furia por capuchinos marinos blanquinegros, pinguinos, navegan al azar con una velocidad indecible, no tengo buen cálculo. Allí está una tropa de sirenas. Las avisto bien, por fin. 

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La ternura (Detalle de varias pinturas)


Él se conmueve con Leonardo. Es muy piadoso, admira a los artistas: son santos que se desollan ellos mismos cada vez que transcurre el sol, que sube y baja. Había imaginado, conmovido, a Leonardo que se sacaba la piel y la colocaba como un lienzo y pintaba un rostro, un tatuaje que parecía un acantilado o un desierto. O lo vio en algún momento, imposible distinguirlo. Algunas veces los recuerdos de otra persona se han posado sobre él. ¿Qué hacer? Quiere ser un santo también. Mantener su cuerpo inmaculado del polvo de otros humanos; sus pensamientos contenidos en las cuencas de sus ojos, no contaminados. Es posible que si se atravesara los ojos con clavos y ya no viera más pudiera ser más puro, un anacoreta de verdad. Lo ha pensado seriamente y lo ha intentado cuántas veces. Fracasó todas por el miedo. Pero está la sentencia que abrasa su vida, que quiere ver, además, lo que los otros han creído ver.

Una tarde de abril la piedad ha aparecido ante él de diversas formas. Como un cuerpo doliente de Cristo sobre su madre, esas primeras imágenes incompresibles para él de la niñez. Luego un cadáver de planta, seca ante la ausencia de agua y la crueldad del sol. Nadie entierra a las plantas pero él sí ha enterrado el cadáver de un ave cuántas veces.

Últimamente ha tenido piedad o amor insólito por Vincent. Ha leído que Víncent quiso morir como Cristo por toda la humanidad, por esos campesinos que dibujaba agachados y entregados a la desdicha de la pobreza, que araban la tierra como si fueran a cavar sus tumbas. Devuelve Vincent con sus trazos el favor de nacer. Así como Vincent quiere ser él y lo logrará algún día. Mi palabra es oráculo.

La ternura ha aparecido bajo la forma de una persona, de otro hombre, como un repentino hijo, una aparición insperada. Él nunca hubiese podido experimentar  la maternidad porque la ve tan lejana. Pero a partir de ese momento se sabe madre, a pesar de su masculinidad y de cuerpo incapaz de reproducirse. Recordará ese momento cada vez que quiera se madre sin poder serlo.

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Carta de Gerardo a Rainer Maria


Rainer Maria:

No me sorprendió tu carta luego de la secuencia de tres sueños peculiares. El martes veinticinco de abril soñé que un ave blanca aterrizaba en la sala de mi casa, venía del jardín interior. Era un ave imperfecta, el pico estaba mal situado en su cabeza; percibí una desproporción impropia de la naturaleza. Hubiese esperado que esta ave imperfecta me hable. Solo graznó más imperfecto que cualquier juguete de batería.  Me despertó el chillido agudo. 
El miércoles veintiséis soñé que estaba cruzando la acera y cuatro libélulas me acechaban. Desvié mi atención hacia un poste de luz que brindaba una sombra estrecha. Entonces vi a un ave blanca apostada en la copa de un árbol, pero esta vez no era cualquier ave sino una lechuza. Las plumas no eran brillantes, ni finamente separadas. La proporción del cuerpo era el correcto, pero la consistencia en bloque de las plumas demostraba un mal trazo en el diseño de su cuerpo. También se notaba que los ojos carecían de pupila: sin la dilatada visión, la lechuza se convierte en cualquier ordinario animal. Cogí el primer bus que pasó por esa avenida hacia mi casa. 
El jueves veintisiete salí con una amiga y un amigo de infancia. Cenamos, conversamos, bebimos. Ella se quedó en mi casa y pasamos la noche juntos. No soñé nada solo en mis sueños se intercalaba lo que hice ese día y eventos de cómo la conocí a ella, quince años atrás en el jardín de infancia. 
El viernes veintiocho me esforcé por soñar pero me dio insomnio. Vi televisión toda la noche.
El sábado veintinueve sí soñé. Soñé que iba a tu velorio. En el velorio me encontré con tu madre y me contó que te habías ahorcado y que dejaste una nota. Tu madre no quería enseñarme la nota porque decía, era incomprensible y le daba mucha tristeza que hayas entregado de esa forma a tu propia locura. Espero que no estés muerto y puedas leer esta carta. En el velorio estaba nuevamente el ave blanca, una lechuza ahora más perfecta, casi dibujada con obsesión y me sorprendí de que en tres o cuatro días las garras del animal, que antes me parecían de plástico, hubiesen mejorado tanto: ahora eran callosidad pura, pero transparentes. Podría notar el transcurso de sus arterias. Me pareció un trabajo maravilloso. La lechuza se encontraba apostada en una esquina muy arriba, en la iglesia donde velaban tu cuerpo. La vi cuando entré a la sala donde te velaban; aunque no logré, finalmente, ver tu cuerpo. No recuerdo qué sucedió allí. Cuando salí entorné mis ojos hacia arriba para encontrarme con sus ojos pero no la hallé. Me pregunté dónde estaría y desperté.

