Dosmildoce

6-7-2012

El dolor de espalda es acaso síntoma de cómo el tiempo se enquista en nuestra columnas. Sostiene esta tribulación que se posa en mi cabeza, que se bambolea cuando camino, mi cabeza cuelga de preocupación, cuelga ciertamente.

Esta es ocurrencia del día seis de julio: increíble cómo no se puede amar a alguien infinitamente más bello que uno. Porque lo es. Debería haber una regla de los genes para que activen todas las llamas del cuerpo frente a belleza ajena. Que descifre mi interior no debería importar. Y qué es más duradero sino esa hechura felina que ningún hombre ostenta salvo él, sí. Pero no lo logras amar. Él tampoco puede amar a un sujeto como yo, su sensibilidad no está acorde con la mía. Soy un forajido. Le he cortado el rostro a una mujer con una navaja oxidada.

Quisiera además alimentarme bien. No tomar licor, no fumar, no drogarme, no comer comidas que emboten mi respiración, no fornicar, vivir como un monje tibetano que se incendia con solo pensar en una chispa. Quiero estar sano porque sé que el dosmilveintidós será el año mejor y quiero estar sano porque en el dosmilveintidós el haber nacido el siglo anterior me servirá de algo. El dosmildoce ya es un año mejor.

Quiero alimentarme y no hacer un artificio sino fabricar un átomo.


Me dicen al oído, vivir años no asegura sino una piel maltratada. Recuerdo que ya hace quince días una tortuga solitaria ha fallecido. Última de toda una estirpe de gigantes. Hubiese querido montar a toda velocidad esa tortuga. 


El primer aforismo de W. dice: El mundo es todo lo que es el caso.


Martín Adán piensa. ¿Cuándo seré yo sin mundo ni prójimo?/¿Cuándo será mi verdadera vida?


Picasso de 1901 a 1903 tenía incrustado un vidrio en la retina y veía el panorama con azul melancolía.

martes, 26 de junio de 2012 Leave a comment

End of the youth


La literatura me ha enseñado todas las verdades en las que aún creo (eso pienso). Descreo de las verdades que me enseña la experiencia, porque mi razón es mediocre, es razón solamente.

La otra vez pensé: "Las formas tan complejas de los animales se deben a un proceso caprichoso del que los seres humanos rehuyen. Las orugas siempre me llevan a pensar en lo complicado que es convertirse, que es llegar a ser. La naturaleza es espera, no es inmediatez. Y todos los modernos queremos inmediatos. El ser humano utiliza la tecnología ahora para simplificar o reducir los procesos, la naturaleza funciona al revés: siempre da vueltas, hay que hibernar, esperar, se come el tiempo para madurar, la naturaleza enseña a madurar a transformarse y no queremos convertirnos sino transformarnos sin esfuerzo. La diferencia entre la naturaleza y la tecnología es que esta es esencialmente moderna, conserva un culto por la inmediatez, es agotable, no sabe esperar miles de años. La naturaleza es primordial, esencialmente fuera del tiempo". Eso pensé cuando vi un ave diminuta de color amarillo que estaba despiojándose en una ponciana. Eran las ocho de la mañana y yo había dado cuatro vueltas a un enorme parque para llegar a tiempo a la cita, no antes. En la mañana todo es tan diferente, tan real, incluso las aves son de otro color, son doradas todas aunque sepa que son esencialmente sucias. Lo irreal es la acera, el tráfico. Lo real es la cumbre de una montaña, la nieve, la tierra desnuda, después todo es irreal. Un campesino con atavíos coloridos que sujeta un caballo en el pie de un sagrado nevado, que mira el firmamento y tiene manos callosas, eso es real. Son irreales los sufrimientos citadinos, el estrés, los vórtices de la ciudad son irreales. En el bullicio qué se puede pensar sino en que uno tiene que hacer para no morir. Creo firmemente que he sido alguna hormiga muerta en el agua empozada de algún lavadero o una pequeña ave detenida en algún cable de luz que mira el amanecer. ¿Qué hacen esos seres reales en esta falacia? He sido eso y he vivido tres horas o dos semanas, ¿qué seré luego?

