Pequeña taxonomía - Hipopótamo


La joya desciende por el Nilo como liberada en medio de la corriente. Trayectoria de sur a norte, la joya flota pesada: no puede nadar. Suele caminar en las profundidades del río, en el limo, y levanta partículas como polen cuando cabalga entre redes vegetales. Abre los ojos la joya para ubicar en las trayectorias de la luz y su alimento, el camino de vuelta, anfibio, para tomar el aire de los mortales.

Se imprime en la joya las redes vegetales y pistilos de las orillas, que son coronas del río del que nunca se atreve a salir. Preserva en sus oídos las celebraciones de sus feligreses, que le rogaron ser turquesa y lámpara del camino de ida de su cadáver. La joya ha nadado y acompañado a hombres por el camino acuático de la muerte. Quieta, no sabe qué hacer alejada de su cadáver. Extraña el río y ese camino de ida.   

La joya recuerda los dedos de su hacedor que le tatuó flores de loto, sabe también de la textura de la carne y huesos secos, de los que era fuente de agua. Siguen creciendo en su cuerpo las flores, mutando las hojas y el polen. Le han recompuesto las extremidades que yacían rotas al lado del cadáver, y no sabe usarlas. Si no puede cabalgar en el Nilo, o el río negro de la muerte, solo puede yacer. 

La joya ha encallado en medio del pavimento. Yace en otro templo que nunca tuvo dioses. Rodeada de vidrios, indiferente a los dedos profanos de restauradores, se pregunta si cruzará el océano o si el océano lo cruzará a él cuando por esa costa, que le es ajena, que le resulta gélida, naveguen otros hombres y se hablen otras lenguas. 

domingo, 11 de febrero de 2018 Leave a comment

Buckley


Incrédula siempre a la idea de las reencarnaciones, quedó perpleja al ver el cadáver en el río. Si bien el cadáver tenía otro atuendo y el cuerpo otra textura, no la textura atlética de Tim, sino otra, flácida y hasta enfermiza, allí estaba él flotando, él mismo y otro a la vez, se decía en silencio. Los agentes le impidieron acercarse y no entendieron su extrañeza. Solo el análisis posterior de los molares arrojaron datos exactos: el cadáver, a pesar del parecido que tenía con el desaparecido, se trataba de otro, de un tal Jeff. 

Nadie había reclamado el cuerpo hasta el sábado en la tarde en que tuvo un extraño sueño. La búsqueda de su marido seguía en curso pero con la amenaza de suspender las búsquedas luego de un mes de desaparecido le habían dado extraños sueños. Salvo ese. En ese sueño, ella era más joven y estaba caminando con Tim hasta una casa de algunos amigos, lo sabía en el sueño, y entraron. Los recibió un amigo con el que apenas habían hablado. Ella sentada con él en el sofá lo fue apretando cada vez más los brazos hasta que él se acercó a besarla. Por pudor al encontrarse delante del amigo que conversaba, volteó la cara y él solo le rozó el hombro. Apenas. Lo siguiente que recuerda es ir hacia la parte atrás de la casa donde había un arroyo poco profundo. Ella volteó y le dijo a Tim, Jeff y luego él le respondió que iría a bañarse porque el verano estaba insoportable. Cuando se despertó se preguntó si es que no estaría albergando el recuerdo de otra persona. Pero, se decía mientras se peinaba frente al espejo, si fuese así, cómo es que el amigo común estaba allí y conversaba con el supuesto extraño y ella con toda la complicidad adquirida por años de amistad. Cómo, se decía, si ese fuese no un sueño sino un recuerdo, el amigo en común de ambos había aparecido. Cómo, se dijo finalmente, quizá Tim la había visitado en los sueños --o los recuerdos, es lo mismo-- para avisarle de algo. 

