Carta de Rainer Maria a Gerardo


Gerardo:

Ayer tuve un sueño verdaderamente asqueroso. Soñé que estaba enamorado de alguien. Iba por la acera tomado de la mano con esa persona. No te podría asegurar si era un hombre o una mujer, pero era una criatura agradable, que me complacía. Tomar de la mano a alguien fue asqueroso. Aunque sentí minutos de tranquilidad. En algún momento mi sueño se degenera en una absurda revelación de que esa persona era un antiguo rostro de un conocido que nunca aprecié. Esto me trastornó; mi alma traidora conserva figuras que mi cerebro por salud desecha. No desenmascaré a la persona impostora en ese instante. Seguí con la farsa y las buenas maneras del sueño. 

El rayar de un búho en el cielo hizo que recordara que en la vigilia me habían hablado de un rostro que un  paciente psiquiátrico había dibujado en una de sus terapias: se trataba de un hombre que siempre aparecía en sus sueños. El psiquiatra se sorprende al ver al mismo hombre con el que sueña siempre. No se asusta, sucede alguna sorpresa en su vida y se alegra. Luego la historia se difunde y toda la gente empieza a soñar con ese rostro, que no es agradable, he visto esos dibujos. Dicen que en Pakistán y en Japón han soñado con ese hombre. Hay testimonios de cualquier matiz: unos dicen haber visto a sus padres en la cara de ese extraño, otros incluso sostienen haber hecho el amor con él. 

El rayar del búho en el cielo me recuerda que yo he visto ese rostro en la vigilia y con un poco más de sentido, por sugestión, tendría que verlo en mis sueños también. No lo veo sino a otra persona. Nunca he soñado con desconocidos Gerardo, o no sé si hay forma de recordarlo. No entiendo cómo puede haber gente que puede soñar con ese sujeto del dibujo incluso en diversas poses amatorias. 

Por eso me estoy perfeccionando en comandar mis sueños. El primer paso es no comer mucho en las noches. Mi madre repetidas veces me dice eso. Lo segundo es cantar o rezar (es lo mismo) antes de dormir. Es un pacto. Yo he apostado por un aria triste. También podría ser una canción sobre árboles de plástico o una estrella negra, de los mismos compositores.  Luego está penetrar en el sueño como cuando uno se zambulle en el mar, de a pocos pero con el sentimiento de muerte en el vientre. 

Cuando vea rayar al búho en el cielo, como esta mañana, estaré listo para acompañarlo, pero primero en cada sueño tengo que diseñar una a una mis plumas, mis ojos glaucos; esto tomará tiempo. Seré ojizarco, Gerardo, quizá vuele y penetre en tus sueños. Sueña con un caseta blanca en el techo de una casa de cuatro pisos. Allí llegaré. Espero que la diseñes correctamente, mis alas extendidas miden cerca de metro y medio.

Allí nos vemos.

R.M.

domingo, 29 de abril de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía. Miles de libélulas.


1. Anatomía

Un atlas confiable dice que la libélula es la mayor parte de su vida, una ninfa. Una persona poco cauta podría decir que viven horas o días, como una mosca o una pulga. La realidad dice que viven la mitad de la vida de un perro. Su corazón trajina siete años. Su vida de ninfa es feliz porque el agua es maternal; ha disuelto con suavidad su cascarón. En algún momento, el tiempo le susurra órdenes al oído: le dice que se sujete de una pequeña rama que se esfuerza en alcanzar el sol. ¿Acaso el sol no está abajo, mucho más abajo, en las profundidades del agua? Un animal terrestre, avezado, que ha trazado madrigueras en el vientre de la tierra le dirá, más adelante, que hay un sol en las profundidades y otro arriba, en el otro espejo, el cielo. Pero ya no está en el mar el sol de las profundidades, aún está más allá; solo ha llegado la imaginación de los hombres.

Luego la rama le enseña a respirar el aire. Sus branquias posteriores hicieron lo suyo para mantenerla ninfa en el agua, ahora, agotadas, las desecha. Se cambia de ropaje y la divina época de ninfa culmina con su apertura al viento. Ahora puede volar. Planea por el campo con elegancia heredada. No se percata de los ojos que contemplan.  