La literatura me ha mostrado lo peor de todos los recovecos humanos (eso siento). De inmediato lo desmiento: no tengo que reprocharle nada a la literatura, me has salvado la vida. Soy salvado.

La pintura me ha mostrado que esta ala no es un ala. De todas las formas Durero anticipó a Magritte. No es lo mismo un ala que una pipa. No es lo mismo mi cuerpo de hoy al de mañana. 

En un año he envejecido veinte años, esa es otra verdad. Otra verdad es la fe en que la desgracia y la melancolía es el precio que hay que pagar para ser, no es sangre sino alma. Un escritor sudafricano deja de escribir poesía a los veinticinco años, end of the youth, beginning of the summer. O Rilke: Denn das Schone ist nichts/ als des Schrecklichen Anfang. ¿Será esto el comienzo de lo terrible? La disputa con lo bello, es una batalla necesaria de librar. Tomaré un caballo fantasmagórico, me dispondré a cabalgar y las pisadas tatuarán la tierra.

Es la prosa la brocha gorda, la única posibilidad de estrechas sensibilidades. Así es. 

sábado, 23 de junio de 2012 Leave a comment

Notas marginales. Después del matrimonio 1



Después del matrimonio, pero antes del primer amor.


Lamentaba llegar tarde, demasiado tarde a la función. Ya ella tenía dos hijos, un casa perfectamente distribuida, un esposo. No fue un encuentro fortuito sino planeado con fineza de cirujano. Luego de su regreso, de una aventura fracasada, una convivencia con una mujer que todos consideraban estupenda, pero que a que él le sabía a glaciar de Patagonia, a vidriera gótica, regresó al mismo lugar donde había comenzado su verdadera vida: el departamento que compró a los treinta años con una deuda que sus padres ayudaron a liquidar.

En Chile, donde permaneció casi diez años, la vida se atragantaba sus esfuerzos, sus anhelos juveniles que ahora se habían transformado en éxito pasaban como agua salada en un pueblo sediento. Y estaba todavía el recuerdo de la diosa glaciar, fortuna de sus treinta años (decían algunos), que había venerado hasta que le supo a incienso o almizcle y que, finalmente, una mañana le supo a nada. Ese día él, que había sentado con la parte comprensible de ella, años atrás, el pacto de que si uno se entregaba al tedio debía partir. Un martes en que incluso la luz del día parecía blanca y no dorada comprendió que el acabose no sabía a mala noche de amor, sino a nadie, a un vacío en la epidermis. Estaba durmiendo con nadie y esa mañana frente al espejo del baño lloró con amargura de los diez años perdidos, en que con la esperanza de doblegar la coraza de Marie, había cedido a la desdicha todos los ideales que lo hicieron sobrevivir a la catástrofe de haber nacido en la época incorrecta.

Y allí estaba de regreso a Lima, adoptando la mejor manera que podía para no verse más vencido de lo que usualmente se sentía: lentes negros, saco bien planchado, un cigarrillo; de regreso. Si alguien lo hubiese conocido y lo hubiese visto allí, habría pensado que no habían pasado diez años desde que dejó Lima, sino toda una era glacial, que habría atravesado el estrecho de Behring del corazón de Marie y el suyo congelado nunca se volvería a descongelar. Su mirada apagada, sin siquiera cenizas de una vida anterior que todos creían venturosa, delataban que para malas decisiones él iba primero en la posta, y que por el momento, no se la pensaba pasar a nadie, tan solo que se encontraba ahora.

De regreso a su departamento, dispuso como mejor pudo sus escasas pertenencias. Hasta hace tres meses había sido alquilado a una pareja que tenía dos hijos. Cuando llegó, ellos ya no estaban; sus padres le informaron que la familia aún debía la cuenta de los servicios y de un mes. Por su tempestuosa llegada, tuvieron que aplazar la paga de algunas deudas, perdonaron los retrasos, todo para que él se instale de una vez en el departamento de su juventud. Solo le dejaron la dirección de la nueva casa de los inquilinos para que él se encargara de cobrarlas. "Ya hemos visto suficiente estos años", le dijeron sus padres cuando se despidieron de él y lo dejaron completamente solo en su departamento. Las siguientes tres semanas se las pasó arreglando lo poco que había traído y que conservaba en la casa de sus padres.
A veces se sentaba solo en la sala en un banco y veía por la ventana el sol ámbar de las cuatro de la tarde. Podía entonces solo mirar el celaje y pensar en la forma en que probablemente moriría. Cuando eso sucede, le dijo más adelante un amigo, es porque te ha cogido la melancolía del cuello, hermano. No hay salida.

