R sabe desde cuándo está solo


T: Usted siempre para solo.

R: Me he acostumbrado de chiquito a estar solo. Lo que pasa...

Se acomoda.

R: Lo que pasa es que a mí me gustaba fumar. 

Encoge sus dedos anular y meñique, estira su índice y el dedo medio y se los lleva a la boca sonriente: Me gustaba el pucho.--Tendría doce años así. Nos íbamos a fumar a la parte de atrás. Comprábamos en la comisaría unos cigarros de diez céntimos, más la caja de fósforo de diez céntimos y nos poníamos a fumar.

T: Pero nunca lo he visto fumar.

R: No pues. De allí no sé, un día no sé por qué razón en la comisaría empezaron a vender carne y mi mamá iba a comprar. Me vio fumando y ese día me dio una tanda.

T: Me imagino.

R: Me castigaron. Yo tenía doce años, el resto del año me dejaron sin salir y paraba en mi casa.

T: ¿Y su hermano mayor?

R: Mi hermano me llevaba siete años, era muy mayor para juntarse conmigo. 

T: Siete años es bastante.

R: Desde allí paro siempre solo.

jueves, 29 de diciembre de 2011 Leave a comment

Carta a Shelley. La idea.


Amado Shelley:

Leí tu carta comiendo tortees picante con agua helada. Ha comenzado a garuar un poco y los cadáveres de las polillas caen de los focos, las alas se quedan pegadas en la luz o en las páginas amarillentas de los periódicos. Eso es lo que pasa hoy y acá.

Yo también quiero sentir el tam tam en mis riñones pero aún no lo logro. Cada día estoy más pérfido. He tomado tanto ron en las últimas semanas que no siento las neuronas en su lugar, me duele el lado inferior derecho de mi cuerpo y quiero tirar con todo el mundo. Y aún así soy una buena persona porque todo eso no me enorgullece, no soy tan imbécil.

Ayer vino Alicia y quiso que me pusiera romántico. No pude y se molestó. Le dije que la marihuana era para gente sin imaginación y se molestó más. Le dije que no me conocía en absoluto y lloró con berrinche. Estoy verdaderamente concentrado en una nueva idea y Alicia ya es solo una nube que se mete como gusano en la manzana podrida; mis intenciones y sentimientos. ¡Es que no me dejaba ver bien! Es una imitación gaseosa, obtusa de mí, ¿cómo no la vi así hace años? Estoy pensando en múltiples ideas para encontrarle un nuevo camino sin lloriqueos ni reclamos. 

Ah, mi idea. No te la debería decir porque no tiene forma todavía, como tu cuerpo que anhela un molde, mis ideas flotan y me animan, en todo caso, te lo diría al oído para que nadie escuche, solo un verdadero negro como tú Shelley merece escuchar semejante idea que de concretarse izaría al hombre hasta las profundidades del infierno, sin morir.

Ayer soñé contigo Shelley, estábamos en medio de un camino, o de una vida, que es lo mismo, nos mirábamos pero no podíamos hablar y tú eras un pollo negro que miraba hacia unas ramas. Te llamaba pero no podías escucharme ni entenderme ni yo podía proferir palabras. Yo también era un pollo oscuro. Estábamos absorbidos por nuestra situación individual de aves ignorantes en medio de un forraje copioso. Y sentí la mirada de alguien sobre nosotros, allí desperté. 

Era un sueño que solo repetía nuestra situación, de lo que pasa acá y hoy. Y que así sea, Shelley.

Te estima,

Byron 

miércoles, 28 de diciembre de 2011 Leave a comment

Carta a Byron. Los falsos negros.


Hola Byron:

Nueva York no es cómo tu me has contado. Todo ha caído. Llegué el martes en la noche y me hospedé en un hotel barato de Greenwich village, la entrada olía a hierba, mi cuarto olía a hierba y encima el televisor solo soportaba canales porno. No tenía ganas de dormir así que me puse a ver el mapa de la ciudad por si podría salir a hacer algo al día siguiente. Solo he empacado un par de polos, jeans y lo necesario para soportar NYC las siguientes dos semanas que me han dicho son las más frías. Me quedé dormido y pensaba en qué haría después. Hice una lista con todo lo que me habían recomendado, conversar con algunos contactos de los polleros por si me pueden dar un carnet robado, necesito trabajar. Ayer traté de hablar con un tal Orlando, no sabe hablar ni inglés ni español, es hondureño pero su español es una mierda, ya ni sé si se trata de un hispano o un indonesio que se hace pasar por hispano. Me ha prometido conseguirme algo donde unas tiendas de chino. Traigo conmigo solamente doscientos dólares y si no consigo trabajo, se irá en tres días de hotel barato, mi comida y un ticket de tren, ida y vuelta, a Hartford. 