Es claro, le dijo el oficinista de la morgue, que el hombre ahogado es mucho menor que su esposo. Puede ser su hijo, le dijo. Y usted su madre. No hay normas para cerciorarse de la identidad de alguien sino las huellas, los dientes y unas pruebas que solo el laboratorio puede saber. Números, trazos invisibles para el ojo. De camino en el taxi pensó en encargarse de sepultar el cuerpo del joven idéntico a su esposo aunque no la asaltó una decisión sino un deseo. 

Esa noche durmió con las manos sobre el pecho. Le abordó nuevamente el sueño, con diferentes episodios esta vez. Eran jóvenes y ella ahora estaba echada en el sofá con Tim. El amigo llega pero ella no se ruboriza sino sigue echada en el regazo de él. Luego entra una mujer, la que supone fue una ex novia de su marido, lo sabe en el sueño pero es mucho más joven que ambos. Si, calcula su edad rápidamente, ambos tienen 25 años, la muchacha debe tener 17 y pasa rápidamente. Su marido nuevamente voltea pero esta vez ella no desiste y él le da un beso en la mejilla. El amigo no se sorprende. Ella lo observa cada vez con más atención y nota que él es mucho más joven. El sueño prosigue y ambos, mucho más jóvenes, cada vez más jóvenes a cada paso se van acercando al arroyo que está debajo de la casa y Jeff le dice me voy rápidamente, ven. Ella oye su voz y dice, Tim es tu voz, es tu misma voz. pero desiste de entrar, le pide que vuelva. Es tu voz, le grita. Jeff insiste y entra al arroyo y ella sabe que cuando despierte él ya no estará más, se habrá ido para siempre. 

Al día siguiente va a la morgue e insiste y miente, y dice que se ha perdido un hijo, que tiene tales trazos, pide que lo dejen ver al cadáver, exige que lo dejen atenderlo. Por su rostro desencajado le creen, sacan sus documentos y las fotos del ahogado, que ella misma presenció hace algunas semanas. Le dicen que espere y espera. Sentada en una banca de madera, a sus setenta y tres años, teme con angustia y emoción, haberse enamorado de un muerto.

martes, 12 de julio de 2016 Leave a comment

Bowie



Han hallado al enfermo sin vendas. Expuestas a la intemperie y el oxígeno, las manchas de sangre se habían tornado costra: sin disciplina se asomaban por las pequeñas aberturas de la piel. Había pasado toda la noche allí, recostado en el sofá del recibidor de una oficina que él sabía, siempre dejaban abierta. 
Los hombres lo tomaron del brazo con delicadeza. Era hora de ir a casa, le dijeron. Él no se opuso, como todos los días no se oponía a que lo llevaran a cuestas. Sabía que dolía menos si se dejaba ir. Solo sintió un punzón en el hígado al doblar hacia la recta de su casa, y el dolor lo quebró en dos. Los hombres lo hicieron enderezarse. Subió el ascensor sin ayuda. Los hombres lo soltaron el trayecto hacia el baño, donde se despojó de una bata y pantalones, y se sumergió en la bañera donde el agua se teñía con su suciedad, las costras, las distintas tonalidades de su sangre.

Sabía que, a diferencia de otros, le estaba permitido morir en su casa.

Blackstar


Su forma era la de una estrella negra. Lo había asegurado el niño después de mirar por la ventana. Los adultos de la casa lo trataron de convencer de que había visto un cuerpo celeste --y reconocible-- caer. Buscaban crearle un falso recuerdo. Pero él insistió en su visión. Les dijo: "Era un sol negro. Un círculo de fuego detrás de una sombra negra, redonda".

Para hacer creíble el designio, dibujó su visión. Su descripción correspondía al recuerdo heredado de la extinción anterior. Porque su dibujo era un instrumento, lo agotaron con una flama pequeña. Los adultos sabían que la visión del fuego en la suspendida noche  significaba la hora de partida. Cuando llegaron a su habitación no lloraron; se tomaron de las manos primero y luego se pusieron a alistar sus cosas. 

