Bobby 1967
Tener veintiocho es tener treinta o treinta y cinco. Un cómputo mental borra las distancias de cada año; a los veintidós o veintitrés pude haber puesto mis manos en los bolsillos con resignación, o haber tenido discusión definitiva y volcánica hoy olvidada. Hoy no pongo las manos en los bolsillos, sino las entrego para que las enmarroquen mis autoridades y la buena educación de esta ciudad en que vivo.
Las cifras de los años dosmil se borran, como si fuesen prolongaciones de los años noventa. Es que los veinte son un aleteo, no el fugaz de las anisopteras que baten minutos imperceptibles en filmina suspendida, sus cuerpos, sino el crudo aleteo de un pez sin oxígeno. Los veinte o la nueva edad del aprendizaje: ser una figura definitiva en los miedos ajenos; el molde de nuestro cráneo no es del armazón del calcio de nuestros propios huesos y los ancestros, sino difuminados esqueletos del cuerpo de sapiens sapiens: lo último del siglo XX, ocioso y brutal.
Entonces treinta años no equivale a un digno peso de la vida del planeta de nuestros ancestros de hace doscientos años o trescientos sino a un férreo asir del pasado--como si no siempre viviéramos en presente--. T.S.Eliot: If all time is eternally present.
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Un día de esta semana una joven sostenía una versión amistosa de Hamlet. Todavía deambula Hamlet, pensó. Aquel día también se acordó de Bobby. Quizá la única vez en que Bobby sintió tentar el fracaso fue cuando se accidentó en 1968 con una Triumph Tiger 100. Tendría 25 años, obras maestras, mujer e hijos. Pero eres tejidos y orines, Bobby, le recordó el estrépito de la chatarra, porque acaso por primera vez desde que dejó la polvorienta Duluth, sintió terror. La muerte, Bobby, tiene el sabor de la tierra y saliva que se apelmaza en los dientes.
Los veinte de Bobby duraron cinco años, luego el accidente, luego la fe en distintos registros, luego el amor de una mujer mayor; ningún disco malo hasta después del accidente. Los veinte de Bobby duraron más que los nuestros porque su aceleración correspondía al miedo-vértigo de la tasa de mortalidad de los años sesenta: una guerra mundial y la amenaza de la lluvia de fuego de la Guerra Fría. Su velocidad era otra pero de la máquina en que le gustaba pasear también. Después de su reclusión, regresó y fue otro. Siempre fue otro pero nunca él mismo, porque no hay “uno mismo”; hay zapatos de uno mismo, hay un tú y un yo, pero no hay uno mismo, dice Bobby tantas veces.
sábado, 20 de septiembre de 2014 Leave a comment
Pequeña taxonomía-El monstruo del Lago Ness
De saberse vivo, Nessi, como lo llaman sus feligreses, tendría más edad que muchas naciones actuales. Cálculos mal hechos dan como uno solo un ejemplar un animal que probablemente podría ser diez o veinte. La forma de un Cryptoclidus ha adoptado Nessi en la imaginación popular; múltiples avistamientos dan cuenta de un reptil marino del tamaño de un dinosaurio, de cola larga, joroba y mándibula redonda y dentada.
El lago Ness es resultado de un accidente, de cuando las primeras glaciaciones hicieron paso a la masa sólida que formaron las islas británicas. Se trata del lago de gran profundidad y contiene más cantidad de agua que todos los lagos de Inglaterra y Escocia juntos. Escocia se ha considerado, incluso para la imaginación de avanzada como Shakespeare u Orson Welles, viviente lugar donde pacen aún los druidas. Una piedra en Escocia podría convertirse en una entidad animada en la noche, una hoja podría hacer rico a un pobre, en un lago podría merodear un monstruo. El vientre del lago Ness sin duda podría albergar una serie de animales de proporciones océanicas. Las dimensiones de Nessi corresponden a la majestuosidad de su hogar, que para los primeros habitantes escoceses habría parecido un pequeño mar, cuando los mares se pensaban poblados de criaturas gigantescas que gobernaban los vaivenes de la marea.