Encontró un trabajo gracias a un amigo de infancia que lo recomendó a su suegro. Su trabajo era quieto y eso lo aliviaba porque su espíritu aún no estaba listo para las exaltaciones: su día comenzaba con consultas jurídicas de familias atosigadas por alguna desgracia doméstica, hijos drogadictos que robaban a sus padres, padres que los denunciaban, luego se arrepentían, terminaba con las madres que pedían manutención para hijas, hijos universitarios, hijos solterones, etc., se alegraba de no haber dejado hijos, de no conservar una entidad pendiente con la mujer glaciar ni con el mundo del sur, en fin era soltero nuevamente pero qué era eso sino el más punzante efecto de la desvalidez, con más de cuarenta años, no cruzaría más mares de locura, ya no.

Qué más sino eso, pensaba, los días sabían iguales, pero un día, un día en que quiso cobrar una deuda, él se endeudó con el mundo y la contingencia se regodeó con él porque era infinitamente pobre, porque no era nada, ni tenía vanidad. 

domingo, 27 de mayo de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía-Las sirenas


Las han visto en ríos, manantiales, el mar, incluso como diminutas presencias en charcos cincelados por una lluvia de verano. Nunca he visto una, pero el horizonte inagotable pudo haberme mostrado cierta hebra de cabello, una inusual esquina de aleta o las puntas de unos diminutos dedos que rasgan la superficie del mar; yo que tan pocas cosas veo, pude no haber advertido las monstruosas presencias de las sirenas.

Las sirenas cantan pero no hablan. Proceso bastante simple, dicen algunos. La entonación surge como desde las cavidades profundas de las aves. Un gorrión canta y no habla. Las sirenas no poseen traqueas como los humanos sino una estructura ósea como vértebras, cavidades de donde se contrae el aire y salen notas musicales, similares a las aves pero a la vez diferente. La diferencia entre las aves y las sirenas estriba en que a pesar de su ausencia de tráquea (y aunque parezca imposible), las sirenas poseen cuerdas vocales y entonces su canto no es alado ni marino sino humano pero similar al canto de un insecto o el llamado de un animal herido.

He de reconocer a una sirena. El procedimiento no es simple, es más bien arriesgado. Algunos me han dicho que si cierro los ojos y los abro de pronto podré ver a un aparecido. ¿Qué me tendré que colocar en los ojos para ver a una sirena? Si aprieto mis índices en los oídos escucho como un ruido fino, debe ser el canto de alguna sirena o de alguna criatura celestial a la que no hemos dado nombre. Ese sonido y otros más se pierden en la ciudad, donde incluso no se pueden ver las estrellas, donde las constelaciones son solo imaginadas.

Quisiera una sirena que cante y cuente. Que cuente historias sobre qué piensa al despertarse, si siente el vértigo de la muerte en la aleta algunas veces. Entonces definiría nuevamente mi forma de pensar el mundo. Por un momento olvidé que ellas no pueden hablar. Si me enamorara de una sirena sería feliz todavía. Eso, si me dejan. Y de todo lo demás olvidaré. Olvidaré hablar, lanzaré solo gorjeos como los peces. Olvidaré los modales de mesa y olvidaré pedir perdón, olvidaré. Olvidaré que la distancia es el olvido, olvidaré a mis padres, amigos y amantes y concebiré todas las razones olvidadas, los sentimientos perdidos, para poder verlas.