Tis a Pity She Was a Whore


Ella lo golpeó como un hombre. Sus nudillos rasgaron las membranas internas del labio superior y lo hizo sangrar. A él la sangre le supo a la infancia, y la absorbió de nuevo, con una sonrisa involuntaria. En esos segundos, mientras ella alzaba el rostro y acomodaba su perfil, en ese gesto violento le pareció distinguir alguna indecisión, pero se equivocó. Recibió otro golpe en el pómulo izquierdo. Un golpe seco, inmediato. Se tomó la cara y se resignó a echarse en el suelo, reptando. No pudo esquivar tampoco la siguiente punzada en el costado derecho, y que le calentó el pecho. 

Ella lo siguió golpeando como un hombre. 

Lazarus


Dicen con pruebas que en las escrituras Lázaro no recordaba haber regresado de algún lugar. Un testigo sincero, decían. 
Nos han contado que una noche Lázaro ha llamado en rezos al hombre que vio en el cielo cuando muerto se sumergió en la oscuridad. Le han prevenido de decir esta historia, pero alguna vez la ha susurrado.
 Susurró ver un laberinto gigantesco, con elevaciones rectangulares y pequeños lagos inscrustados en sus paredes. Sabe que no fue un sueño sino un recuerdo. Lo sabe porque al despertarse, después de resurrecto, conservaba una cicatriz que le hizo alguno de esos lagos secos y rotos cuando intentó cogerse de ellos. El recuerdo es brumoso como un sueño. Podría enumerar apenas una secuencia de eventos. Una gran caja móvil que lo llevaba hacia el cielo. Una habitación grande donde lo obligaron a bañarse sin necesitarlo. Un lecho blanco y alto, cruzado de líneas transparentes. Él echado hasta quedarse dormido, con las líneas transparentes que se incrustaban en su brazo. Duerme finalmente y cuando despierta está en su sepulcro de piedra, con los suyos de nuevo. Señor, señor, ha gritado: Me has traido de vuelta.

martes, 16 de febrero de 2016 Leave a comment

La gente que joven se muere (la plaga)


Hay una plaga, piensa, de gente que joven se muere. Una plaga silenciosa, que quizá está siendo ocultada. Existen muertes colectivas a las que les presta atención porque son caídas profanas. Cuerpos que no se funden con la naturaleza sino que se disuelven en el lente de los periodistas. Muertes que ocurren en países que nunca visitará. Las centenas o miles de muertes se disipan en los encabezados de las noticias. Ha volteado y no se ha detenido frente a un collage de fotos de un cadáver.

Pero llegó la primera, segunda y tercera señal de la plaga.

Era un chico alto, de cabello y barba oscura. Un tipo de paso descansado que solo conocía de oídas. Entonces supo de su agonía primero y luego de su muerte. Se escribieron una serie de obituarios que nunca mencionó la causa. Tampoco nadie fue juzgado. Su muerte sorpresiva fue interpretada como una partida natural. A los veintiocho años. Lo lloró el obituario y se acabó el duelo.

Era un chico bajo y ondulado. No lo conocía de oídas. Solo sabía de él una imagen detenida o un avatar. No tuvo agonía. Se enteró por testimonios de amigos sobre su muerte porque se escribió solo un obituario. Era un joven menos trajinado que el anterior. Como en el caso anterior, nadie fue juzgado. Alguna vez, contaron sus conocidos, dijo que quería morir a los veintisiete. Murió a los veinticuatro años.

Era una chica de otro país, baja, gruesa y de cabello corto. Era un personaje público. Hacía música. Sus seguidores anunciaron su muerte y se escribieron decenas de obituarios. Su partida había disuelto el grupo y las esperanzas de sus seguidores de escucharla en vivo también. Nadie fue juzgado por su muerte. En su agonía muchos rezaron incluso sin creer. 