De la misma raza que Nessi son múltiples avistamientos que los hombres del Medioevo trazaron en sus mapas. Aun si ahora la inteligencia moderna podría explicar la transformación de la naturaleza con etiquetas latinas, y aducir que fueron los cetáceos, por su corpulencia y longitud, el molde de los llamados monstruos marinos, hay miles de kilómetros de mar abisal gobernados por peces fosforescentes cuyos contornos ni los satélites han descifrado. Más cerca de Nessi, sin embargo, no están los moluscos gigantescos que agitan tentáculos tridimensionales en la cartografía medieval, sino los reptiles que pueden dormir al sol y en el agua, y que pueden reproducirse sin que casi quede evidencia en sus propios cuerpos, como sucede con la maternidad de los cetáceos. Porque la familia menor de Nessi son los reptiles mínimos, ruinas de especies mayores cuyos cadáveres adornan museos o duermen en profundidades pronto profanadas.
domingo, 20 de abril de 2014 Leave a comment
Tiresias
He nacido en un territorio donde se dificulta encontrar raíces porque uno siente que existen profundas en las tierras las cenizas de mis ancestros, y sin embargo indeterminado es el adn vegetal. Esta profundidad telúrica la siento cuando camino sobre las montañas descalzo o cuando me sumerjo en el río para lavar la podredumbre diaria de mis miembros y las heridas que causan los cotidiano. Este río que se encuentra al lado de mi casa es en realidad siempre barro con pequeña consistencia acuática, y ocurre solamente cuando hay lluvias arriba o cuando hay deshielo de las montañas cansadas de estar inmóviles por el frío y sudan porque el sol se acerca a la corteza y nos alimentamos de ese sudor yo y los animales. El resto del año, el río es usualmente caudal de barro y piedras.
En las noches suelo sentir las estrellas, puedo leer el futuro en la arena si consigo distanciarme del bosque y fundirme en el mar. He hundido mis dedos en las profundidades de la arena y he querido coger un puñado permanente, pero la arena como el tiempo, huye de mí y solo puedo ver paisajes en un grano calidoscópico. Y trato de recordar a mis ancestros, he insistido con el oráculo, que mudo permanece y afirma que solo yo debo decir y ver. No recuerdo a mis padres tebanos, ni mi tribu original, todos ellos deambulan por el Hades mientras que yo existo para decir el futuro. Mi pasado original no existe, ha sido desterrado de mi memoria para no extrañar y poder ver, porque el tiempo es bendición y perdición de los mortales.
Los dioses me cerraron la cuenca de los ojos con líquido de oro. Dante me ha castigado con los adivinos un fuego infernal que seca mi sangre inmortal, pero si acaso lo fuera. Solamente puedo ver. Dante también era vidente, le dije su presente, al poeta vidente le dije que podía ver y que debía ser castigado conmigo en las profundidades del vivir por siempre en el espiral de la amnesia de los de nuestra raza, perder a los que amamos en nuestras lagunas de olvido. Algunos creen en mi videncia y en mis sueños, otros no.
Mi condición sexual también les parece aberrante. Puedo copular con hombres y mujeres. Puedo sentir como hombre y pensar como mujer, puedo pensar como mujer y sentir como hombre, puedo sentir como mujer y pensar como hombre, puedo pensar como hombre y sentir como mujer. A veces mi dedo meñique tiene la coquetería de una mujer y mis cejas la masculinidad de un hombre. Otras veces mi mirada es delicada pero mi labio inferior se tensa. Cuando llueve puedo llorar o querer devorar bestias. Menstruo cada veintiocho días y otros días eyaculo en las noches sin consciencia de ello. Rindo el culto a la fértil luna pero no puedo procrear, por ello soy dada a la especulación metafísica que los filósofos, hombres todos, me han prestado para matar el aburrimiento. No me atraen los filósofos sino los rapsodas, que pueden comunicarse, como yo, con los dioses. Amo también a las mujeres hermosas aunque a naturaleza las haga altivas y estériles en el buen gusto que es imprescindible para mi tacto, la lozanía de sus cuerpos es exigencia de mi boca que desea saber la sustancia del tiempo en el cuerpo, así como puedo comer pétalos de rosa o chupar camas de plantas recién nacidas y bañadas de rocío. El sabor del tiempo es el del cuerpo humedecido por el deseo y del verso que resuena en la boca de los rapsodas.