Una sirena no puede parir como un delfín o una ballena. Han imaginado otra forma de reproducción. Han imaginado, seguramente, otra forma de amar. Yo imagino solamente que algún día las veré de cerca. Estoy en un bote cerca de la Isla San Lorenzo, latitud de Lima, Océano Pacífico. El agua fría de la corriente de Humboldt es trazada con furia por capuchinos marinos blanquinegros, pinguinos, navegan al azar con una velocidad indecible, no tengo buen cálculo. Allí está una tropa de sirenas. Las avisto bien, por fin. 

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La ternura (Detalle de varias pinturas)


Él se conmueve con Leonardo. Es muy piadoso, admira a los artistas: son santos que se desollan ellos mismos cada vez que transcurre el sol, que sube y baja. Había imaginado, conmovido, a Leonardo que se sacaba la piel y la colocaba como un lienzo y pintaba un rostro, un tatuaje que parecía un acantilado o un desierto. O lo vio en algún momento, imposible distinguirlo. Algunas veces los recuerdos de otra persona se han posado sobre él. ¿Qué hacer? Quiere ser un santo también. Mantener su cuerpo inmaculado del polvo de otros humanos; sus pensamientos contenidos en las cuencas de sus ojos, no contaminados. Es posible que si se atravesara los ojos con clavos y ya no viera más pudiera ser más puro, un anacoreta de verdad. Lo ha pensado seriamente y lo ha intentado cuántas veces. Fracasó todas por el miedo. Pero está la sentencia que abrasa su vida, que quiere ver, además, lo que los otros han creído ver.

Una tarde de abril la piedad ha aparecido ante él de diversas formas. Como un cuerpo doliente de Cristo sobre su madre, esas primeras imágenes incompresibles para él de la niñez. Luego un cadáver de planta, seca ante la ausencia de agua y la crueldad del sol. Nadie entierra a las plantas pero él sí ha enterrado el cadáver de un ave cuántas veces.

Últimamente ha tenido piedad o amor insólito por Vincent. Ha leído que Víncent quiso morir como Cristo por toda la humanidad, por esos campesinos que dibujaba agachados y entregados a la desdicha de la pobreza, que araban la tierra como si fueran a cavar sus tumbas. Devuelve Vincent con sus trazos el favor de nacer. Así como Vincent quiere ser él y lo logrará algún día. Mi palabra es oráculo.

La ternura ha aparecido bajo la forma de una persona, de otro hombre, como un repentino hijo, una aparición insperada. Él nunca hubiese podido experimentar  la maternidad porque la ve tan lejana. Pero a partir de ese momento se sabe madre, a pesar de su masculinidad y de cuerpo incapaz de reproducirse. Recordará ese momento cada vez que quiera se madre sin poder serlo.

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Carta de Gerardo a Rainer Maria


Rainer Maria:

No me sorprendió tu carta luego de la secuencia de tres sueños peculiares. El martes veinticinco de abril soñé que un ave blanca aterrizaba en la sala de mi casa, venía del jardín interior. Era un ave imperfecta, el pico estaba mal situado en su cabeza; percibí una desproporción impropia de la naturaleza. Hubiese esperado que esta ave imperfecta me hable. Solo graznó más imperfecto que cualquier juguete de batería.  Me despertó el chillido agudo. 
El miércoles veintiséis soñé que estaba cruzando la acera y cuatro libélulas me acechaban. Desvié mi atención hacia un poste de luz que brindaba una sombra estrecha. Entonces vi a un ave blanca apostada en la copa de un árbol, pero esta vez no era cualquier ave sino una lechuza. Las plumas no eran brillantes, ni finamente separadas. La proporción del cuerpo era el correcto, pero la consistencia en bloque de las plumas demostraba un mal trazo en el diseño de su cuerpo. También se notaba que los ojos carecían de pupila: sin la dilatada visión, la lechuza se convierte en cualquier ordinario animal. Cogí el primer bus que pasó por esa avenida hacia mi casa. 
El jueves veintisiete salí con una amiga y un amigo de infancia. Cenamos, conversamos, bebimos. Ella se quedó en mi casa y pasamos la noche juntos. No soñé nada solo en mis sueños se intercalaba lo que hice ese día y eventos de cómo la conocí a ella, quince años atrás en el jardín de infancia. 
El viernes veintiocho me esforcé por soñar pero me dio insomnio. Vi televisión toda la noche.
El sábado veintinueve sí soñé. Soñé que iba a tu velorio. En el velorio me encontré con tu madre y me contó que te habías ahorcado y que dejaste una nota. Tu madre no quería enseñarme la nota porque decía, era incomprensible y le daba mucha tristeza que hayas entregado de esa forma a tu propia locura. Espero que no estés muerto y puedas leer esta carta. En el velorio estaba nuevamente el ave blanca, una lechuza ahora más perfecta, casi dibujada con obsesión y me sorprendí de que en tres o cuatro días las garras del animal, que antes me parecían de plástico, hubiesen mejorado tanto: ahora eran callosidad pura, pero transparentes. Podría notar el transcurso de sus arterias. Me pareció un trabajo maravilloso. La lechuza se encontraba apostada en una esquina muy arriba, en la iglesia donde velaban tu cuerpo. La vi cuando entré a la sala donde te velaban; aunque no logré, finalmente, ver tu cuerpo. No recuerdo qué sucedió allí. Cuando salí entorné mis ojos hacia arriba para encontrarme con sus ojos pero no la hallé. Me pregunté dónde estaría y desperté.