Porque nadie ha sido juzgado, porque la plaga ha sido procesada como una neblina que se apropia de las víctimas, nadie habla de estas muertes porque se creen naturales.

Las personas menores de treinta años están armadas, protegiéndose de las circunstancias.

domingo, 11 de octubre de 2015 Leave a comment

Un sueño (o una pesadilla recurrente)


En el sueño o la pesadilla recurrente, él se encuentra con una relación seca y prohibida. Podría disfrutarla porque el sueño ha vuelto accesible al Hombre de los pasos lejanos. Sin embargo la relación tiene la misma sequedad de la vigilia. Ninguna transgresión, ningún recoveco intransitable que el sueño ha hecho posible de recorrer. El sueño es un episodio o una conversación de pares lejanos que se creen unidos por un compromiso. Solo ellos. Entonces duda de la fantasía. No hay fantasía sin pasión, se dice. El Hombre de los pasos lejanos se convierte en una figura sin relevancia. El sueño lo ha devuelto al lugar que le corresponde. 

Estas tardes ha estado tratando de terminar un cuadro. La primera alternativa le daría cambiar una escena del retrato que ha hecho de una familia. Es un cuadro bastante mediocre hasta ahora. Dos familias que se unen en una cena para discutir asuntos ajenos a ambos. La representación pictórica no ofrece el tema de la conversación, pero debe estar allí para que la gestualidad del cuadro denote una emoción. Hasta ahora el tema de la conversación es el arte mismo. Tema muy moderno, muy pasado de moda. Quiere hacer que los comensales conversen sobre las mejores cualidades de los hombres: una discusión natural y verdadera, pero teme no tener suficiente material de la vida para hacerlos conversar. Hasta ahora entonces el cuadro es un remedo de vida y un berrinche. Esta noche intervendrá la escena definitivamente.  Solo así tendrá un bulto menos atravesado en las sienes.

La escena mediocre quizá se debe a su incapacidad de enrostrar. Siente a su familia como otro bulto que ni siquiera el Poeta mayor con todo su brillo púrpura puede hacer ligero. Lo ha tratado. Quizá terminar ese cuadro sea el cierre definitivo. Lamenta haber deseado la desaparición de algún familiar.

Caín, se dice.

lunes, 21 de septiembre de 2015 Leave a comment

Sufjan Stevens, 2015 (o cómo ser un joven maestro)



*

En los festivales de folk se solía tocar sin cables. La puesta se reducía a un músico y su ensimismamiento en la guitarra. Un público que veía (y oía) en silencio, y simulaba una misa o una prédica. Esas imágenes de los primeros festivales de folk pueden alternarse con la proliferación de  gestos severos de Martin Luther King o los rezos de jóvenes para detener la lluvia nuclear y los misiles cubanos. En Newport festival inspiró a esa horda de pacifistas Peter Seeger y Johnny Cash, también Joan Baez que llevó a Dylan quien todavía pretendía ser un cantante de folk. Esa estirpe a la que dice pertenecer Sufjan Stevens, a pesar de que lleva consigo siempre toneladas de material eléctrico. Por menos cantidad de cables Peter Seeger amenazó a Dylan que estuvo empecinado en una versión enchufada de Maggie's Farm. Y ahí está Sufjan en festivales folk. They times, they are a-changing.

**

Sufjan Stevens se sube a un escenario que le recuerda al paisaje que evoca en sus dos discos-estados. Lo celebra y se burla de la alegría infantil que le recuerdan las montañas de Colorado. Dice: "He visto un arcoriris, un unicornio y ponnies que me han saludado". La infancia de Sufjan en Michigan e Illinois. Los Strokes elaboran odas a la juventud en la clave de NYC --a donde migró Sufjan-- pero para él su imaginación solo puede apelar a la fuerza natural de los quietos lagos de Michigan, los rumores de la educación cristiana que ha construido su país, y el escampado de la metrópoli de Chicago donde circulan los mitos viejos y modernos de su nación: la fuerza del trabajo, la bendición de Dios y la superioridad de la raza blanca.