He de ver el futuro en el grano de arena pero también sentirla en los abismos de los ojos de un rapsoda que pueda cantar mi nombre, sea Dante u otro. No he de saber la textura de mis raíces, el peso de las cenizas de mis ancestros juntos, pero el amante, el rapsoda acaso pueda cantar mi futuro, solo un rapsoda sabe la naturaleza de mi videncia, mi maldición vegetal.
En las noches suelo sentir las estrellas, puedo leer el futuro en la arena si consigo distanciarme del bosque y fundirme en el mar. He hundido mis dedos en las profundidades de la arena y he querido coger un puñado permanente, pero la arena como el tiempo, huye de mí y solo puedo ver paisajes en un grano calidoscópico. Y trato de recordar a mis ancestros, he insistido con el oráculo, que mudo permanece y afirma que solo yo debo decir y ver. No recuerdo a mis padres tebanos, ni mi tribu original, todos ellos deambulan por el Hades mientras que yo existo para decir el futuro. Mi pasado original no existe, ha sido desterrado de mi memoria para no extrañar y poder ver, porque el tiempo es bendición y perdición de los mortales.
Los dioses me cerraron la cuenca de los ojos con líquido de oro. Dante me ha castigado con los adivinos un fuego infernal que seca mi sangre inmortal, pero si acaso lo fuera. Solamente puedo ver. Dante también era vidente, le dije su presente, al poeta vidente le dije que podía ver y que debía ser castigado conmigo en las profundidades del vivir por siempre en el espiral de la amnesia de los de nuestra raza, perder a los que amamos en nuestras lagunas de olvido. Algunos creen en mi videncia y en mis sueños, otros no.
Mi condición sexual también les parece aberrante. Puedo copular con hombres y mujeres. Puedo sentir como hombre y pensar como mujer, puedo pensar como mujer y sentir como hombre, puedo sentir como mujer y pensar como hombre, puedo pensar como hombre y sentir como mujer. A veces mi dedo meñique tiene la coquetería de una mujer y mis cejas la masculinidad de un hombre. Otras veces mi mirada es delicada pero mi labio inferior se tensa. Cuando llueve puedo llorar o querer devorar bestias. Menstruo cada veintiocho días y otros días eyaculo en las noches sin consciencia de ello. Rindo el culto a la fértil luna pero no puedo procrear, por ello soy dada a la especulación metafísica que los filósofos, hombres todos, me han prestado para matar el aburrimiento. No me atraen los filósofos sino los rapsodas, que pueden comunicarse, como yo, con los dioses. Amo también a las mujeres hermosas aunque a naturaleza las haga altivas y estériles en el buen gusto que es imprescindible para mi tacto, la lozanía de sus cuerpos es exigencia de mi boca que desea saber la sustancia del tiempo en el cuerpo, así como puedo comer pétalos de rosa o chupar camas de plantas recién nacidas y bañadas de rocío. El sabor del tiempo es el del cuerpo humedecido por el deseo y del verso que resuena en la boca de los rapsodas.