2. Resurrección

Me acompañaba una sonatina de libélulas; sus alas rayaron zumbidos alrededor de mi cabeza. Mariposas transparentes querían resucitarme; mi cuerpo ese día era un acopio de tristeza: responsabilidades, el tiempo, gente extraña, claxons. Todo eso. Ellas presintieron la desazón por el olfato. Crucé las líneas para pedestres de la autopista y ellas fueron tras de mí, transparente y sincronizada aureola en mi cabeza. Sabía que no merecía tal homenaje. 

No consulté por qué aparecen en esta época. Se me ocurre que la cercanía de la neblina es responsable. El sol nunca derretiría sus alas. Un poeta dijo April is the cruellest month. Quisiera decir no lo es, ciertamente, el más cruel: la aproximación de la neblina, la noche en el día es mi felicidad y de las libélulas. Pero está aquí el cansancio que se disputa--finalmente vencida se aleja--con el aleteo concentrado de las libélulas. Las libélulas que atravesaron la autopista conmigo ya están lejos pero su olor a viento ha sabido cultivar mi memoria.

Buena compañía es la libélula. Sobre todo en las noches. Una de ellas descansa eterna cerca de mí. Si supiera palabras de Cristo, las resucitaría, como me resucitaron aquel día que las vi. Aladas palabras profirieron las libélulas. 

3. Cierto joven

Ha visto un joven que fue una libélula. Sabe respirar en el agua pero lo ha olvidado. Si le dijeran que fue ninfa en una época anterior seguro se burlaría, es demasiado desconfiado. El talle delgado y el caminar desigual lo delatan. Su soltura en el umbral del invierno también. Al comienzo dudó si efectivamente se trataba de una libélula, lo confundió con un lepidóptero. No distingue este joven que fue alguna vez libélula el color de las estrellas; tal vez no se acostumbra a la vida en la superficie de la tierra. Un día se pregunta qué pasaría si tomara la mano del joven, si aplastara alguna vena; quizá se convierta en luciérnaga, se aventura a responder.  

sábado, 21 de abril de 2012 Leave a comment

Notas marginales-Las cavidades


Horas de su vida huyeron juntas, como una estampida de polillas (aunque nunca las ha visto tan juntas), cuando cerró el libro y se instaló la melancolía, no causada por la historia que acababa de leer, en absoluto; se instaló una melancolía semejante a la que resulta de una mala sesión de amor. La historia no había sido tan buena o siquiera buena, o muchas expectativas, o porque una serie de recuerdos invocados por la ficción había desalojado el revés de sus neuronas y estaba otra vez allí flotando junto con sus prioridades. Echada en su cama, cuelgan sus extremidades y cierra los ojos. Por el bien de su imaginación  y vitalidad había decidido enterrar el recuerdo de un joven que creyó querer con locura adolescente. Una frase lacrimógena diría eso: un joven que amó locamente. Pero ella sabe ahora, después de muchos años de creer haber enterrado el recuerdo que siempre fue incapaz de amar como en los viejos tiempos, como se debe, con la lujuria del Rey David y el desprendimiento de Sansón, todo eso junto, incapaz. 

¿Cómo amar de manera moderna? La luz atraviesa sus párpados, coloca su brazo doblado encima de sus ojos. No es que se haya identificado con algún personaje de la historia, con las historias regulares nunca le sucede. Solo sabía de una persona que sí podría y eso le hace sentir escalofríos porque aunque lo sabe, jamás le alcanzaría esa historia para que él pueda verse correctamente. Y su presencia ha regresado, procelosamente esa noche. La ficción invocó y revivió al holograma de antiguas horas: los hologramas habitan dentro y están, como las bacterias, esperando florecer. Rodeado de otros personajes histéricos, ese héroe decadente de la ficción se parecía tanto al Augusto de su primera juventud: el centro de sus reverencias, la confirmación de su nimiedad porque no sufría como él, porque no era tan pervertida como él, porque no padecía del marasmo que acompaña al talento. Todo eso olvidado hasta hace minutos o cancelado con la negación de episodios de su primera juventud, mecanismo que acostumbra ella para sobrevivir: olvidar los borradores y pasar a la siguiente página. Lacrimógena como está, odia la invocación que realizan sus cavidades vasculares; no recuerda ya cuántas veces en su infancia se había quejado con sus padres de que se siente mal del corazón, levantaba el tono infantil: sentía que tenía un hueco, enseñaba el pecho y decía a su papá, con el índice acusador hacia su cuerpo, me duele acá. Estos momentos de debilidad se los perdona, porque es necesario a veces animar esas cavidades que ya se han convertido en físicas con alguna tristeza fácil que es la evocación de un amor mezquino. Cómo le hubiera gustado ver cuando la mano del fracaso se internó en su carne y modificó el recorrido de las venas y la sangre, de su corazón. En su afán de buscar una nueva vida o eso es lo que cree ella, sacrificios de la carne por el beneficio del espíritu, había pasado por alto que él también la pudo querer y comenzó a refugiarse en certeros noes que algún bien le hicieron o eso cree ella porque ahora no siente que la nimiedad sea el sustantivo de su ser, como en esa época, sino solo adjetivo de algunas de sus actitudes, ahora, sentía, se arriesgaba a tocar, como ella creía que lo hacía antaño él y su gran oído, y sus perfectos acordes, ahora se arriesgaba ella con los nervios de las plantas y la rugosidad del suelo, con sus manos, con los dedos. 