***

"Yo no sé cantar", se preocupa siempre. Nadie se preocupa ya de eso. No importa. Pero pequeño maestro da la primera lección, que pocos saben, como lo prueba el estado del arte contemporáneo: importa al maestro el craft, ejecución e imaginación. "Sé cantar al estilo hobo", dice. No sabe cantar como debe cantar a cómo es ahora. Supone eso y se preocupa.

****

En Carrie and Lowell (2015), Sufjan es él en una forma definitiva de ser él. La gente dice: Sufjan y dios o Sufjan y Cristo o Sufjan y la Biblia. Mejor decir: el hombre y el dolor que deja el que ha partido y nunca volverá. Si antes sus discos se nutrían de su educación cristiana, que era el prisma por el que descifraba el curso de la naturaleza, ahora la invoca para saludar a sus muertos. Ante la muerte de su madre no puede sino preguntar dónde deambula y como dice textualmente, en ese estado no lo puede escuchar. ¿Qué se puede hacer para hablar sobre los muertos y sobre todo, querer hablar con ellos, sino recurrir a los que nos han prometido vencer a la muerte?

martes, 18 de agosto de 2015 Leave a comment

R. cuando quería leer / R. y el caracol




 1

R dice que desde adolescente le gustaba leer hasta bien entrada la madrugada. Dice que recuerda que a veces no dejaba de leer sino hasta acabar los libros. Recuerdo, afirma, que terminé de leer La madre a la cinco de la madrugada. Orgulloso, sigue: No paré, cerré el libro y era casi el amanecer. Se detiene, espera que le responda algo, pero yo solo quiero escuchar. Entonces sigue: Pero mi mamá siempre subía a mi cuarto a pedirme que yo apagara la luz. Siempre subía, sea la hora que sea: tres o cuatro de la mañana. Por eso yo me compré un clip que venía con una lucecita, y que se ponía en el mismo libro. Con ese aparato podía leer hasta tarde y mi mamá no se daba cuenta. Cuando sentía que mi mamá estaba subiendo las escaleras. Click. Apagaba el aparatito y así no se veía nada de afuera. R. se ríe siempre cuando recuerda su picardía de joven lector.

2

Saliendo al jardín es de noche ya. Siempre está humedo y brilla en la oscuridad por las luces de los postes. Al salir siempre es como ingresar a la noche de verdad, o eso se siente. Dentro, la casa proyecta un abrigo intemporal, de aquello que no oscurece o es quieto, aun sean las siete, las nueve o la medianoche. Afuera, un hilo transparente se interpone entre mi paso y el desnivel. Un caracol avanza lento, quiere internarse en un matorral que bordea la entrada. R. sigue hablando de los libros y sus proyectos, de sus trabajos y sus días. Le apunto al animal que deja una estela transparente: Un caracol, mire. R. mira hacia abajo, se pone de cuclillas, se levanta las bastas del pantalón. Se queda segundos allí y dice: A ver, ¡qué grande! Luego de la emoción infantil, baja la grada de la entrada y prosigue la enumeración apasionada de sus deberes de la semana.
 