He de ver el futuro en el grano de arena pero también sentirla en los abismos de los ojos de un rapsoda que pueda cantar mi nombre, sea Dante u otro. No he de saber la textura de mis raíces, el peso de las cenizas de mis ancestros juntos, pero el amante, el rapsoda acaso pueda cantar mi futuro, solo un rapsoda sabe la naturaleza de mi videncia, mi maldición vegetal.
martes, 6 de agosto de 2013 Leave a comment
Polilla o mariposa nocturna
En un bus suelen viajar distintas órdenes de la naturaleza. Insectos. Homínidos, niños nacidos por accidentes de la pasión. Ni las brujerías más avanzadas de nuestro milenio ha podido abolir la tiranía de la cópula con reproducción. Mujer que menstrua 12 veces al año, con 12 cuidados de preñez. Las criaturas que se agarran de las madres a las que han poseído en un cuerpo y en un alma.
Y el insecto alado. El universo en un vidrio de un bus. Una polilla o una mariposa nocturna; vital diferencia existe sin que yo pueda saber como tanto otro, como el recorrido de un musgo en las veredas húmedas en invierno. Como la composición de la tierra que parece ser una sola entidad aquí y allá lejos. El éter, dicen los griegos, vital. ¿Acaso hay éter en la negra tierra? No, el éter no reproduce sino conserva la vida.
El universo en un vidrio de bus, una polilla pegada a la ventana. Cada cuanto apenas bate las alas. Contornea su pardo cuerpo un halo. Respiración o sudor. La polilla sudando ha recorrido kilómetros sin cansarse; ha utilizado transporte urbano.
Pequeña taxonomía-Il Penseroso
La estrategia de supervivencia del Il penseroso reside en no hacer. Recuerda el día de su nacimiento: hacía bastante frío, era un mes de vientos. Recuerda sobre todo el frío que sintió cuando lo posaron en una bandeja helada, lejos de su madre y todavía recuerda con tristeza y solemnidad cómo solía navegar en el mar caliente de las vísceras de la madre. Esos días suele llorar en silencio apretando un pañuelo en sus dientes. Otro día vio a una paloma empollando en medio de una avenida negra por el devenir de los autos, invocó a su madre. Le hubiesen dado de comer la placenta o su mamá hubiese guardado la placenta para que luego se la repartan en un festín y quedar siempre unidos. Pero la madre ha partido para nunca regresar hace exactamente doce años, en que ha dejado al Penseroso en total estado de desamparo, porque ella era la única que lo cuidaba y lo entendía.
Por eso il Penseroso no siempre estuvo unido a la madre, por eso evoca la placenta. En realidad desde un comienzo pensó que la madre debía no existir para que él sí pudiera ser finalmente. Desde los tres años había adquirido una envidiable capacidad para pensar, aunque no tanto para hablar. Recién aprendió a hablar a los ocho años, durante siete años sus padres lo creyeron sordomudo y sufrió una serie de vejaciones. En ese tiempo se entrenó en el pensar. Descartó los juegos infantiles por agotadores, la respuesta a los mimos por ser dañinos para su salud.
Nunca le han roto el corazón al Penseroso.
Pequeña taxonomía. Una ninfa
La ninfa Calipso ha dejado ir a Odiseo por disposición divina. Su rutina ha variado notablemente. Antes solía despertar y encontrarlo a su lado, en el lecho caliente por el cuerpo de Odiseo, bravo hombre, astuto hombre, divino hombre. En alguna conversación con otras ninfas, antes de que aprehendiese a Odiseo con las garras del engaño, ella solía quejarse de la frialdad de su morada, que gravitaba en medio de las infernales, heladas aguas del Océano. Luego de su llegada, su lecho siempre se mantuvo caliente como si una llama ardiera debajo de la tierra y se colara en los vellones que los abrigaba. Se despertaba y veía que Odiseo yacía dormido y era el mejor momento del día, en que este no pensaba, astuto hombre, y no se sentía lejano de él: sus sueños eran designios divinos a los que ninguno de los dos podía acceder, se encontraban en semejante condición. Y ese era el mejor momento del día, la ninfa se mantenía queda observando el devenir del éter en el cuerpo de su amado, aunque a veces podría presenciar lágrimas que insistían, así como en la vigilia, en regresar a casa. Eso poco le importaba. Luego de observarlo hasta que se despertase, ordenaba que les sirvieran los mejores manjares. Odiseo comía poco, hablaba poco, pensaba demasiado.