Traté de aprovechar lo más que pudiera de esta estadía. Fui a Virgin a husmear solamente y no existe, ha desaparecido. Tú me dijiste que tenía tres pisos, hasta ascensor, ahora no hay nada, absolutamente nada, está vacío ni siquiera lo han alquilado al pobre local de Virgin, tú que te habías comprado tantos discos; la generosidad de tu padre y tu insanía por la música que nadie más escucha. Toda la gente acá se queja de la crisis, que no hay trabajo, no hay nada, pero se lo merecen los gringos por imbéciles. Las protestas me hacen pensar que le gente solo se preocupa si sus bolsillos se han visto jodidos...los gringos.
De allí me la paso merodeando por algunos lugares donde hay poca gente y a veces trato de hacer dibujos rápidos, espontáneos del movimiento, de algunas mujeres, sobre todo. Ayer fui a pasar la tarde a un cine, estaba una mujer dorada, vestida de azul, que amé en ese preciso instante y quise dibujar. Estaba parada buscando o esperando a alguien no sé pero fracasé en todo intento. Conservo los borradores y los trazos por si algún día continúo ese momento. Creo que si la describo ahorita lo arruinaría. Tú tampoco sabes describir a las mujeres.

Sobre tu carta. Te respondo sobre dos coordenadas: mis noches heladas y aburridas de NYC y una canción de Caetano Veloso que canta en un inglés forzado como el mío ahora, asqueroso, insoportable pero  genial. Tengo que reconocer que en algunos momentos he sido un imbécil nihilista, jamás un farsante y creo que lo reconoces bien. Me cuesta ser original, no seguir patrones ni amoldarme a gustos ajenos, todo eso cuesta, demonios, cuesta y entonces uno hace su camino de piedras, pero llegaste a la mitad del camino y eres tú finalmente, no un kitch de fulano y zutano. Todo parece estar ya descifrado pero no, recién descubro que no, entonces me revelé a mí mismo como un verdadero negro y siento el sonido del mundo en mi estómago como dice la bendita canción de Caetano, porque en el estómago se acumulan los nervios y las tripas se entumecen cuando sentimos tan profundamente, entonces no es el corazón sino el estómago, nos han mentido. Al saber que algún día moriré, entonces me siento vivo, tam tam tam, y eso creo que no lo sienten tampoco los animales, debemos verlo por ese lado, el vaso medio vacío. Es en estos momentos en que quisiera expresarme con todas las lisuras del mundo, de todos los idiomas, quisiera conocer el idioma de mis órganos, de mis tripas, ni siquiera el más políglota erudito, podría conocer así de fácil el idioma de sus heces, quisiera saber cómo se comunican entre ellas mis tripas, mis tripas, mis tripas.

Quizá trazando las formas de NYC, halle las formas de mi cuerpo.

Te escribo muy pronto, a mi llegada de Hartford.

Shelley

martes, 27 de diciembre de 2011 Leave a comment

Un lobo en la puerta


Cuando llegamos de trabajar, tenemos sesiones de espiritismo. Hablamos con vecinos ocasionales que habían vivido en nuestra cuadra hace cincuenta años, o también hace días. Nadie sabía que podíamos hacer eso en las noches o en los días y era como un vicio. Nuestros vecinos creían que éramos una pareja infeliz, estéril y amargada; pero todo lo contrario, no teníamos hijos pero no estábamos solos, en las noches sabias ánimas poblaban el cuarto de la biblioteca. En anteriores sesiones había participado mi amigo Silvestre, pero pronto nos dijo que no podía dormir, que había desarrollado un poder calamitoso; tenía visiones en sus sueños. Siempre soñaba con una cabeza de Medusa o lo que él creía era una Medusa, una cabeza poblada de serpientes y de cuencas vacías. Silvestre dejó de venir, así que Lidia, mi mujer y yo seguimos con esto de preguntar a los muertos por el pasado y el presente. Casi nunca les preguntamos sobre el futuro porque varias veces se han equivocado. Depende también de quién se trate. Siempre está dispuesto a hablar con nosotros un vecino que ha sido policía y está preocupado por su hijo, por eso viene. El hijo está en España y por eso no puede verlo. La mujer se ha casado nuevamente con un comerciante, pero al marido muerto eso le tiene sin cuidado, hace tiempo dejó de amarla. Está obstinado en que el hijo no se haya vuelto un marica. Los muertos también se pueden preocupar de ese tipo de cosas. Lidia y yo tratamos de evitar a este hombre, aunque él esté siempre para nosotros. No sabemos de la suerte del hijo. Lidia una vez se cruzó con su mujer pero no pudo detenerse y preguntarle su situación. Eso le hemos dicho muchas veces al padre preocupado. Él siempre nos dice, su madre no lo sabe, él siempre le ha ocultado las cosas a su madre. 