Y luego de ese camino de aprendizaje, el recuerdo de Augusto regresa a expensas de un personaje de ficción pero que está animado en carne y hueso en el cerebro de ella, aunque Words, words, words!!, ruge Hamlet, todas esas páginas para ella se funden en una misma persona: un drogadicto con talento o un músico sentimental. ¿Y cuántos músicos en tan poco tiempo que ella se está entregando vivamente a ellos, la han fecundado sin tocar su cuerpo porque están en otras esferas, enterrados hace centenas de años pero que han sabido ejecutar sus nervios y convertido sus neuronas procaces que quizá en el futuro compongan partituras que sepan insinuar la naturaleza, como no lo hizo él? Sin poder hacer el amor a Prokofiev es suyo. Olvidadas las promesas adheridas a la imperfección de la lengua, Augusto no puede saber que su música, su talento contemporáneo es tan de ancianos, hoy día. No sabría él cómo amar de manera moderna ni rasgar los tejidos de ella, extraer una cadencia acelerada, un allegro brioso, de las cavidades de su corazón.

viernes, 23 de marzo de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía. La libélula


Solo fui dos veces a la misma fiesta en años diferentes. En los dos años, vi una libélula. No sé si se tratará de la misma libélula, pero estaba allí, casi en la misma hora y en el mismo lugar, pasando por el mismo peligro. Los mismos ánimos de hace algunos años querían deshacerse de ella, también la misma suerte acompañó a esta libélula.

La vi revoloteando con torpeza alrededor de un foco. La torpeza de las alas dispuestas en distintos lugares del cuerpo, que no corresponden al armonioso vuelo de una ave planeadora. Su vuelo y el choque producen un sonido poco agradable aunque simétrico, porque el aleteo es calculado pero el golpe contra un foco o una pared, producen en nosotros un dolor extraño, que se enquista en los nervios, como el chirrido de metal o el rechinar de los dientes.

Entonces allí está la libélula. Tiene más de mil ojos. ¡Monstruo de una sola cabeza! Tendrá mil visiones del mismo evento. Podrá haber visto, en simultáneo, el azul de la noche, porque apareció en el jardín descubierto. A la vez podría calcular los movimientos de los invitados, la madre preocupada porque todos estén bien, el padre ocupado en desmentir una acusación a su hermano; el hijo mayor tratando de mantener la compostura ante la indignación de verse rechazado por una amiga de infancia; la hermana menor, divagar con algunos amigos porque quiere tener respuestas espontáneas; un tío enfrascado en un baile extraño, otra tía arrellanada con un vaso de licor y algunos admiradores alrededor. Otros sujetos que tratan de matar el tiempo, miran, tocan, se ríen, conversan. Celebración. Y así la fauna del jardín, que la libélula no entiende porque la imagen no explica ni vale más que la palabra como dicen los ilusos sino la imagen desnuda es un arma de dos filos, es todo el universo concentrado (tal vez lo es) pero recipiente que necesita contenido. Leonardo imaginó una máquina voladora, ligera, de guerra, pensando en tu poderoso cuerpo, libélula.