Luego solía el héroe sentarse en una roca que se disponía hacia el mar y llorar como un desesperado por regresar a su casa con su mujer y su hijo. La ninfa mil veces le ha anunciado que su mujer dentro de poco se le caerá la piel debajo de sus brazos, sus senos serán dos bolsas vacías de penas, el cuello se volverá escamoso y como constelaciones las arrugas surcarán su rostro, su dentadura se caerá y su cabello se teñirá del blanco de la desdicha del arribo de la Parca. Mientras que Odiseo a su lado puede mantenerse joven y ágil, y ella la más lozana de las ninfas, que vivirá incluso cuando los poetas y los hombres no la puedan ver y griten errados: "the nymphs are departed".
Y Calipso escupe al mar porque los dioses se empeñan en que las diosas no se mezclen con los mortales, mientras ellos sí pueden adoptar mil formas para retozar con las mujeres mejores que ellos, los dioses, carne putrefacta que se renueva en los vientres de las mujeres, entre las piernas de las mujeres.
Luego de la partida de Odiseo, del desamor, el dolor puede cobrar mil formas en el organismo: sobre todo en las tardes tiene sueño y duerme más de lo debido, no le provoca comer en las mañanas ni en la noche, no soporta que las siervas le hablen del tiempo o de los quehaceres, una gran calentura atraviesa su frente e inyecta sus ojos de tristeza y desesperanza, ¡el cuerpo no me sirve! le grita al mar, para qué tener un cuerpo lozano e infinito si no lo puede compartir con Odiseo, el de mente más ágil y cuyo cuerpo es semejante al de un dios. Ha pensado seriamente en lanzarse a los peñascos y destrozar su cuerpo y que la carcoma el dolor físico infinito o que vengan las aves que torturan a Prometeo para que hagan lo mismo con ella, que le atraviese un rayo de Zeus. Ha pensado en difamar al Olímpico para recibir un castigo efectivo, verdadero, lacerante que manifieste el fuego de sus vísceras. Una tarde remojó su cuerpo en la tempestad del mar, que se hinchó y descompuso por la sal. El dolor solo duró lo que dura un temporal, la partida de Odiseo es eterna.
Pero los días se van agotando y el dolor menguando salvo cuando recuerda el firme talle de Odiseo en su piel. El orgullo puede tomar el lugar del dolor, o el desprecio. Un día de esos decide trazar un plan para traerlo de vuelta, un rapto y la muerte de su mujer, lo descarta por absurdo no podría con la ira del destino; otro día ha tomado demasiado vino y su estómago ha expulsado todo alimento: ha vomitado en el mar a escondidas de las criadas, aunque no de otros dioses, no le importa, que vean las trituradas formas, babosas formas de la tierra expulsadas de su cuerpo, porque ¿qué inspira las actuales arcadas sino Odiseo el más astuto, semejante a los dioses y la mierda de los hombres?
Luego de la partida de Odiseo, del desamor, el dolor puede cobrar mil formas en el organismo: sobre todo en las tardes tiene sueño y duerme más de lo debido, no le provoca comer en las mañanas ni en la noche, no soporta que las siervas le hablen del tiempo o de los quehaceres, una gran calentura atraviesa su frente e inyecta sus ojos de tristeza y desesperanza, ¡el cuerpo no me sirve! le grita al mar, para qué tener un cuerpo lozano e infinito si no lo puede compartir con Odiseo, el de mente más ágil y cuyo cuerpo es semejante al de un dios. Ha pensado seriamente en lanzarse a los peñascos y destrozar su cuerpo y que la carcoma el dolor físico infinito o que vengan las aves que torturan a Prometeo para que hagan lo mismo con ella, que le atraviese un rayo de Zeus. Ha pensado en difamar al Olímpico para recibir un castigo efectivo, verdadero, lacerante que manifieste el fuego de sus vísceras. Una tarde remojó su cuerpo en la tempestad del mar, que se hinchó y descompuso por la sal. El dolor solo duró lo que dura un temporal, la partida de Odiseo es eterna.