Si tu carta es del 29 de abril entonces no sabía si estabas efectivamente vivo. Pudiste morir después, quizá ayer. Tu madre no me habría llamado para tu velorio porque creo que no le agrado. Puedo enterarme por alguien de que efectivamente has fallecido pero decidí hacer primero lo que me encargaste. 

Ayer toda la noche también comandé mi sueño y devine en un cuervo de color azul. El color negro es muy difícil de soñar. Contiene una pureza que solo es posible lograr con una práctica rigurosa de años; no es una combinación apresurada de todos los colores de la paleta, ese no es el negro. Me conformé con el azul pero lo soñé tornasol también. Así me era más fácil desplazarme por la ciudad pero también está el calor y la presencia extraña de un cuervo en la ciudad de Lima, donde lo único negro que traza el cielo son los pestilentes gallinazos. Así el 30 de abril te busqué pero no te encontré como otros días anteriores habías aparecido ante mí sin que te buscara. Imaginaba, mientras volaba, que cuando nos encontremos iba a haber (aún no sé por qué) una catastrófica disputa en los cielos, que colisionaríamos al vernos y que ráfagas o truenos se desprenderían de nuestro choque. Imaginé eso pero no te encontré. 

Cuando desperté hoy día, agotado, subí a la azotea de mi casa. Tomé algunas planchas de madera que mi padre guardaba de la última vez que tuvimos gallinas y construí una madriguera de 1.5 cm. por 1.7 cm. Supongo que allí cabrías bien. Lo diseñé en la vigilia porque sabía que solo así podría ahorrar tiempo, esta aparecería ya en los sueños y no tendría que construirla toda la noche; como cuervo sería más complicado. Ciertamente sé que el resultado habría sido mejor, mil veces mejor pero está el tiempo.

Allí te espero, como me lo pediste. Espero que puedas decirme lo que tú quieres que sepa.

Gérard

martes, 1 de mayo de 2012 Leave a comment

Carta de Rainer Maria a Gerardo


Gerardo:

Ayer tuve un sueño verdaderamente asqueroso. Soñé que estaba enamorado de alguien. Iba por la acera tomado de la mano con esa persona. No te podría asegurar si era un hombre o una mujer, pero era una criatura agradable, que me complacía. Tomar de la mano a alguien fue asqueroso. Aunque sentí minutos de tranquilidad. En algún momento mi sueño se degenera en una absurda revelación de que esa persona era un antiguo rostro de un conocido que nunca aprecié. Esto me trastornó; mi alma traidora conserva figuras que mi cerebro por salud desecha. No desenmascaré a la persona impostora en ese instante. Seguí con la farsa y las buenas maneras del sueño. 

