Pequeña taxonomía. La libélula


Solo fui dos veces a la misma fiesta en años diferentes. En los dos años, vi una libélula. No sé si se tratará de la misma libélula, pero estaba allí, casi en la misma hora y en el mismo lugar, pasando por el mismo peligro. Los mismos ánimos de hace algunos años querían deshacerse de ella, también la misma suerte acompañó a esta libélula.

La vi revoloteando con torpeza alrededor de un foco. La torpeza de las alas dispuestas en distintos lugares del cuerpo, que no corresponden al armonioso vuelo de una ave planeadora. Su vuelo y el choque producen un sonido poco agradable aunque simétrico, porque el aleteo es calculado pero el golpe contra un foco o una pared, producen en nosotros un dolor extraño, que se enquista en los nervios, como el chirrido de metal o el rechinar de los dientes.

Entonces allí está la libélula. Tiene más de mil ojos. ¡Monstruo de una sola cabeza! Tendrá mil visiones del mismo evento. Podrá haber visto, en simultáneo, el azul de la noche, porque apareció en el jardín descubierto. A la vez podría calcular los movimientos de los invitados, la madre preocupada porque todos estén bien, el padre ocupado en desmentir una acusación a su hermano; el hijo mayor tratando de mantener la compostura ante la indignación de verse rechazado por una amiga de infancia; la hermana menor, divagar con algunos amigos porque quiere tener respuestas espontáneas; un tío enfrascado en un baile extraño, otra tía arrellanada con un vaso de licor y algunos admiradores alrededor. Otros sujetos que tratan de matar el tiempo, miran, tocan, se ríen, conversan. Celebración. Y así la fauna del jardín, que la libélula no entiende porque la imagen no explica ni vale más que la palabra como dicen los ilusos sino la imagen desnuda es un arma de dos filos, es todo el universo concentrado (tal vez lo es) pero recipiente que necesita contenido. Leonardo imaginó una máquina voladora, ligera, de guerra, pensando en tu poderoso cuerpo, libélula.

Allí la libélula no sabe, es. Abierto está su camino, nació en esa abertura del mundo, de nuestro mundo que fue el huevo que la albergó, digamos, pensemos, ¿hace dos años? ¿Cientos de años? Eso me pregunto mientras la avisto de lejos. Si me vio solo habrá visto a un cuerpo rodeado de algunos cuerpos trabados en conversaciones sin sentido, en un lenguaje pedestre que es el lenguaje de las celebraciones, que mañana de igual forma que resulta para la libélula, no será nada para mí, cuando me reencuentre con el camino lejano, la abertura clausurada y el vientre lejano.

jueves, 8 de marzo de 2012 Leave a comment

Nota marginal-La interpretación I (o El triste)

Uno de estos días tuve una conversación lapidante con mi amigo sobre un cantante que cuando era joven admiraba mucho. En ese entonces yo despreciaba a los intérpretes porque los encontraba efímeros. Para mí los verdaderos artistas eran aquellos que componían e interpretaban sus propias canciones. Obviamente soy una persona distinta de entonces; ahora los intérpretes gozan de mi mayor estima. Volteo hacia esa época y no me reconozco, como tampoco reconozco las melodías que me agradaban y ahora me suenan a desastre natural. El tiempo.