Pero los días se van agotando y el dolor menguando salvo cuando recuerda el firme talle de Odiseo en su piel. El orgullo puede tomar el lugar del dolor, o el desprecio. Un día de esos decide trazar un plan para traerlo de vuelta, un rapto y la muerte de su mujer, lo descarta por absurdo no podría con la ira del destino; otro día ha tomado demasiado vino y su estómago ha expulsado todo alimento: ha vomitado en el mar a escondidas de las criadas, aunque no de otros dioses, no le importa, que vean las trituradas formas, babosas formas de la tierra expulsadas de su cuerpo, porque ¿qué inspira las actuales arcadas sino Odiseo el más astuto, semejante a los dioses y la mierda de los hombres?
lunes, 19 de noviembre de 2012 Leave a comment
Abelardo
A Abelardo le han matado a su gato.
Usualmente él se levantaría de una silla donde descansa frente a un televisor, te mostraría algunos libros nuevos que yacen en los estantes de su reducido puesto o simplemente conversaría un poco sobre política. Otras veces conversa con los amigos de alrededor, quienes pugnan un lugar mejor para ver un partido de fútbol. Pero hoy día se quedó sentado en la silla de siempre y su atención estuvo puesta en un crucigrama de un diario. Se paró solo para irse a otra silla y continuar con el crucigrama que atrapaba su empeño, sin mirar hacia arriba, sin mirar hacia potenciales clientes o ladrones de libros. Solo dijo que viajó cuatro meses y que mataron a su gato hacía dos semanas. Una redada de sus vecinos, bocados con veneno, gente harta de los hábitos sexuales de los gatos; luego amenazó con matar a aquél que mató a su gato. Pero no sabe quién es y su furia se suspende sin un destino, se convierte en pura bilis que envenena su cauce sanguíneo. Abelardo ha bajado peso -calculo diez kilos-, se ha cortado la barba pero su cabello sigue siendo copioso y ondulado, anudado con una cofia, que me recuerda a un semita de mis imaginaciones, pues nunca he visto a uno en vivo y en directo.
Le ofrecí conseguirle otro gato, pero negó con la cabeza. No quería tener otro animal por el momento. Más adelante sí, tal vez. Uno negro, igual que mi gato anterior, me gustan los gatos negros, dijo. Luego, mientras nos alejamos de Abelardo, mientras mirábamos otros estantes sin atención, un amigo sugiere que ya pasó por el estado de duelo y ahora se interna en la ira, Abelardo. Qué será de él si alguna vez se le muere un hijo, o cuando se le muera la madre ¿para qué viajó cuatro meses? No se me ocurrió preguntarle. Quizá no solamente le han matado al gato.
jueves, 11 de octubre de 2012 Leave a comment
Pequeña taxonomía-El cíclope I
Uno puede afirmar que alguna etapa de la vida comienza o termina (que es lo mismo) en la manera en cómo ponderamos el cielo. Por años ha estado convencido de que el frío es el clima que mejor estrecha su temperamento; creo que nunca podría desmentirse a sí mismo de lo contrario. Pero es que el temperamento no se puede modificar, ha escuchado a cierto pastor. Sin embargo ahora el sol le parece una potencia deseable, un punto al que aspira aunque no se atreva a mirarle de lleno (no podría tampoco). Tengo un ojo, se dice, porque tiene que recordárselo a falta de manantiales extensos donde pueda ver su reflejo completo; habito en el campo, entre las rocas, mi morada es la tierra. El sol de pronto a su vida adulta se ha convertido en un hogar.