El rayar de un búho en el cielo hizo que recordara que en la vigilia me habían hablado de un rostro que un  paciente psiquiátrico había dibujado en una de sus terapias: se trataba de un hombre que siempre aparecía en sus sueños. El psiquiatra se sorprende al ver al mismo hombre con el que sueña siempre. No se asusta, sucede alguna sorpresa en su vida y se alegra. Luego la historia se difunde y toda la gente empieza a soñar con ese rostro, que no es agradable, he visto esos dibujos. Dicen que en Pakistán y en Japón han soñado con ese hombre. Hay testimonios de cualquier matiz: unos dicen haber visto a sus padres en la cara de ese extraño, otros incluso sostienen haber hecho el amor con él. 

El rayar del búho en el cielo me recuerda que yo he visto ese rostro en la vigilia y con un poco más de sentido, por sugestión, tendría que verlo en mis sueños también. No lo veo sino a otra persona. Nunca he soñado con desconocidos Gerardo, o no sé si hay forma de recordarlo. No entiendo cómo puede haber gente que puede soñar con ese sujeto del dibujo incluso en diversas poses amatorias. 

Por eso me estoy perfeccionando en comandar mis sueños. El primer paso es no comer mucho en las noches. Mi madre repetidas veces me dice eso. Lo segundo es cantar o rezar (es lo mismo) antes de dormir. Es un pacto. Yo he apostado por un aria triste. También podría ser una canción sobre árboles de plástico o una estrella negra, de los mismos compositores.  Luego está penetrar en el sueño como cuando uno se zambulle en el mar, de a pocos pero con el sentimiento de muerte en el vientre. 

Cuando vea rayar al búho en el cielo, como esta mañana, estaré listo para acompañarlo, pero primero en cada sueño tengo que diseñar una a una mis plumas, mis ojos glaucos; esto tomará tiempo. Seré ojizarco, Gerardo, quizá vuele y penetre en tus sueños. Sueña con un caseta blanca en el techo de una casa de cuatro pisos. Allí llegaré. Espero que la diseñes correctamente, mis alas extendidas miden cerca de metro y medio.

Allí nos vemos.

R.M.

domingo, 29 de abril de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía. Miles de libélulas.


1. Anatomía

Un atlas confiable dice que la libélula es la mayor parte de su vida, una ninfa. Una persona poco cauta podría decir que viven horas o días, como una mosca o una pulga. La realidad dice que viven la mitad de la vida de un perro. Su corazón trajina siete años. Su vida de ninfa es feliz porque el agua es maternal; ha disuelto con suavidad su cascarón. En algún momento, el tiempo le susurra órdenes al oído: le dice que se sujete de una pequeña rama que se esfuerza en alcanzar el sol. ¿Acaso el sol no está abajo, mucho más abajo, en las profundidades del agua? Un animal terrestre, avezado, que ha trazado madrigueras en el vientre de la tierra le dirá, más adelante, que hay un sol en las profundidades y otro arriba, en el otro espejo, el cielo. Pero ya no está en el mar el sol de las profundidades, aún está más allá; solo ha llegado la imaginación de los hombres.

Luego la rama le enseña a respirar el aire. Sus branquias posteriores hicieron lo suyo para mantenerla ninfa en el agua, ahora, agotadas, las desecha. Se cambia de ropaje y la divina época de ninfa culmina con su apertura al viento. Ahora puede volar. Planea por el campo con elegancia heredada. No se percata de los ojos que contemplan.  

2. Resurrección

Me acompañaba una sonatina de libélulas; sus alas rayaron zumbidos alrededor de mi cabeza. Mariposas transparentes querían resucitarme; mi cuerpo ese día era un acopio de tristeza: responsabilidades, el tiempo, gente extraña, claxons. Todo eso. Ellas presintieron la desazón por el olfato. Crucé las líneas para pedestres de la autopista y ellas fueron tras de mí, transparente y sincronizada aureola en mi cabeza. Sabía que no merecía tal homenaje. 

No consulté por qué aparecen en esta época. Se me ocurre que la cercanía de la neblina es responsable. El sol nunca derretiría sus alas. Un poeta dijo April is the cruellest month. Quisiera decir no lo es, ciertamente, el más cruel: la aproximación de la neblina, la noche en el día es mi felicidad y de las libélulas. Pero está aquí el cansancio que se disputa--finalmente vencida se aleja--con el aleteo concentrado de las libélulas. Las libélulas que atravesaron la autopista conmigo ya están lejos pero su olor a viento ha sabido cultivar mi memoria.