No siempre los muertos tienen preocupaciones pueriles. Una vez tratamos de invocar a mi madre para saludarla por su cumpleaños. Estaba todavía angustiada y no podía descansar porque, me confesó, había abortado a un hermano mío y nunca nos lo había contado. Ahora ya lo sabes, me dijo mi madre, pero no por ello se sintió mejor. No sé si fue mujer u hombre ni le puse nombre, dijo. Sus sollozos se escucharon y no pude tocar su cabello. 

Ayer tuvimos una sesión larga porque Lidia y yo estamos aburridos. En las fiestas nadie nos visitaba y salir al parque y ver a los niños presumir sus regalos era el peor panorama. Lidia quería conversar con una amiga de infancia que había fallecido de leucemia. Como nos sucedió con otras personas, la muchacha debía tener la edad de Lidia pero conservaba su voz de niña. Era hermosa, me comentó Lidia, y muy extraña. Nunca vio su cadáver, no quiso. Ella sí nos puede anunciar algo sorprendente, dijo entusiasmada.
La joven no quiso conversar conmigo, así que tuve que mantenerme en silencio, casi hablaba en susurros, solo con Lidia. La sesión se interrumpió porque tocaron el timbre de la casa con vehemencia. Lidia perdió la concentración, estaba casi absorta, pálida. 
--¿Qué te ha dicho?, le dije.
--Que nos van a dejar un lobo en la puerta.
--¿Un lobo?
--Fíjate quién es.

Bajé apurado porque quizá ya arribaba lo sorprendente, no quería que me dejaran un lobo en la puerta, pero allí estaba deseándolo y no. Abrí la ventana, era un vendedor. Me ofrecía figuritas de barro, de nacimientos para navidad. Me animé a salir. Escogí, naturalmente, solo los cánidos, lobos, zorros, perros. 

Subí; con las dos manos sostenía los animales envueltos en un periódico.

--Eran figuras de barro, quizá signifiquen algo.
--Es probable que no, dijo ella.
--Algo tiene que pasar, Lidia, algo nos tiene que pasar.



lunes, 26 de diciembre de 2011 Leave a comment

Diálogo en una habitación. El solsticio.


Yo te digo, hasta el hartazgo, los que han olvidado quiénes son o nunca lo supieron. Y los que necesitan audiencia, tribu y aplausos. Tú me dices, no te debería joder tanto. Yo te digo, no me jode, solo me repugnan. Tú me dices, eso hacen los niños y no los adultos. Yo te digo, ¿qué? Tú me dices, emular a otro adulto, apropiarse del otro.Yo te digo, tienes razón. Tú me dices, cuesta ser adulto. Yo te digo, cuesta huevear menos. Tú me dices, es difícil dejar de andar en tribus adolescentes. 

(silencio)

Yo te digo, acabo de leer en el periódico que dentro de algunos años, el sol se va a expandir tanto que los tres planetas más cercanos, Venus, Mercurio y la Tierra quedarán hechos polvo. Tú me dices, con una mueca tan tuya, guau. Yo te digo, lo peor es que se supone que uno se esfuerza para que algo permanezca. Algo siquiera. Tú me dices, si el hombre se hace polvo y las plantas, Dios no existirá tampoco. Yo te digo, solo nos queda la nada, quizá vivimos por las puras. No sé por qué te preocupan tanto las plantas. Tú me dices, ¡las plantas! Sin plantas ni piedras ni abismos, ya no hay idea de Dios. Lo que hagamos queda solo hasta que el sol se expanda, entonces.Yo te digo sí, y el sol parece tan inofensivo detrás de los tules de esa ventana. Tú me dices, y el sol de las seis, no te olvides. Yo te digo, creo que Dios tiene que existir, es lo más conveniente para nosotros dos en este momento. Tú me dices, si no supieras despreciar de esa manera, podrías ser salvada. Yo te digo, pero yo te quiero y es suficiente para salvarme. Tú me dices, no alcanza, Jesús dijo ama a todos, a todos.