Allí la libélula no sabe, es. Abierto está su camino, nació en esa abertura del mundo, de nuestro mundo que fue el huevo que la albergó, digamos, pensemos, ¿hace dos años? ¿Cientos de años? Eso me pregunto mientras la avisto de lejos. Si me vio solo habrá visto a un cuerpo rodeado de algunos cuerpos trabados en conversaciones sin sentido, en un lenguaje pedestre que es el lenguaje de las celebraciones, que mañana de igual forma que resulta para la libélula, no será nada para mí, cuando me reencuentre con el camino lejano, la abertura clausurada y el vientre lejano.

jueves, 8 de marzo de 2012 Leave a comment

Nota marginal-La interpretación I (o El triste)

Uno de estos días tuve una conversación lapidante con mi amigo sobre un cantante que cuando era joven admiraba mucho. En ese entonces yo despreciaba a los intérpretes porque los encontraba efímeros. Para mí los verdaderos artistas eran aquellos que componían e interpretaban sus propias canciones. Obviamente soy una persona distinta de entonces; ahora los intérpretes gozan de mi mayor estima. Volteo hacia esa época y no me reconozco, como tampoco reconozco las melodías que me agradaban y ahora me suenan a desastre natural. El tiempo.

Y sin embargo está ese cantante u otras canciones en mi idioma que todavía tarareo con gusto cuando me encuentro solo en un muelle o cerca de la casa de mis padres. El color de mi infancia es el de las melodías pueriles, el de mi juventud, de las sinfonías y fugas.
Encontré a este amigo en el bautizo del hijo de un amigo común. Los tres habíamos ido al mismo colegio; nunca hubo amistad entre los tres pero sí significativa camaradería. Esa que permite decir a alguien, felicidades sin sentirlo. Felizmente yo no era de las personas que decía felicidades sin sentirlo verdaderamente; en realidad me acostumbré a no ser gentil solo por la delicadeza de serlo. Pocas mujeres me lo han agradecido. Mi camaradería se traducía en mi presencia en una celebración de la que me escindía con facilidad y desgracia, porque siempre renegué de mi incapacidad para gozar. 
La única persona con la que pude conversar esa fue noche fue con Martín. Había venido con su esposa, una mujer algo extraña que solo decía lo necesario, pero parecía estar pensando mucho. No me comentó Martín que su esposa trabajaba como vidente; eso me enteraría después cuando supe que ella falleció en un accidente extraño en su casa. 
Como recién había llegado de Estados Unidos, la conversación giraba alrededor de datos comunes sobre el viaje: clima, gente, comida. Inventé muchos datos, porque no me había percatado de muchas de las cosas cotidianas en mi viaje o las había olvidado; quise recordarla en la conversación y no pude. Inventé temperaturas, frecuencias de buses, cantidad de población, casi todo aquello que me no me había fijado en el viaje, pero que a la gente interesa. Nunca les conté por qué viajé porque no me lo preguntaron. Ese dato también habría inventado. Les hubiera dicho que me fui de vacaciones, cuando en realidad fui detrás de una mujer. Los amigos alrededor de la mesa con mayor fineza me hubiesen entendido; menos mal que no me lo preguntaron.

Martín no bebía. Yo estaba con mucho licor en la sangre. Lo supe porque sentía una necesidad imperiosa de hablarme a mí mismo en voz alta. Me fui al baño y me lavé la cara; apoyé mis manos en el lavabo, ese gesto hizo que tomara consciencia de que debía regresar sobrio a casa. Me dije un par de cosas en voz alta y decidí no tomar más. De regreso encontré al padre del bautizado y Martín charlando sobre la música que no animaba a la gente. Muchos amigos se habían ido y no nos habíamos dado cuenta; parece que la música los había aburrido. Nuestro anfitrión fue a despedirse de la gente. Deborah, la mujer de Martín, estaba sentada en otra mesa con algunas mujeres. 
Como la fiesta decaía, ponían baladas para que la gente pudiera conversar. En eso empezamos a hablar sobre nuestros gustos escolares. Y recordamos una versión estupenda de El triste, de Roberto Cantoral. Mi padre era un gran admirador de Roberto Cantoral y Los tres caballeros, por eso yo desde niño conocía sus nombres y sus composiciones. Martín recordó ese detalle porque las veces que venía a mi casa siempre me preguntaba qué escuchaba siempre mi padre. Yo subía rápido las escaleras y levantaba los hombros, boleros, le decía, sin distinguir aún en las rancheras, las baladas, la trova y demás. 