Buena compañía es la libélula. Sobre todo en las noches. Una de ellas descansa eterna cerca de mí. Si supiera palabras de Cristo, las resucitaría, como me resucitaron aquel día que las vi. Aladas palabras profirieron las libélulas. 

3. Cierto joven

Ha visto un joven que fue una libélula. Sabe respirar en el agua pero lo ha olvidado. Si le dijeran que fue ninfa en una época anterior seguro se burlaría, es demasiado desconfiado. El talle delgado y el caminar desigual lo delatan. Su soltura en el umbral del invierno también. Al comienzo dudó si efectivamente se trataba de una libélula, lo confundió con un lepidóptero. No distingue este joven que fue alguna vez libélula el color de las estrellas; tal vez no se acostumbra a la vida en la superficie de la tierra. Un día se pregunta qué pasaría si tomara la mano del joven, si aplastara alguna vena; quizá se convierta en luciérnaga, se aventura a responder.  

sábado, 21 de abril de 2012 Leave a comment

Notas marginales-Las cavidades


Horas de su vida huyeron juntas, como una estampida de polillas (aunque nunca las ha visto tan juntas), cuando cerró el libro y se instaló la melancolía, no causada por la historia que acababa de leer, en absoluto; se instaló una melancolía semejante a la que resulta de una mala sesión de amor. La historia no había sido tan buena o siquiera buena, o muchas expectativas, o porque una serie de recuerdos invocados por la ficción había desalojado el revés de sus neuronas y estaba otra vez allí flotando junto con sus prioridades. Echada en su cama, cuelgan sus extremidades y cierra los ojos. Por el bien de su imaginación  y vitalidad había decidido enterrar el recuerdo de un joven que creyó querer con locura adolescente. Una frase lacrimógena diría eso: un joven que amó locamente. Pero ella sabe ahora, después de muchos años de creer haber enterrado el recuerdo que siempre fue incapaz de amar como en los viejos tiempos, como se debe, con la lujuria del Rey David y el desprendimiento de Sansón, todo eso junto, incapaz. 

¿Cómo amar de manera moderna? La luz atraviesa sus párpados, coloca su brazo doblado encima de sus ojos. No es que se haya identificado con algún personaje de la historia, con las historias regulares nunca le sucede. Solo sabía de una persona que sí podría y eso le hace sentir escalofríos porque aunque lo sabe, jamás le alcanzaría esa historia para que él pueda verse correctamente. Y su presencia ha regresado, procelosamente esa noche. La ficción invocó y revivió al holograma de antiguas horas: los hologramas habitan dentro y están, como las bacterias, esperando florecer. Rodeado de otros personajes histéricos, ese héroe decadente de la ficción se parecía tanto al Augusto de su primera juventud: el centro de sus reverencias, la confirmación de su nimiedad porque no sufría como él, porque no era tan pervertida como él, porque no padecía del marasmo que acompaña al talento. Todo eso olvidado hasta hace minutos o cancelado con la negación de episodios de su primera juventud, mecanismo que acostumbra ella para sobrevivir: olvidar los borradores y pasar a la siguiente página. Lacrimógena como está, odia la invocación que realizan sus cavidades vasculares; no recuerda ya cuántas veces en su infancia se había quejado con sus padres de que se siente mal del corazón, levantaba el tono infantil: sentía que tenía un hueco, enseñaba el pecho y decía a su papá, con el índice acusador hacia su cuerpo, me duele acá. Estos momentos de debilidad se los perdona, porque es necesario a veces animar esas cavidades que ya se han convertido en físicas con alguna tristeza fácil que es la evocación de un amor mezquino. Cómo le hubiera gustado ver cuando la mano del fracaso se internó en su carne y modificó el recorrido de las venas y la sangre, de su corazón. En su afán de buscar una nueva vida o eso es lo que cree ella, sacrificios de la carne por el beneficio del espíritu, había pasado por alto que él también la pudo querer y comenzó a refugiarse en certeros noes que algún bien le hicieron o eso cree ella porque ahora no siente que la nimiedad sea el sustantivo de su ser, como en esa época, sino solo adjetivo de algunas de sus actitudes, ahora, sentía, se arriesgaba a tocar, como ella creía que lo hacía antaño él y su gran oído, y sus perfectos acordes, ahora se arriesgaba ella con los nervios de las plantas y la rugosidad del suelo, con sus manos, con los dedos. 