miércoles, 5 de agosto de 2015 Leave a comment

Un joven silba / Otro piensa


*
Un silbido. Una calle vacía y un joven que se empecina en mirar una esquina desierta. Se empecina también en silbar y contempla la desolada calle, como si buscara a alguien o llamara a alguien. De pronto ella, que está caminando con poca prisa, nota que hay dos palomas casi adelante, que con pisada corta, se pasean por la esquina de la vereda. El joven está silbando, del otro lado de la acera, mirándolas. Las está llamando, piensa ella, tan natural es que un joven llame a dos palomas que dan pequeños saltos en la vereda, como si fueran un par de amigos o mascotas. Lo que dura esa certeza, digamos, tres segundos, posee una total coherencia, como si en efecto fuese totalmente comprensible que el joven que está al frente de la vereda esté con la mirada fija, esperando a que las palomas le respondan, o se unan a él. La certeza se rompe cuando ella observa bien al muchacho y lo reconoce. Sabe quién es, sabe que en la infancia y la adolescencia han cruzado miradas porque le parecía entonces que tenía un porte agradable. Luego de que conoció mejor la taxonomía de los hombres de esta ciudad, sabía, que por algún gesto, o una seña en la mirada o un caminar altanero, no podía estar llamando a las palomas. Debía, pensó, mientras él le respondía su mirada inoportuna, estar llamando a un hombre que saldría en uno u otro segundo de alguna de las ventanas de arriba, un hombre,  como muchas personas en su vida, del que solo sentiría su presencia pero no sabría cómo es ni cómo iba vestido. 


**
La proliferación de cráneos ha sido como un motivo. Ha visto un cráneo en la portada del libro de Burton que no sabe si llevar a su verdadero hogar. Ha visto otro cráneo en una pintura de Cézanne de un niño más -otro- se dice, de la serie de niños elegantes en el tránsito de ser hombres dolientes. También ha visto, haciendo una pesquisa de pintores simbolistas, un autorretrato con cráneo. En la televisión pasaban una momia destazada por unos científicos que la tocaban como si fuesen animales de carroña. De todos estos, el cráneo de Cézanne, por supuesto, le parece el más interesante de todos. La serie de jóvenes elegantes le parece la serie adecuada para enamorarse. Los jóvenes de Cézanne están entregados a sí mismos, dueños de una tristeza tan absolutamente encerrada y contenida en sus cuerpos delgados, respirando silencio. 
Un joven de Cézanne se levantaría muy temprano. Comería lo absolutamente necesario. Un joven de Cézanne haría sufrir sin querer a quien lo amase: una madre o una mujer que se desvele pensando en él o tejiendo historias sobre encuentros fortuitos. Peor aún, un joven de Cézanne pensaría todo el tiempo en su cráneo, en el futuro de su cráneo: la caída del cabello, la forma de su tumba. Algún joven de Cézanne ha entrado en unos laberintos debajo de una iglesia colonial que esconden tumbas de obispos, hombres poderosos hoy separados de su madre, hermanos, abuelos, padre. Cráneos y fémures desterrados del punto de partida. Un joven de Cézanne ha pensado, creyendo escuchar el eco de su pensamiento en esa bóveda subterránea: "¿Quién querría estar aquí?".

lunes, 20 de julio de 2015 Leave a comment

Bobby 1967





Tener veintiocho es tener treinta o treinta y cinco. Un cómputo mental borra las distancias de cada año; a los veintidós o veintitrés pude haber puesto mis manos en los bolsillos con resignación, o haber tenido discusión definitiva y volcánica hoy olvidada. Hoy no pongo las manos en los bolsillos, sino las entrego para que las enmarroquen mis autoridades y la buena educación de esta ciudad en que vivo.


Las cifras de los años dosmil se borran, como si fuesen prolongaciones de los años noventa. Es que los veinte son un aleteo, no el fugaz de las anisopteras que baten minutos imperceptibles en filmina suspendida, sus cuerpos, sino el crudo aleteo de un pez sin oxígeno. Los veinte o la nueva edad del aprendizaje: ser una figura definitiva en los miedos ajenos; el molde de nuestro cráneo no es del armazón del calcio de nuestros propios huesos y los ancestros, sino difuminados esqueletos del cuerpo de sapiens sapiens: lo último del siglo XX, ocioso y brutal.


Entonces treinta años no equivale a un digno peso de la vida del planeta de nuestros ancestros de hace doscientos años o trescientos sino a un férreo asir del pasado--como si no siempre viviéramos en presente--. T.S.Eliot: If all time is eternally present.