--Estupenda, tú siempre decías que era estupenda.
--Era tan increíble--le dije con entusiasmo infantil--que he comprado todos las grabaciones de esa canción. 
No le conté que la mitad de mi colección estaba todavía en la casa de mis padres. Que no me atrevía a recogerlas solo por no regresar. Tampoco le dije que la otra mitad de mi colección había sido destruida por unos sobrinos.
--¿Y lo llegaste a escuchar en vivo?
--¿A quién? ¿A José José?
--Sí, a José José.
--No, nunca.
--¿Ni cuando estuviste en México? 
-- Nada, ni en México.

Sí había visto a José José en el D.F., cuando estuve en México en 1979. Ya era un artista consagrado, y en mi recuerdo, el mejor intérprete de El triste. Pero no quería contarlo.

--Yo me acuerdo que tu papá era un fánatico. 
--Sí se emocionaba el viejo bastante. Esa vez que cantó José José, nos llamó a todos en la casa como al minuto, gritando, también lo hacía cuando había goles. Vengan a ver, decía.

Ese 1970 yo estaba por terminar el colegio, solo faltaban unos meses. Mi padre, efectivamente, nos gritó cuando José José interpretó El triste. Yo no bajé. Mi madre y mi hermana sí se acercaron.

--¿Y cómo está él?
--¿Quién?
--Tú papá.
--Todavía vive.
--El mío también, vive con mi mamá en Chaclacayo. 
--¿Solos?
--Sí, solos.

Mis padres también vivían solos, pero nadie los visitaba.

Alcé la voz porque quería seguir con la conversación. 
--Pero de todas las versiones que he escuchado, ninguna supera la de él--agregué: ninguna. Y las he escuchado todas, o casi todas, la de Plácido Domingo, que todos pensaban entonces que sería insuperable, no logró alcanzar a José José. La versión de Roberto Cantoral, la única, esa la de 1970, de él, ninguna se repitió igual, y las habré escuchado, las he escuchado. 

Quizá golpeé un poco la mesa. Martín me miró con cara de aburrimiento. No volvimos a hablar de la canción ni las versiones. Nos despedimos a los pocos minutos con mucha efusividad, yo por el alcohol, Martín por timidez no pudo rehusarse a un abrazo fraterno. De vuelta tomé un colectivo. Lima parecía un gran ovni desde la Vía expresa.

En el camino hacia mi casa, recordé que olvidé hablar sobre la canción, el sonido de la canción, faló sincerarme con Martín y confesarle que ninguna otra performance de José José superó la de 1970, en esa competencia cuando interpretó en vivo, y que eso a la vez por alguna razón que no quiero desprender de mi mente, también me avergüenza a mí, es como una ponzoña que he preferido guardarme para mí y no contaminar a mi amigo. Aunque luego me arrepentí y pensé que debí decirle que llegado el momento, ese gran momento nos traspasa, nos engulle y nuestra vida no alcanza para superar ese gran momento, la gran interpretación o ejecución del tiempo, el brío y del talento, solo ocurre una vez, y es tan efímero y terrible, cruel. Pero Martín, se le veía tan aburrido con todo esto.

sábado, 3 de marzo de 2012 Leave a comment

Zurich, domingo por la mañana.


Hace tiempo he deseado esto: inflamar volutas de humo y lanzarlas al techo. Días antes, cuando estuve copiando las tarjetas sin descanso, porque el trabajo apremia y atosiga, deseaba tanto estar totalmente liberado, soñaba en saborear las tardes libres, la hora perfecta de las cinco de la tarde. Ahora que lo estoy, atino solo a descansar mi cuerpo en el piso frío con un delicioso cigarrillo, que me sabe al fin del mundo o me sabe al día de mi nacimiento. Arriesgo a que no me quieran, porque en Zurich pocas personas quieren, Byron. La mujer que ahora me abriga descansa su cuerpo sobre la cama, en otro cuarto, mientras yo en el piso de la cocina me retuerzo del aburrimiento o la levedad de esta mañana transparente. Mientras me deshago de las volutas de humo, pienso en qué estará haciendo ella, o qué posiciones debe haber adoptado su sueño. 