domingo, 25 de diciembre de 2011 Leave a comment

Detalle. Una sibila

Tenía que comprar las flores. Ese día era cumpleaños de su marido, cincuenta años serían. Ese día del cumpleaños darían una fiesta y gran parte de su familia estaba invitada. Las flores adornarían la mesa y también los esquineros de toda la sala. Los había de colores muy encendidos, en los puestos que se duplicaban, la disposición de stands y los vendedores, también se repetían las flores, no había variedad; ella le preguntó a la señora de las flores si había flores blancas. Le dieron gardenias y gladiolos. Ella agradeció y se fue con tres paquetes que cargaba con dificultad, casi cojeando. 
Tomó el micro que la llevaría de vuelta a casa. Le tomó cuarenta minutos llegara hasta el mercado de flores. Seguro le tomaría otro tanto de vuelta, eran las nueve de la mañana. Estaba cansada porque el día anterior había terminado de hacer una maqueta de los planetas con su hijo. La tarea le habían dejado hace dos semanas pero se olvidaron. El padre no participó en la tarea porque estaba muy cansado. Trabajaba casi todo el día y sobre todo ayer porque era víspera de su cumpleaños, sus amigos lo agasajaron. Ella había regresado después de un día terrible pero tenía que acabar la maqueta de Martín. Se pasaron casi cuatro horas pintando el tecnopor redondo de colores. Martín se ponía caprichoso porque quería que los planetas estén de diversos colores, a ella le daba igual. Terminaron casi a las dos de la mañana y el planetario era una joya gracias a las maniobras de Martín, que le había puesto escarcha en los planetas para fingir estrellas. Ella no estaba segura si todos los planetas tienen estrellas. Eso estaba soñando en el camino de vuelta. Un joven generoso le había cedido su asiento. No le gustaba que le cedieran el asiento reservado para ancianos, la ofendía; a veces los jóvenes lo hacían porque si bien no era vieja, se veía cansada, era eso. Su sueño era como un recuerdo. Estaba pintando los planetas de Martín. Él se ponía muy severo sobre el color de los planetas que había visto en una lámina. Marte es rojo. Soñó también con la torta del cumpleaños de hoy, que debería ser de color rojo también. Era el único color que su hermana sabía preparar en glasé, porque le echaba un sobre de refresco de fresa para teñirlo. Era la única cubierta que sabía mejor, la de piña y naranja habían fracasado en cumpleaños anteriores. Eso soñaba, pero todos esperaban al cumpleañero y no llegaba. Despertó. Sus paquetes seguían allí, en sus brazos, menos mal que las flores sobresalían para que no pensaran de que se trataba de algo valioso disimulado en papel kraft. Quiso seguir mirando al frente, faltaba tan poco. Durmió nuevamente desde donde se había despertado, se había acostado tarde y no había descansado. Seguía soñando en que todos estaban tan arreglados y su esposo no llegaba, ¿a dónde se habría ido?

Despertó otra vez y se había pasado unas cinco cuadras. Bajó y tuvo que caminar regular. Llegó a su casa cerca del mediodía. Había gran alboroto porque la comida estaba a medio hacer. No todos los días se cumplen cincuenta años. Preguntó por su hija y su esposo, pero nadie sabía. La cocinera que había contratado ese día estaba absorta en las cantidades de ingredientes para la comida. Cuarenta personas invitadas. Fue a su cuarto, su esposo no estaba. Fue al cuarto de su hija, tampoco estaba. Le pareció muy raro. Preguntó a la cocinera otra vez por su esposo. Debieron salir, cuando llegué no había nadie. ¿Entonces cómo entró? Estaba su empleada. --¿Y ahora dónde está ella? Me abrió la puerta, luego se fue a comprar lo que faltaba. Yo no llegué a verla, solo mis ayudantes. --Gracias.
Subió las escaleras hacia su cuarto. Estaba preocupada pero a la vez se sentía aliviada de que no estuvieran alrededor. Quería dormir un ratito pero no podía, faltaba limpiar y arreglar la sala, colocar las flores en las mesas y en los esquineros. Estaba dejando su monedero y su reloj encima de su tocador, cuando entró la empleada. Algo agitada le dijo que su esposo se había desvanecido en el baño luego de orinar. Se había golpeado con la esquina del lavadero y se había roto la cabeza, fue un espectáculo el charco de sangre. La hija se lo había llevado a emergencias.

Ella se sorprendió pero no tanto. Todos seguían moviéndose de lo concentrados que estaban en la fiesta, pero sin su esposo, qué sentido tendría. 


martes, 29 de noviembre de 2011 Leave a comment

Fragmento. El ángel del hogar


--Luego de averiguar su dirección gracias a un detective privado, esos que abundan sobre infidelidades y otras cuestiones amorosas que ni Dios podría resolver, decidí acabar con este asunto y no alargarlo más. Tuve, después de dos semanas, una ficha con las características de ella, una foto, en la que salía con una pañoleta clara y una serie de datos sobre su vida actual: su nombre de pila, Isabel Lavalle, divorciada, de cuarenta y tres años, sin hijos, el número de la placa de su auto que anoté estaba correcta y no erré en dársela al detective, después de todo, qué podría hacer solamente con facciones físicas y una que otra indicación sobre su rutina que yo conocía apenas, el lugar donde la veía usualmente; el auto me llevó hacia ella, como fue en el auto donde noté su existencia por primera vez, me alegré por eso. Isabel trabajaba en un edificio de Jesús María pero eso no me importaba, o sí me pudo haber importado antes, en otro tiempo, si es que no tuviera su dirección, su casa, donde come y duerme, en mis manos, hace dos meses y sin poder hacer nada al respecto. Emma, mi madre, me dice que vaya de frente y le diga, así como en las películas que nos gustaron en mi adolescencia, y a ella, en su segunda adolescencia: "Te he estado observando desde mi auto y conozco tus movimientos en la calle, casi de memoria, y me agradan, pero claro, solo sé de ti hasta que entras a un edificio o a tu casa o te encuentras con algunas personas, quisiera saber qué es lo que sientes". No funcionará, estos problemas que yo cavilo en mi minúscula existencia, exenta de algún verdadero sentido (porque no era amor lo que sentía sino, en algún momento lo pensé así, morbo, por saber quién es esa mujer) son simplemente inventados. Tenía que inventarme una historia y era consciente de ello.