Si tu carta es del 29 de abril entonces no sabía si estabas efectivamente vivo. Pudiste morir después, quizá ayer. Tu madre no me habría llamado para tu velorio porque creo que no le agrado. Puedo enterarme por alguien de que efectivamente has fallecido pero decidí hacer primero lo que me encargaste. 

Ayer toda la noche también comandé mi sueño y devine en un cuervo de color azul. El color negro es muy difícil de soñar. Contiene una pureza que solo es posible lograr con una práctica rigurosa de años; no es una combinación apresurada de todos los colores de la paleta, ese no es el negro. Me conformé con el azul pero lo soñé tornasol también. Así me era más fácil desplazarme por la ciudad pero también está el calor y la presencia extraña de un cuervo en la ciudad de Lima, donde lo único negro que traza el cielo son los pestilentes gallinazos. Así el 30 de abril te busqué pero no te encontré como otros días anteriores habías aparecido ante mí sin que te buscara. Imaginaba, mientras volaba, que cuando nos encontremos iba a haber (aún no sé por qué) una catastrófica disputa en los cielos, que colisionaríamos al vernos y que ráfagas o truenos se desprenderían de nuestro choque. Imaginé eso pero no te encontré. 

Cuando desperté hoy día, agotado, subí a la azotea de mi casa. Tomé algunas planchas de madera que mi padre guardaba de la última vez que tuvimos gallinas y construí una madriguera de 1.5 cm. por 1.7 cm. Supongo que allí cabrías bien. Lo diseñé en la vigilia porque sabía que solo así podría ahorrar tiempo, esta aparecería ya en los sueños y no tendría que construirla toda la noche; como cuervo sería más complicado. Ciertamente sé que el resultado habría sido mejor, mil veces mejor pero está el tiempo.

Allí te espero, como me lo pediste. Espero que puedas decirme lo que tú quieres que sepa.

Gérard

martes, 1 de mayo de 2012 Leave a comment

Carta de Rainer Maria a Gerardo


Gerardo:

Ayer tuve un sueño verdaderamente asqueroso. Soñé que estaba enamorado de alguien. Iba por la acera tomado de la mano con esa persona. No te podría asegurar si era un hombre o una mujer, pero era una criatura agradable, que me complacía. Tomar de la mano a alguien fue asqueroso. Aunque sentí minutos de tranquilidad. En algún momento mi sueño se degenera en una absurda revelación de que esa persona era un antiguo rostro de un conocido que nunca aprecié. Esto me trastornó; mi alma traidora conserva figuras que mi cerebro por salud desecha. No desenmascaré a la persona impostora en ese instante. Seguí con la farsa y las buenas maneras del sueño. 

El rayar de un búho en el cielo hizo que recordara que en la vigilia me habían hablado de un rostro que un  paciente psiquiátrico había dibujado en una de sus terapias: se trataba de un hombre que siempre aparecía en sus sueños. El psiquiatra se sorprende al ver al mismo hombre con el que sueña siempre. No se asusta, sucede alguna sorpresa en su vida y se alegra. Luego la historia se difunde y toda la gente empieza a soñar con ese rostro, que no es agradable, he visto esos dibujos. Dicen que en Pakistán y en Japón han soñado con ese hombre. Hay testimonios de cualquier matiz: unos dicen haber visto a sus padres en la cara de ese extraño, otros incluso sostienen haber hecho el amor con él. 

El rayar del búho en el cielo me recuerda que yo he visto ese rostro en la vigilia y con un poco más de sentido, por sugestión, tendría que verlo en mis sueños también. No lo veo sino a otra persona. Nunca he soñado con desconocidos Gerardo, o no sé si hay forma de recordarlo. No entiendo cómo puede haber gente que puede soñar con ese sujeto del dibujo incluso en diversas poses amatorias. 

Por eso me estoy perfeccionando en comandar mis sueños. El primer paso es no comer mucho en las noches. Mi madre repetidas veces me dice eso. Lo segundo es cantar o rezar (es lo mismo) antes de dormir. Es un pacto. Yo he apostado por un aria triste. También podría ser una canción sobre árboles de plástico o una estrella negra, de los mismos compositores.  Luego está penetrar en el sueño como cuando uno se zambulle en el mar, de a pocos pero con el sentimiento de muerte en el vientre. 

Cuando vea rayar al búho en el cielo, como esta mañana, estaré listo para acompañarlo, pero primero en cada sueño tengo que diseñar una a una mis plumas, mis ojos glaucos; esto tomará tiempo. Seré ojizarco, Gerardo, quizá vuele y penetre en tus sueños. Sueña con un caseta blanca en el techo de una casa de cuatro pisos. Allí llegaré. Espero que la diseñes correctamente, mis alas extendidas miden cerca de metro y medio.

Allí nos vemos.

R.M.

domingo, 29 de abril de 2012 Leave a comment

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