He perdido, Byron, la capacidad de sentir como antes. Hasta ayer sentí algo por el celaje de la mañana, algún estremecimiento físico por el color del cielo; hoy nada, los brazos de una mujer me saben tan insípidos como el porvenir. Ayer intenté sumergirme en la profundidad de la noche desconocida. Quise tropezarme con alguien desconocido. Lo intenté pero todos eran conocidos para mí, similares a mí, vestían parecido a mí, hablaban como yo, teníamos las mismas maneras, nadie diferente, nadie que pudiera mostrarme el camino de regreso. Cuando se acabe el cigarrillo, Byron, escribiré la carta definitiva.

jueves, 1 de marzo de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía. La vicuña


A Jasón alguna vez se le encargó la piel de un carnero que cuando vivo, sus pisadas salpicaban oro. Luego de muerto, el carnero ascendió al cielo y devino constelación. Similar especie resultó la vicuña (vicugna vicugna) y también particular destino le esperó a un ejemplar que pastaba por pampas ayacuchanas. 

1
El hombre ensaya catástrofes e imita a los vientos y las placas que estragan las superficies de la tierra, que se llevan árboles, vidas humanas y animales, ríos y cerros. Las hecatombes anteriores, de la edad de oro, representaron el desquicio del hombre ante las verdaderas catástrofes que llegan sin pedir permiso y advierten que lo verdaderamente terrible ocurre siempre en el futuro. Sacrificios parecidos fueron las carnicerías y escenas de cazas de los príncipes, o también juegos de la heroicidad, la muerte de miles de soldados, que en la edad moderna se redujeron a solo un olor a chamuscado, o a la palabra holocausto, que así como heca-tombe es cien toros, en griego, significó todo-quemado, de allí que las catástrofes del hombre moderno no se piensen en centenas sino en totalidades. 
Como los elefantes, los tigres, los rinocerontes y los zorros, las vicuñas son víctimas de catástrofes amasadas por la codicia humana. Los colmillos del elefante y el cuerno del rinoceronte, ambas debilidades de la naturaleza exuberante, se reparten en la ignorancia y los cuellos de algunos sujetos. La piel del tigre y los zorros viste la vanidad de carroñas humanas, usualmente mujeres de enorme talante y poco seso. La piel de la vicuña aparece en escaparates del primer mundo.

2
Camélido americano, le dicen los europeos. Primo del ejemplar que llevó a Mahoma por el desierto. De los camellos, la vicuña ha conservado los enormes ojos como diamantes negros, también largas pestañas para proteger de arenas inexistentes a 3 500 metros sobre el mar, en el ande peruano. ¿En qué momento se habrá separado América de África? 
Luego está el otro primo, la alpaca. Una vicuña considera a la alpaca (vicugna pacos) la mejor cara del vencido. Los primeros peruanos, amantes de la textura fina y de los colores de la naturaleza, redujeron unas cuantas vicuñas y crearon la alpaca. La vicuña es, sobre todo, un animal salvaje.

La vicuña aparte de los ojos adiamantados, posee un cuello largo que juega con la dinámica de su realidad: el ichu del suelo exige un cuello corto. Su rostro se ve dominado por los ojos, la nariz y el hocico son alargados y tienden hacia lo diminuto; las orejas, verticales y cortas, siempre están alertas. Su cuerpo es esbelto; resume formas voluptuosas y elegantes a la vez, formas que uno espera en una mujer, pero también puede ser muy compacto y hermoso, en especial cuando se trata de hembras en estado de preñez. El color de la vicuña es legendario, del color de la piel tostada por el sol. Su pelambre siempre culmina como espuma al comienzo de sus extremidades; un penacho adorna su pecho. 

3
Vi una vicuña encabritarse frente a un fusil. Como el espacio de la tierra se agota y los fusiles cierran, en una persecución nocturna la vicuña pudo tomar vuelo. Espera el Yana Mayu allá arriba y la vicuña puede ser constelación. Los antiguos señalan, la llama y su hijo, un pastor, un amaru, un condor, un hampat'u, un atoq, una vicuña, allá arriba, cuando no hay luz, en la noche, la vía láctea.

domingo, 26 de febrero de 2012 Leave a comment

Autorretratos: el hueso


Las fotos ni el cuerpo son traslúcidos, piensa cuando nota su reflejo en el vaso. Si cierra los ojos puede ver la sangre que se transporta por las venas. Corre, si revisa bien o pregunta a un médico, a 30 cm por segundo, que es bastante. Su cuerpo a veces se mantiene estático pero la sangre sigue su trayecto repetido. Si se corta la piel, el trayecto se interrumpe e incluso ingresan bichos del exterior. Su cuerpo responde a veces con fiebres; la última vez que le dio fiebre fue por una intensa amigdalitis. Había estado conversando hasta tarde el día anterior con su abuelo sobre su padre. El abuelo le daba detalles terribles que nunca hubiese querido saber de su padre; es muy probable que quisiera seguir temiéndole. Tomaron mucha cerveza, el abuelito siempre había sido aficionado al licor. Mientras más bebían frío, más sentía él que las amígdalas se resentían. El día siguiente se despertó con un gran ardor en toda la entrada de la boca y una gran desazón en el estómago. Esto es estar enfermo, putrefacción del cuerpo en vida, como bichos se comen mis tejidos, se convierten en flema o simplemente en residuos. 