El día más pensando, no el menos, sino aquel planeado hasta el hartazgo, incluso con largas horas de desvelo, me presenté en la puerta de su casa, a las siete de la noche porque días de vigilancia me aseguraban de que ella estaría allí. Toqué el timbre y después de casi cinco minutos en los que solo me detuvo el alivio que no pasaría por ese desvelo y angustia nuevamente, me abrió ella, casi sin maquillaje, con parsimonia y me dijo: "Estaba esperando que toques la puerta, llevas días vigilándome". 
Ni Emma ni yo habíamos considerado esta posible reacción. Nunca ella había volteado cuando la vigilaba ni seguía con mi auto, pero allí estaba ella con una voz entre gentil, conformada y también increpándome por qué la vigilaba, o quizá solo también quería que yo tocara la puerta. En fin, giré, algo nervioso y estuve apunto de irme, pero ella con una orden fría, me dijo: "Pasa". Le obedecí. Me senté en lo más cerca que vi, una silla cerca de un reloj de madera de casi de dos metros. Me dijo, entre otras cosas, que vivía sola, que había notado que la estaba siguiendo desde hace tres meses y que había descartado que fuera un asesino: "No tengo marido, soy divorciada, no aventuro con amantes; detesto el dinero y no tengo ni enemigos. Vivo sola, como te habrás dado cuenta. Tenía un hijo pero ha fallecido a los dieciocho años." Eso es todo lo que sabrás de mí. 
Luego de esta aseveración de ella, no tuve ganas de seguir allí en su sala en la penumbra, porque era una invitación a la salida. Ella no se paró ni yo tampoco. No pude decir nada. Luego de un tiempo de silencio incómodo, pero que se fue disolviendo, ella se paró y se fue hacia una puerta, que supongo daba a la cocina. Me dijo: "Tengo hambre, traeré algo de comer". 
Era una situación esperada pero que se desbocó de mi imaginación, la superó. Ya estaba maquinando cómo contárselo a Emma y en qué orden, yo, que había olvidado incluso algunos minutos, o no podría decir qué sucedió primero o después. Miré hacia la mampara que daba hacia su jardín; cubría la puerta corrediza una suave cortina, como un tul. Ya era de noche y la puerta estaba cerrada. Isabel me dijo que vivía sola pero yo ví, no me equivoco, una figura alta, delgada, figura masculina parada detrás de la mampara. No pude ver su rostro porque no lo tenía. Era un espectro. Me paré del susto y quise ir hacia la puerta; en eso entró Isabel con dos cuencos llenos de fruta picada. No me miró: "Ya sospechaba que querías irte". Yo le indiqué la mampara, hacia el espectro. 
--No hay nada, me dijo. Come.
Desde allí, y luego lo acepté yo y nunca ella, lidiaría con el ángel de su hogar. 

domingo, 13 de noviembre de 2011 Leave a comment

15 de enero. Todesfuge II


Melbourne es como todas las ciudades del primer mundo que vemos en la televisión, muy alegres y perfectas, con grandes rascacielos y un cielo azul impecable, pero de alguna forma, Melbourne se esfuerza por conservar su pequeñez, no quiere expandirse sino cerrarse a sí misma, como las ciudades feudales. Eso noté apenas llegada y luego de salir del aeropuerto, un sábado, donde me esperaba una pareja joven con su hijo, el niño del que me haré cargo. Los padres apenas son mayores que yo; a ella, Melanie, solo conocía por cartas y una que otra llamada para coordinar los últimos detalles urgentes como mi carta de invitación o contrato, y la hora de llegada exacta. No imaginé en el trayecto, el vuelo de cerca de veinte horas y algo que seríamos las mejores amigas u otras consideraciones que las mujeres empiezan a imaginar sobre otras mujeres cercanas, sino que simplemente veía el reconocimiento de la pareja necesario porque de ahora en adelante ellos fiscalizarían mis movimientos, extranjeros, en su casa.