Y sin embargo está ese cantante u otras canciones en mi idioma que todavía tarareo con gusto cuando me encuentro solo en un muelle o cerca de la casa de mis padres. El color de mi infancia es el de las melodías pueriles, el de mi juventud, de las sinfonías y fugas.
Encontré a este amigo en el bautizo del hijo de un amigo común. Los tres habíamos ido al mismo colegio; nunca hubo amistad entre los tres pero sí significativa camaradería. Esa que permite decir a alguien, felicidades sin sentirlo. Felizmente yo no era de las personas que decía felicidades sin sentirlo verdaderamente; en realidad me acostumbré a no ser gentil solo por la delicadeza de serlo. Pocas mujeres me lo han agradecido. Mi camaradería se traducía en mi presencia en una celebración de la que me escindía con facilidad y desgracia, porque siempre renegué de mi incapacidad para gozar. 
La única persona con la que pude conversar esa fue noche fue con Martín. Había venido con su esposa, una mujer algo extraña que solo decía lo necesario, pero parecía estar pensando mucho. No me comentó Martín que su esposa trabajaba como vidente; eso me enteraría después cuando supe que ella falleció en un accidente extraño en su casa. 
Como recién había llegado de Estados Unidos, la conversación giraba alrededor de datos comunes sobre el viaje: clima, gente, comida. Inventé muchos datos, porque no me había percatado de muchas de las cosas cotidianas en mi viaje o las había olvidado; quise recordarla en la conversación y no pude. Inventé temperaturas, frecuencias de buses, cantidad de población, casi todo aquello que me no me había fijado en el viaje, pero que a la gente interesa. Nunca les conté por qué viajé porque no me lo preguntaron. Ese dato también habría inventado. Les hubiera dicho que me fui de vacaciones, cuando en realidad fui detrás de una mujer. Los amigos alrededor de la mesa con mayor fineza me hubiesen entendido; menos mal que no me lo preguntaron.

Martín no bebía. Yo estaba con mucho licor en la sangre. Lo supe porque sentía una necesidad imperiosa de hablarme a mí mismo en voz alta. Me fui al baño y me lavé la cara; apoyé mis manos en el lavabo, ese gesto hizo que tomara consciencia de que debía regresar sobrio a casa. Me dije un par de cosas en voz alta y decidí no tomar más. De regreso encontré al padre del bautizado y Martín charlando sobre la música que no animaba a la gente. Muchos amigos se habían ido y no nos habíamos dado cuenta; parece que la música los había aburrido. Nuestro anfitrión fue a despedirse de la gente. Deborah, la mujer de Martín, estaba sentada en otra mesa con algunas mujeres. 
Como la fiesta decaía, ponían baladas para que la gente pudiera conversar. En eso empezamos a hablar sobre nuestros gustos escolares. Y recordamos una versión estupenda de El triste, de Roberto Cantoral. Mi padre era un gran admirador de Roberto Cantoral y Los tres caballeros, por eso yo desde niño conocía sus nombres y sus composiciones. Martín recordó ese detalle porque las veces que venía a mi casa siempre me preguntaba qué escuchaba siempre mi padre. Yo subía rápido las escaleras y levantaba los hombros, boleros, le decía, sin distinguir aún en las rancheras, las baladas, la trova y demás. 

--Estupenda, tú siempre decías que era estupenda.
--Era tan increíble--le dije con entusiasmo infantil--que he comprado todos las grabaciones de esa canción. 
No le conté que la mitad de mi colección estaba todavía en la casa de mis padres. Que no me atrevía a recogerlas solo por no regresar. Tampoco le dije que la otra mitad de mi colección había sido destruida por unos sobrinos.
--¿Y lo llegaste a escuchar en vivo?
--¿A quién? ¿A José José?
--Sí, a José José.
--No, nunca.
--¿Ni cuando estuviste en México? 
-- Nada, ni en México.

Sí había visto a José José en el D.F., cuando estuve en México en 1979. Ya era un artista consagrado, y en mi recuerdo, el mejor intérprete de El triste. Pero no quería contarlo.

--Yo me acuerdo que tu papá era un fánatico. 
--Sí se emocionaba el viejo bastante. Esa vez que cantó José José, nos llamó a todos en la casa como al minuto, gritando, también lo hacía cuando había goles. Vengan a ver, decía.

Ese 1970 yo estaba por terminar el colegio, solo faltaban unos meses. Mi padre, efectivamente, nos gritó cuando José José interpretó El triste. Yo no bajé. Mi madre y mi hermana sí se acercaron.

--¿Y cómo está él?
--¿Quién?
--Tú papá.
--Todavía vive.
--El mío también, vive con mi mamá en Chaclacayo. 
--¿Solos?
--Sí, solos.

Mis padres también vivían solos, pero nadie los visitaba.