Porque estaba enfermo se sentía muy aburrido. Si se quedaba en cama, padecía de un exceso de calor, si se sentaba a ver televisión, le daba dolores de cabeza. Su madre lo había atendido con paciencia. Era mucho peor cuando estaba enfermo. Y cuando estaba saludable era atroz. La madre lo trata como un monstruo. Si se pudiese ver las cosas como son, él siempre estaría encerrado en una jaula. Una vez en el hospital vio un afiche que representaba a los enfermos de asma. Decía algo así como que no deberían ser tratados como si estuvieran encerrados en una urna de cristal. A continuación aparecía un dibujo aficionado de un hombrecito caminando en la calle totalmente cubierto de un cubo de vidrio. La gente lo miraba sorprendida. Ese recuerdo de la niñez lo ha acompañado cada vez que se encontraba en enfermo. Ahora que camina por el parque para olvidar su fiebre y amigdalitis, se ve a sí mismo cubierto de una jaula, no como un preso que alguna vez vio en televisión dentro de una jaula enorme, mediática, sino una jaula de un zoológico, de un zoo de cristal. El licor de ayer no le hizo ver las cosas como son. Antaño pensaba que sí funcionaba de esa manera, pero ahora lo duda. Alguna vez borracho creyó asir una estrella, fue muy verídico. Había estado, de muy joven, con unos amigos en el jardín de una casa. No recuerda de quién pero no importa. Estaba tan ebrio que estiró su mano hacia el cielo, y como los niños cuando creen sujetar el sol, aplastó la luz que tenía a miles de años de distancia, que solo podría asir si es que estuviese viviendo en otra era; creyó tanto esta alucinación que incluso tuvo la impresión de que su mano quemaba, y se puso a dar vueltas buscando agua, porque su mano quemaba. No recuerda que impresión tuvo el resto de él, pero no le importa, por eso padece de esa jaula alrededor suyo. Desde aquella vez duda del poder de las alucinaciones inducidas. La verdadera alucinación es la que uno de verdad sufre, como la enfermedad y la fantasía animada, el amor.

El pequeño pueblo donde vive consta de pocas tiendas y de pocos parques. Se aburre también y regresa a casa para seguir batallando con la enfermedad. Agarraría un pote de lejía, se lo tragaría y exterminaría a todos los microbios que se posan organizando colonias en sus amígdalas, pero también él se inmolaría con ellos. Los microbios a estas alturas del día deberían haber pasado ya la edad clásica, media, deberían estar entrando en el renacimiento, porque las amígdalas arden con fuerza. Cuando entra a casa encuentra a su madre conversando por teléfono; solo sube las escaleras despacio y no atiende a qué es lo ella le dice. A unos cinco escalones se detiene frente al retrato suyo de cuando tenía seis años. Lo observa bien; aunque no definitivas, allí están todas las formas de su rostro, trazadas en una sola línea, como es el cuerpo. La foto es de cuando fue por primera vez fue a la primaria. Observa bien el retrato. El marco marrón está ya un poco apolillado. Recuerda la mirada de sus padres frente a él cuando se tomó esta foto; su miedo y su obediencia. Observa atentamente. Puede ver sus pequeñas venas verdes, algunas azuladas. También puede ver los pequeños tejidos entrelazados que dan forma al pequeño rostro, que era suyo; aguzando un poco más la vista, como si estuviera ciego, puede ver el pequeño cráneo similar al de su padre y su abuelo, las cuencas vacías. Observa sus manitas, el carpio y el metacarpio. De súbito levanta su brazo adulto, observa su copiosa vellosidad pero también el hueso húmero y el radio. Ni siquiera las venas y la piel. Si tuviera delante de él un espejo, lo posaría frente a su cuello y vería sus teijidos carcomidos. No se trata de una radiografía, si lo fuera, entonces por qué puede incluso, si no parpadea ¿puede ver la danza del ADN en cada célula? Se ha despojado ya del envoltorio; el llamado del destino no lo asusta.