A la llegada, nos saludamos sin efusividad y caí en la cuenta de que Melanie me miraba con un aire entre inquisidor,desconfiado y compasivo. La mezcla de las tres o ninguna de esas y es probable que yo haya confundido sus sentimientos con los míos. Es más probable que yo, recién llegada, los haya observado de esa manera, a la pareja, que bien se podría decir que son hermanos o peor aún, hermanos gemelos y que la criatura de más o menos seis años que estaba parada delante de ellos con mirada perdida, extraña en un infante de su edad, cuyos bríos estaban apagados por la sorpresa de la recién llegada haya colmado toda mi atención; sus enormes ojos abiertos, extraños y bellos me alertaban de que sus padres habían querido que una persona cuide de él todo el día porque había algo en él que era insoportable para ellos. Solo eso explica que unos padres decidan estar lejos de sus hijos.
Cuando me aproximaba hacia ellos, rodando solamente una maleta, recordé que mi madre nos contaba que los niños tenían una fijación especial con ella (o contra ella, se podría decir), porque en la calle, niños extraños, muy pequeños, de un año incluso, o meses, podrían aterrizar su mirada fijamente, como contemplándola o inquiriéndola. Una vez que estábamos esperando un micro, mi madre estaba de perfil y seguramente ya había sentido la mirada de una criatura de ocho o nueve meses que se posaba sobre ella pero acostumbrada toda su vida a este tipo de reacciones, solo se quedó mirando el horizonte donde podía aparecer el micro. En cambio la madre del niño o niña, le habló a su hijo y sorprendida, exclamó ¿qué te pasa?. Sucesos como esos sucedían a mi madre a menudo, no creo que a mí me haya pasado alguna vez, o en todo caso no reflexioné sobre la situación hasta que me encontré con los ojos atentos de Walter, quien a su edad, ya podía explicar por qué reaccionaba con esa mirada.

La primera que me saludó fue Melanie. Se presentó y luego presentó a su esposo, muy parecido a ella, casi de su edad y contextura, y a Walter, su hijo, que evidentemente, era una versión masculina y en miniatura de ella y probable retrato de él. Walter me dio la mano. El parecido de ambos esposos llamó primero mi atención y lo seguía haciendo aún semanas después. Eran extremadamente parecidos, aunque supe después, no habían nacido ni estudiado en la misma ciudad y se conocieron por cuestiones del destino, por un encuentro o algún tipo de situación en que la gente suele conocerse y luego casarse después de estar muy solas; Melanie no es muy joven y tiene un hijo muy pequeño. No se podría decir que eran parientes de algún tipo.

Cuando acabó la camaradería en la que no pude participar mucho porque el inglés aún sigue rudimentario, subimos a una camioneta rumbo a casa de la familia, la que sería en los próximos meses o años, no lo sé aún, mi casa. Me senté atrás con Walter y pude verlo mejor; él era quien me interesaba sobre todo y en especial. Nunca había cuidado a niños pero los había estudiado los últimos meses en que estuve en Lima y salía a las calles y veía a mujeres con niños de diversas edades; me interesaba sobre todo cómo interactuaban entre ellos. Un día pasé por una heladería y vi a un grupo de niños comiendo postres, extremadamente sucios alrededor de una mesa muy larga; solo dos adultos los cuidaban y parecían estar celebrando un cumpleaños. La suciedad de la mesa era festiva pero también caótica y necesaria si consideramos que los niños no podían sostener bien sus cucharitas y preferían tomar el helado del vaso o agarrar con la mano. Yo pedí una torta de chocolate y me empeñé en comer lentamente para disfrutar de la vista, aunque otros comensales preferían concentrarse en sus conversaciones, en parte por el asco y la suciedad de la mesa de los niños: las bocas embarradas, la anarquía y la ausencia de propiedad, todos tomaban los helados de todos, era un detalle de un cuadro sobre la felicidad. Mi hermano y yo hemos tenido muchos momentos parecidos, no solo con la comida, sino también con la tierra mojada, alguna vez la arcilla, la arena, algún animal juguetón, pero los hemos olvidado. El recuerdo de esa felicidad anterior aparece por ratos y fugaz, justamente frente a la presencia de un niño; no descarto que tenga recuerdos falsos, recuerdos de otros.
Esos dos últimos meses en Lima, así como los meses que estuve en el pueblo de la abuela tratando de descifrar los movimientos de un caballo, me sirvieron para ver cómo caminan los niños, entre torpes y autosuficientes; aún no destazados por la muerte.