Alcé la voz porque quería seguir con la conversación. 
--Pero de todas las versiones que he escuchado, ninguna supera la de él--agregué: ninguna. Y las he escuchado todas, o casi todas, la de Plácido Domingo, que todos pensaban entonces que sería insuperable, no logró alcanzar a José José. La versión de Roberto Cantoral, la única, esa la de 1970, de él, ninguna se repitió igual, y las habré escuchado, las he escuchado. 

Quizá golpeé un poco la mesa. Martín me miró con cara de aburrimiento. No volvimos a hablar de la canción ni las versiones. Nos despedimos a los pocos minutos con mucha efusividad, yo por el alcohol, Martín por timidez no pudo rehusarse a un abrazo fraterno. De vuelta tomé un colectivo. Lima parecía un gran ovni desde la Vía expresa.

En el camino hacia mi casa, recordé que olvidé hablar sobre la canción, el sonido de la canción, faló sincerarme con Martín y confesarle que ninguna otra performance de José José superó la de 1970, en esa competencia cuando interpretó en vivo, y que eso a la vez por alguna razón que no quiero desprender de mi mente, también me avergüenza a mí, es como una ponzoña que he preferido guardarme para mí y no contaminar a mi amigo. Aunque luego me arrepentí y pensé que debí decirle que llegado el momento, ese gran momento nos traspasa, nos engulle y nuestra vida no alcanza para superar ese gran momento, la gran interpretación o ejecución del tiempo, el brío y del talento, solo ocurre una vez, y es tan efímero y terrible, cruel. Pero Martín, se le veía tan aburrido con todo esto.

sábado, 3 de marzo de 2012 Leave a comment

Zurich, domingo por la mañana.


Hace tiempo he deseado esto: inflamar volutas de humo y lanzarlas al techo. Días antes, cuando estuve copiando las tarjetas sin descanso, porque el trabajo apremia y atosiga, deseaba tanto estar totalmente liberado, soñaba en saborear las tardes libres, la hora perfecta de las cinco de la tarde. Ahora que lo estoy, atino solo a descansar mi cuerpo en el piso frío con un delicioso cigarrillo, que me sabe al fin del mundo o me sabe al día de mi nacimiento. Arriesgo a que no me quieran, porque en Zurich pocas personas quieren, Byron. La mujer que ahora me abriga descansa su cuerpo sobre la cama, en otro cuarto, mientras yo en el piso de la cocina me retuerzo del aburrimiento o la levedad de esta mañana transparente. Mientras me deshago de las volutas de humo, pienso en qué estará haciendo ella, o qué posiciones debe haber adoptado su sueño. 

He perdido, Byron, la capacidad de sentir como antes. Hasta ayer sentí algo por el celaje de la mañana, algún estremecimiento físico por el color del cielo; hoy nada, los brazos de una mujer me saben tan insípidos como el porvenir. Ayer intenté sumergirme en la profundidad de la noche desconocida. Quise tropezarme con alguien desconocido. Lo intenté pero todos eran conocidos para mí, similares a mí, vestían parecido a mí, hablaban como yo, teníamos las mismas maneras, nadie diferente, nadie que pudiera mostrarme el camino de regreso. Cuando se acabe el cigarrillo, Byron, escribiré la carta definitiva.

jueves, 1 de marzo de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía. La vicuña


A Jasón alguna vez se le encargó la piel de un carnero que cuando vivo, sus pisadas salpicaban oro. Luego de muerto, el carnero ascendió al cielo y devino constelación. Similar especie resultó la vicuña (vicugna vicugna) y también particular destino le esperó a un ejemplar que pastaba por pampas ayacuchanas. 