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Misantropía 1

Sin querer había botado todas las almohadas esa noche. Cuando despertó se sintió cansado porque su cabeza había permanecido toda la noche en una postura difícil. Prendió la música porque cuatro movimientos endulzarían su ánimo y aplacarían su mala disposición. Despertarse era un martirio. 
Mientras se duchaba recordó una broma de una amiga el día anterior sobre un tío operado de la próstata. Le contó que en una reunión su tío bailaba y ella observó: si se sigue moviendo se le pueden salir los puntos. Se rió un poco; algún día tal vez muera de ese mal. Luego le dio de comer a su mascota, mitad cabra mitad gato. Lo miró y se sintió algo feliz. Bajó a la sala. Sus padres estaban viendo el noticiero matutino. No los saludó, salió de su casa. Recordó que había olvidado apagar la música: ya había pasado media hora, estaría en el tercer movimiento. Sintió perdérselo.

En el camino iba pensando que si cambiara algunos trazos del plano del edificio que se le había  encargado, ahorraría más material. Esa ocurrencia banal despareció cuando en el paradero divisó a una mujer guapa. La belleza se comparte, se dijo, porque había escuchado o leído algo así. Y sin embargo jamás se lo diría a alguien en persona. Después de todo, cuando uno llega a conocer verdaderamente a una mujer todo se desmorona. En los hombres detestaba la hombría excesiva, la ociosidad, la camaradería tribal, la estupidez confundida con bondad. En las mujeres también detestaba la extrema bondad que escondía una sorda capacidad para pensar y sentir; había conocido mujeres tan buenas hasta el vómito. Su mamá que es una de las personas más buenas que ha conocido, siempre le dice que en la mujer la bondad es suficiente. Tiene razón, se dice, animales domésticos, siempre acababan siendo sepultadas por los que les exige su especie, la maternidad. ¿Y los hombres? Los filósofos que no se dignan en discutir con sus mascotas, las mujeres. Y piensa en que están por llegar más atrocidades que Lucifer le susurra en el oído.

¿A quién estimas? Le grita la mirada de la mujer guapa que se posa sobre él. Todas las ocurrencias anteriores le borró el deseo y las ganas del cuerpo. Si la música ha aplacado ya los monstruos de las profundidades, qué queda, extranjero, ¿a quien amas? ¿a tu país? ¿a tus padres? 

--A las nubes que pasan allá arriba.


domingo, 19 de febrero de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía. El unicornio II (la doncella)


El hombre impío acaba donde empieza el unicornio. Donde termina el cuerno del unicornio está la doncella. Esto último le dice o casi le grita la dama que sostiene al unicornio. Él piensa que ella ya no es doncella pero prefiere callarse, por prudencia.

El unicornio no quiere ser fotografiado, se mueve. Ya el flash ha alterado sus pupilas, las ha dilatado tanto que parece que padeciera de cataratas. La belleza del unicornio no se compara con la fragilidad de mi alma, dice la doncella que sostiene el unicornio. Ni con la resistencia de tus muslos, dice el fotógrafo.

El hombre impío no puede tocar al unicornio porque lo mancharía con su pecado. Animal tan delicado, ni siquiera una dama como yo lo puede sostener con sus propias manos, sino debe tocarlo con este tul color del cielo. ¿Cómo es la piel del unicornio?, le dice el hombre impío a la dama. Ella responde: tiene la textura de la espuma, pero con la consistencia de una fruta. Vibra, respira, tiene la temperatura más alta. El unicornio se acomoda entre los brazos de la dama, como un crío.

Ahora la doncella solamente quisiera contemplar al unicornio. Lo ha encerrado en su jardín, ha crecido. El unicornio puede dar vueltas; una vuelta, un año. El tiempo para el unicornio no ocurre como en el corazón del hombre. Ha dado doce vueltas, doce años. Él quiere que lo suelte ya para no ver morir al unicornio allí; pero no sabe lo que sí la doncella: que los unicornios pueden vivir miles de años. Abre la reja que encierra al unicornio, ella grita, el unicornio ha saltado con furia y con su cónica espada le ha atravesado el costado al hombre. 

jueves, 16 de febrero de 2012 Leave a comment

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