En el trayecto Walter no hablaba sino miraba fijamente hacia adelante, donde estaban sus padres y a veces me miraba de reojo; yo trataba de sonreír un poco pero apenas lo hacía el volteaba hacia adelante. Tenía una pelota roja en su mano derecha y del bolsillo de su pantalón sacaba algunas figuras delgadas, como soldados de guerra. El trayecto duró bastante, porque la casa de los Izambard queda en los extramuros, en un suburbio muy tranquilo pero también alejado del centro de la ciudad. Llegamos cerca de una hora después e inmediatamente Melanie me llevó a mi nueva habitación, un cuarto pequeño de color celeste con una cama, una silla y un escritorio, un clóset y varios cuadros colgados. Melanie me contó que ese era el cuarto de las visitas, que ya no sería cuarto de las visitas y que podía sacar los cuadros. Me pidió que arreglara mis cosas y que dentro de dos horas bajara para que me indique la rutina.
En dos horas o algo así, pude desempacar las pocas pertenencias que había traído conmigo, pero sobre todo me eché en la cama a descansar porque pasé más de veinte horas sentada en el avión. Cerca de las siete de la noche, Melanie me despertó y me dijo que viniera a cenar. Había preparado pollo asado. Estaba muy desabrido pero igual comí todo del hambre. John se retiró rápido de la mesa y se despidió de todos; estaba muy claro que Walter le tenía mucho miedo. Había empezado a comer con lentitud y no habló hasta que su padre se fue. Luego empezó a conversar un poco con Melanie, pero solo un poco. Me atreví a decir: no habla mucho, ¿no?. A lo que Melanie me respondió que no, que no conversaba mucho. Terminamos de comer, ayudé a recoger los platos. Melanie me aclaró que en las mañana venía alguien a cocinar y a lavar y que me concentrara en Walter; ahora estaba de vacaciones pero pronto tendría que volver al colegio. Estuvo explicando mucho más pero no logré entender todo; también por el cansancio.
Fuimos al cuarto de Walter. Era una habitación sumamente acogedora, casi todo de madera porque el clima en invierno era terrible. La cama de Walter gobernaba todo el cuarto, la cabecera era alta y culminaba en una repisa que tenía muchos modelos de robots. Por toda la habitación había muchos juguetes, una computadora grande, algunos libros, un Playstation. Quizá el cuarto que cualquier niño de su edad hubiera deseado; era de color azul, un azul eléctrico y la luz alumbraba como una penumbra, porque a él no le gustaba la luz potente, no podía dormir. Walter se bañaba antes de acostarse, era norma, pero lo hacía solo, ya tenía seis años y podía hacerlo solo. Tendría que cuidar siempre de todas maneras que efectivamente se duerma, porque tenía problemas para dormir a pesar de que dejaban la luz prendida.
Melanie me encargó que ese día hiciera el intento de quedarme con él solamente mediahora más. Walter no se veía muy animado a pesar de que acepté con buen talante. Sin embargo, es un niño que no puede decir que no y obedeció. Esperamos a que terminara de bañarse, y mientras tanto Melanie me enseñaba algunas de sus medicinas y dibujos, tomaba clases de fútbol y equitación en las tardes. Walter salió ya con su pijama puesta. Sonrió un poco y le dijo a su mamá que ya no tenía shampoo (habría que comprarle mañana). Melanie le dijo que yo me quedaría con él hasta que se durmiera y me miró y se fue; cerró la puerta con delicadeza.

--No sé mucho inglés. Tú me vas a enseñar, le dije a Walter.

Él respondió con un gesto de afirmación. Se metió totalmente en su cama y yo me senté en una silla de paja. Se acurrucó hacia el lado de su lámpara. En ese momento de soledad e inacción sentí cómo empezaba mi nueva rutina, al lado de personas y espacios extraños, pero a la vez familiares por las evocaciones que resultaban en el rito de dormir, del baño, de la comida y de los silencios en la mesa ante la presencia del papá. Todo esto yo había vivido pero ahora aparecía otra vez como si la ruleta del tiempo quisiera deternerse. Walter quería dormir pero no podía; le tomó como cuarenta minutos caer ante el sueño. Su cabello castaño y su palidez lo hacían ver lo que quizá era, un niño enfermizo. Con esfuerzo de nosotros podría devenir en una persona muy valiente y tenaz, porque una mirada sostenida y segura como la de él no podía esconder en su infancia sino una vida interior. Porque eso sería lo único que podría hacer, volverlo una mejor persona. Melanie es quien realmente lo amará y nadie más, aunque se porte mal, tomará su pequeña mano y lo besará cuantiosas veces; cuando entristezca lo abrazará hasta que todo vuelva a la normalidad, solo ella podrá hacer eso. Es su trabajo.


jueves, 3 de noviembre de 2011 Leave a comment

Si Job mirara a un gato

La garra de un gato que fuerza la puerta causa mi envidia. Las uñas se descubren ante el peligro como resortes y pueden, de inmediato, esconderse debajo de la pelusa; matar y acariciar. Y no se sabe si quien juega con el gato eres tú o el gato juega contigo. Pugna con el marco de madera hasta que apenas logra una apertura y desliza su serpentino cuerpo hacia mí. Sube a la silla, quiere acicalarse pero su mirada se detiene en un bulto que yace en el rincón. Cae como si aterrizara en algodón. No tiene idea de cuánto podría dar (aunque no tengo nada) por esgrimir sus garras.