El sol, potencia quizá más antigua que Dios y que el viento, algún día se extinguirá. El cíclope lo sabe. La disposición de su rostro la han copiado los hombres para elaborar lámparas, faros y postes de luz. Su gran ojo, como un sol, como una ventana, única, absoluta, pondera los objetos moldeados por la luz de una sola forma. A veces cuando pasea por las rocas, cuando busca algún alimento que le ofrezca el sol, cree que la desventura de los humanos se encuentra en poseer dos entradas al mundo, mientras que él posee la única, la verdadera.
Y ahora pondera el cielo de otra forma. Si fuese hombre, el cielo le sabría a dos veces, a él le sabe a una, diferente esta mañana. Ha prestado particular atención al cielo porque el día anterior soñó con una constelación. A pesar de que las estrellas desaparecen por lo general en la niebla, armadura de la noche, él siempre sueña con paisajes oscuros y encendidos por antorchas divinas, estrellas que no titilan sino queman arriba. Esa noche previa a su cambio de época, soñó. Vio una constelación muy bien definida y móvil en un sueño entre púrpura y azul, los colores del cielo postrados sobre él. La constelación era móvil, las estrellas se desplazaban en los contornos de una forma que él no podría vislumbrar, pero que un eco le anunciaba, se trataba de la constelación Acuario.
Acuario no le dice nada, ojalá, se dice, conociera a alguien que no tuviese ojo alguno, que supiera los sueños, sobre todo en los suyos, donde no hay sol.
lunes, 13 de agosto de 2012 Leave a comment
Manzanas
Mi amado E.:
Me han explicado. Sales minerales, tierras, agua y demás trasuntan en un fruto una especie, Malus domestica, que viene de mela, manzana en griego y doméstica porque se puede criar donde quieras, cómo quieras y comer como desees, frutas salvajes, amargo vinagre, chispeante ensalada, consomé, sidra, todo eso se puede hacer con esa fruta. Eso anoté bien y con otros detalles que me dieron unos campesinos que estaban cosechando manzanas un martes por la mañana en que yo solo apuntaba y dibujaba el paisaje; detalles como este: uno puede morir por comer pepas de manzanas.
Explico en qué pensaba esos momentos. A los primeros hombres causó especial fascinación la manzana, un seno, un sexo, todo eso puede ser la manzana. La imaginación disfruta mejor que la sensatez. Si Eva no le hubiese dado a su compañero de paraíso esta fruta plena de almidón, este no se hubiese atorado con ese fruto y tampoco dormido en su seno ni entre sus piernas. Todo eso. El castigo es en efecto, la pena eterna. Vale tanto, lo sé.
El asunto mi amado E. es que a mí la manzana me parece obsoleta, desabrida como una mujer correcta y un desperdicio de esfuerzos de la tierra. Frente a la manzana, fruto muerto, inerte, pesado; la papaya parece la reina de las frutas, tan carnosa pero suave y húmeda, vital. La manzana ni siquiera es demasiado exuberante y encendida como la fresa, reina de las salvajes, podría fingir una muerte con el jugo de esa fruta. La fruta que desbarata mis tristezas es la naranja porque pica mis nervios y esconde la tristeza. El hollejo de la naranja parece carne sin sangre. El lúcumo es una fruta sofisticada: almidonada pero especial, sabrosa con leche pero sola no, se guarda, tiene reservas; la naturaleza la sabe valiosa.
Hoy día me han preocupado los muertos y los vivos, los muertos sobre todo. Las frutas están de los dos lados: mantienen la fibra viva pero no alimenta la tierra ya sus venas. Todos los días mueren ellas, morimos. Cuántas muertes ha causado la manzana que lanzó la Discordia sobre la mesa del banquete, que como un meteorito aterrizó en seco, terrosa manzana, dorada manzana. Y a pesar de su circular forma, su compostura, la manzana flaquea en el paladar; arte puede gestar en el paladar el sabor de otras frutas pero la cocina sofisticada cómo esconde el sabor de la tierra y se erige falsa arte, falso todo, vacío de ricos.