Y luego de ese camino de aprendizaje, el recuerdo de Augusto regresa a expensas de un personaje de ficción pero que está animado en carne y hueso en el cerebro de ella, aunque Words, words, words!!, ruge Hamlet, todas esas páginas para ella se funden en una misma persona: un drogadicto con talento o un músico sentimental. ¿Y cuántos músicos en tan poco tiempo que ella se está entregando vivamente a ellos, la han fecundado sin tocar su cuerpo porque están en otras esferas, enterrados hace centenas de años pero que han sabido ejecutar sus nervios y convertido sus neuronas procaces que quizá en el futuro compongan partituras que sepan insinuar la naturaleza, como no lo hizo él? Sin poder hacer el amor a Prokofiev es suyo. Olvidadas las promesas adheridas a la imperfección de la lengua, Augusto no puede saber que su música, su talento contemporáneo es tan de ancianos, hoy día. No sabría él cómo amar de manera moderna ni rasgar los tejidos de ella, extraer una cadencia acelerada, un allegro brioso, de las cavidades de su corazón.

viernes, 23 de marzo de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía. La libélula


Solo fui dos veces a la misma fiesta en años diferentes. En los dos años, vi una libélula. No sé si se tratará de la misma libélula, pero estaba allí, casi en la misma hora y en el mismo lugar, pasando por el mismo peligro. Los mismos ánimos de hace algunos años querían deshacerse de ella, también la misma suerte acompañó a esta libélula.

La vi revoloteando con torpeza alrededor de un foco. La torpeza de las alas dispuestas en distintos lugares del cuerpo, que no corresponden al armonioso vuelo de una ave planeadora. Su vuelo y el choque producen un sonido poco agradable aunque simétrico, porque el aleteo es calculado pero el golpe contra un foco o una pared, producen en nosotros un dolor extraño, que se enquista en los nervios, como el chirrido de metal o el rechinar de los dientes.

Entonces allí está la libélula. Tiene más de mil ojos. ¡Monstruo de una sola cabeza! Tendrá mil visiones del mismo evento. Podrá haber visto, en simultáneo, el azul de la noche, porque apareció en el jardín descubierto. A la vez podría calcular los movimientos de los invitados, la madre preocupada porque todos estén bien, el padre ocupado en desmentir una acusación a su hermano; el hijo mayor tratando de mantener la compostura ante la indignación de verse rechazado por una amiga de infancia; la hermana menor, divagar con algunos amigos porque quiere tener respuestas espontáneas; un tío enfrascado en un baile extraño, otra tía arrellanada con un vaso de licor y algunos admiradores alrededor. Otros sujetos que tratan de matar el tiempo, miran, tocan, se ríen, conversan. Celebración. Y así la fauna del jardín, que la libélula no entiende porque la imagen no explica ni vale más que la palabra como dicen los ilusos sino la imagen desnuda es un arma de dos filos, es todo el universo concentrado (tal vez lo es) pero recipiente que necesita contenido. Leonardo imaginó una máquina voladora, ligera, de guerra, pensando en tu poderoso cuerpo, libélula.

Allí la libélula no sabe, es. Abierto está su camino, nació en esa abertura del mundo, de nuestro mundo que fue el huevo que la albergó, digamos, pensemos, ¿hace dos años? ¿Cientos de años? Eso me pregunto mientras la avisto de lejos. Si me vio solo habrá visto a un cuerpo rodeado de algunos cuerpos trabados en conversaciones sin sentido, en un lenguaje pedestre que es el lenguaje de las celebraciones, que mañana de igual forma que resulta para la libélula, no será nada para mí, cuando me reencuentre con el camino lejano, la abertura clausurada y el vientre lejano.

jueves, 8 de marzo de 2012 Leave a comment

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