Hace ya tiempo que la lepra avanza y yo observo siempre en las mañanas, bajo luz del sol, cómo los pequeños trozos de piel se convierten sin remedio en capas de polvo. También he observado cómo se alimenta el gato ante la imposibilidad de que yo pueda ver por él. He visto cómo quiebra el aliento de las palomas, que en otro tiempo sellaron, luego del diluvio, el amor de Dios hacia los hombres. También me sé prole de Noé pero no hay alianzas; la alianza se difumina apenas el gato realiza el salto de bestia sobre un inocente alado.
Reconozco en mis deformes manos el tiempo; como un tronco de árbol es mi cuerpo, como dos muñones cortados con furia son mis manos. Quisiera tener las garras de un gato.

miércoles, 26 de octubre de 2011 Leave a comment

La oruga [el limbo]


Hay un momento en el que un fluido ordena que deje de roer con voracidad las hojas en las que se envuelve usualmente en las noches. A pesar de ello sigue royendo los nervios verdes; le produce placer deglutir las fibras. Nunca vio a las aves que en el celeste pacen en círculos, solo por placer; tampoco pudo ver que en las noches, mientras estaba despierta ocupándose del crecimiento voraz de su cuerpo, algunos animales se revuelcan en la tierra, solo por placer. No podría saberlo, porque su vista es mediocre y sus antenas están concentradas en el alimento y porque está ensimismada en la velocidad con que las membranas de su cuerpo se retuercen y anuncian un estado nuevo a cada movimiento de la tierra. Este ensimismamiento se ve desplazado por el aviso superior, como una onda que se va expandiendo sobre sí, de que es momento del cambio de rutina; ya no requiere estar en la intemperie y el peligro de las noches, deglutiendo y destruyendo las membranas vegetales de un árbol caritativo, con quien se ha encariñado porque conoce casi de memoria sus surcos y hoyos, sino que ahora debe suspenderse en una de esas membranas. Así en algún momento específico, se desplazará con solemnidad, ayudada por sus brújulas largas que palpan el aire, cuando no haya luz, y primero probará las distintas hojas que puedan soportar su peso, se aferrará hacia una pared y creará con su propia saliva una cobertura que la proteja en ese sueño para el que se ha preparado todo este tiempo a cuestas de su huésped. Bajo su piel, se esconden tímidas sus dos alas que esperan latentes, el paso del tiempo.
La preparación del capullo lo realiza de manera automática, como si lo hubiese hecho antes, aunque no es consciente de que lo realizará solo una vez. Cuando ya está encerrada y cubierta por la oscuridad, dependerá de la suerte y del buen viento. Un viento agresivo podría desbaratar la caverna rugosa que ha construido sobre sí y condenarla a la extinción inmediata; esa onda o fuerza, el motor de todos sus movimientos, la ha preparado para fijar bien su residencia temporal, que a la larga, le empieza a agradar. No sabe lo que sigue, solo que onda que la comanda le previene que realice ciertas acciones. En ese tiempo de soledad y oscuridad que debe pasar, siente movimientos dentro de su cuerpo, lentos pero efectivos, transformadores, a los que acompaña un bienestar inigualable. Afuera de esa caverna, todo aparecía ante ella como indiscernible o monstruoso; en la oscuridad, en cambio, gobierna una oscuridad uniforme.
En algún momento, la onda le ordenará romper la caverna, hacer un hoyo pequeño y abrirse hacia la luz. Ya hace algún tiempo que viene sintiendo ese deseo de la onda sobre su cuerpo; pero está resistiendo porque le agrada la infinitud de la oscuridad, aunque presiente un devenir de mayores placeres afuera. Ya se acaban las fuerzas de su antiguo cuerpo y el nuevo requiere mayor alimento, pero eso sería seguir solamente a la onda, obedecer y vivir para ella. No quiere desplazarse sino permanecer. La razón le dará el tiempo, que es mejor permanecer dentro de esa caverna impenetrable que vivir fuera bajo las órdenes de la onda que se cierne sobre ella. No le da un nombre sino solo la siente. Decide permanecer y el fin no llega porque no es real sino hipotético.

Suspendida e inerte arriba, sujeta a las fibras verdes y robustas de un árbol joven, en su propio limbo nadie se compadecería de ella; rota la caverna y luego de haberse agotado, tras libar miles de flores, nadie, sin embargo, libaría su cuerpo muerto en el fin, ni tampoco ella terminaría en la tierra prometida. 

domingo, 23 de octubre de 2011 Leave a comment

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