****


Un día de esta semana una joven sostenía una versión amistosa de Hamlet. Todavía deambula Hamlet, pensó. Aquel día también se acordó de Bobby. Quizá la única vez en que Bobby sintió tentar el fracaso fue cuando se accidentó en 1968 con una Triumph Tiger 100. Tendría 25 años, obras maestras, mujer e hijos. Pero eres tejidos y orines, Bobby, le recordó el estrépito de la chatarra, porque acaso por primera vez desde que dejó la polvorienta Duluth, sintió terror. La muerte, Bobby, tiene el sabor de la tierra y saliva que se apelmaza en los dientes.


Los veinte de Bobby duraron cinco años, luego el accidente, luego la fe en distintos registros, luego el amor de una mujer mayor; ningún disco malo hasta después del accidente. Los veinte de Bobby duraron más que los nuestros porque su aceleración correspondía al miedo-vértigo de la tasa de mortalidad de los años sesenta: una guerra mundial y la amenaza de la lluvia de fuego de la Guerra Fría. Su velocidad era otra pero de la máquina en que le gustaba pasear también. Después de su reclusión, regresó y fue otro. Siempre fue otro pero nunca él mismo, porque no hay “uno mismo”; hay zapatos de uno mismo, hay un tú y un yo, pero no hay uno mismo, dice Bobby tantas veces.

sábado, 20 de septiembre de 2014 Leave a comment

Pequeña taxonomía-El monstruo del Lago Ness




De saberse vivo, Nessi, como lo llaman sus feligreses, tendría más edad que muchas naciones actuales. Cálculos mal hechos dan como uno solo un ejemplar un animal que probablemente podría ser diez o veinte. La forma de un Cryptoclidus ha adoptado Nessi en la imaginación popular; múltiples avistamientos dan cuenta de un reptil marino del tamaño de un dinosaurio, de cola larga, joroba y mándibula redonda y dentada.

El lago Ness es resultado de un accidente, de cuando las primeras glaciaciones hicieron paso a la masa sólida que formaron las islas británicas. Se trata del lago de gran profundidad y contiene más cantidad de agua que todos los lagos de Inglaterra y Escocia juntos. Escocia se ha considerado, incluso para la imaginación de avanzada como Shakespeare u Orson Welles, viviente lugar donde pacen aún los druidas. Una piedra en Escocia podría convertirse en una entidad animada en la noche, una hoja podría hacer rico a un pobre, en un lago podría merodear un monstruo. El vientre del lago Ness sin duda podría albergar una serie de animales de proporciones océanicas. Las dimensiones de Nessi corresponden a la majestuosidad de su hogar, que para los primeros habitantes escoceses habría parecido un pequeño mar, cuando los mares se pensaban poblados de criaturas gigantescas que gobernaban los vaivenes de la marea.

De la misma raza que Nessi son múltiples avistamientos que los hombres del Medioevo trazaron en sus mapas. Aun si ahora la inteligencia moderna podría explicar la transformación de la naturaleza con etiquetas latinas, y aducir que fueron los cetáceos, por su corpulencia y longitud, el molde de los llamados monstruos marinos, hay miles de kilómetros de mar abisal gobernados por peces fosforescentes cuyos contornos ni los satélites han descifrado. Más cerca de Nessi, sin embargo, no están los moluscos gigantescos que agitan tentáculos tridimensionales en la cartografía medieval, sino los reptiles que pueden dormir al sol y en el agua, y que pueden reproducirse sin que casi quede evidencia en sus propios cuerpos, como sucede con la maternidad de los cetáceos. Porque la familia menor de Nessi son los reptiles mínimos, ruinas de especies mayores cuyos cadáveres adornan museos o duermen en profundidades pronto profanadas.

domingo, 20 de abril de 2014 Leave a comment

« Entradas antiguas Entradas más recientes »
Con la tecnología de Blogger.