Y sin embargo las manzanas de Cézanne que rebalsan y el acento inglés, la manzana atravesada de Johnny Depp.
T.
martes, 3 de julio de 2012 Leave a comment
El friso de la vida
--¿De qué murió Vicente? ¿sabes eh?, le preguntó él con la boca llena. Había llegado tarde, con hambre. Entró muy rápido, de manera automática se sirvió un poco de arroz y se frió un huevo.
El otro apenas volteó cuando escuchó que se abría puerta, seguía viendo la televisión: un programa sobre agentes de la DEA que se enfrentan a narcotraficantes colombianos.
--No tengo idea, musitó. Estiró su pies, apagó la televisión y se dio la vuelta hacia el respaldar del sillón. Se hizo el dormido, se ovilló. Pensó que ya no quería seguir viviendo con él, que sería mejor irse de ese lugar desconocido en que había caído, el tedio de la convivencia. Eso sintió apenas se difuminó la luz del aparato.
El otro siguió comiendo en el comedor y luego se fue al baño.
--¿De qué murió Vicente?, se preguntó a sí mismo en la oscuridad. Apretó los ojos, no lo recordaba bien, no lo tenía claro. Las películas ahora le sabían a nada. Antes de los macizos agentes de la DEA, acababa de ver una película sobre una mujer que quedaba mil años mirando a una pared, maldita sea Monica Vitti. Los hombres la pueden adorar pero él no, no entiende bien. Ni siquiera era de su generación. --¿Quién es de tu generación? Le preguntó él un día en que conversaban en un parque. Ese día lo pensó bien.
Mi generación. Escupiría uno o varios nombres y no se decidiría. De regreso a casa, mientras observaba el tráfico, los paseantes, las familias que se habían congregado en parques, niños con triciclos, recordó que un amigo fastidiado le dijo que su mayor mérito sería engendrar y dar a luz. La tienes más fácil. Eso jamás será mi mayor mérito, replicó furibundo, incluso golpeó la mesa: solo será una circunstancia. Mi cuerpo no es mérito. Y sin embargo desfilaban a su lado todos los días en las calles los árboles y algunas madres sonrientes orgullosas de su cuerpo y de los cuerpos pequeños que desafiaban la especie primigenia, los primates, y la gravedad y sus genes que se acomodaban a las circunstancias, caminaban erguidos, incluso corrían temblorosos. Su mayor mérito. De regreso también se detuvo a observar a unos ancianos que siempre sacaban sus sillas a la llegada de las tres de la tarde. Se sentó frente a ellos con disimulo: los ancianos se sentaban juntos y solo veían el tiempo caer. Sobrevivir su mayor mérito.
Escuchó que se cerró el grifo. Nunca había sentido celos de él ni de otro hombre con los que ha estado. Quizá, se dijo siempre en silencio, como un pensamiento bajo, muy bajo, nunca había sentido demasiado apego. Que me escupan o que me pateen. Es igual, inmutable, que todo da igual cuando se carga con tanta desdicha sin explicación, desde embrión; algún fluido de la placenta de su madre definió su bilis negra. Mi generación no tiene bilis negra, solo yo, se había dicho.
El otro sale del baño, se va al cuarto. Regresa a la sala y se sienta en el sillón del frente. Un poco de cortesía le inspira su presencia, gira su cuerpo hacia él. Él se arrodilla a su lado y toma sus manos, besa su frente. Siempre encuentra las coordenadas adecuadas. Porque nunca es fácil, nadie la tiene más fácil, solo ellas las señoras del parque y el radiante ensimismamiento de las nuevas criaturas frente a una flor, una abeja, una pelota, una anciana. Pero luego los niños se van.
Responde con un abrazo, acerca su rostro al rostro de él, siente en su piel sus pestañas.
--Vicente se pegó un tiro en el pecho muy joven, de la locura, le responde como un suspiro de cansancio o de resignación. Amaba el cuerpo de él, ciertamente.
domingo, 1 de julio de 2012 Leave a comment
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