1
El hombre ensaya catástrofes e imita a los vientos y las placas que estragan las superficies de la tierra, que se llevan árboles, vidas humanas y animales, ríos y cerros. Las hecatombes anteriores, de la edad de oro, representaron el desquicio del hombre ante las verdaderas catástrofes que llegan sin pedir permiso y advierten que lo verdaderamente terrible ocurre siempre en el futuro. Sacrificios parecidos fueron las carnicerías y escenas de cazas de los príncipes, o también juegos de la heroicidad, la muerte de miles de soldados, que en la edad moderna se redujeron a solo un olor a chamuscado, o a la palabra holocausto, que así como heca-tombe es cien toros, en griego, significó todo-quemado, de allí que las catástrofes del hombre moderno no se piensen en centenas sino en totalidades. 
Como los elefantes, los tigres, los rinocerontes y los zorros, las vicuñas son víctimas de catástrofes amasadas por la codicia humana. Los colmillos del elefante y el cuerno del rinoceronte, ambas debilidades de la naturaleza exuberante, se reparten en la ignorancia y los cuellos de algunos sujetos. La piel del tigre y los zorros viste la vanidad de carroñas humanas, usualmente mujeres de enorme talante y poco seso. La piel de la vicuña aparece en escaparates del primer mundo.

2
Camélido americano, le dicen los europeos. Primo del ejemplar que llevó a Mahoma por el desierto. De los camellos, la vicuña ha conservado los enormes ojos como diamantes negros, también largas pestañas para proteger de arenas inexistentes a 3 500 metros sobre el mar, en el ande peruano. ¿En qué momento se habrá separado América de África? 
Luego está el otro primo, la alpaca. Una vicuña considera a la alpaca (vicugna pacos) la mejor cara del vencido. Los primeros peruanos, amantes de la textura fina y de los colores de la naturaleza, redujeron unas cuantas vicuñas y crearon la alpaca. La vicuña es, sobre todo, un animal salvaje.

La vicuña aparte de los ojos adiamantados, posee un cuello largo que juega con la dinámica de su realidad: el ichu del suelo exige un cuello corto. Su rostro se ve dominado por los ojos, la nariz y el hocico son alargados y tienden hacia lo diminuto; las orejas, verticales y cortas, siempre están alertas. Su cuerpo es esbelto; resume formas voluptuosas y elegantes a la vez, formas que uno espera en una mujer, pero también puede ser muy compacto y hermoso, en especial cuando se trata de hembras en estado de preñez. El color de la vicuña es legendario, del color de la piel tostada por el sol. Su pelambre siempre culmina como espuma al comienzo de sus extremidades; un penacho adorna su pecho. 

3
Vi una vicuña encabritarse frente a un fusil. Como el espacio de la tierra se agota y los fusiles cierran, en una persecución nocturna la vicuña pudo tomar vuelo. Espera el Yana Mayu allá arriba y la vicuña puede ser constelación. Los antiguos señalan, la llama y su hijo, un pastor, un amaru, un condor, un hampat'u, un atoq, una vicuña, allá arriba, cuando no hay luz, en la noche, la vía láctea.

domingo, 26 de febrero de 2012 Leave a comment

Autorretratos: el hueso


Las fotos ni el cuerpo son traslúcidos, piensa cuando nota su reflejo en el vaso. Si cierra los ojos puede ver la sangre que se transporta por las venas. Corre, si revisa bien o pregunta a un médico, a 30 cm por segundo, que es bastante. Su cuerpo a veces se mantiene estático pero la sangre sigue su trayecto repetido. Si se corta la piel, el trayecto se interrumpe e incluso ingresan bichos del exterior. Su cuerpo responde a veces con fiebres; la última vez que le dio fiebre fue por una intensa amigdalitis. Había estado conversando hasta tarde el día anterior con su abuelo sobre su padre. El abuelo le daba detalles terribles que nunca hubiese querido saber de su padre; es muy probable que quisiera seguir temiéndole. Tomaron mucha cerveza, el abuelito siempre había sido aficionado al licor. Mientras más bebían frío, más sentía él que las amígdalas se resentían. El día siguiente se despertó con un gran ardor en toda la entrada de la boca y una gran desazón en el estómago. Esto es estar enfermo, putrefacción del cuerpo en vida, como bichos se comen mis tejidos, se convierten en flema o simplemente en residuos. 

Porque estaba enfermo se sentía muy aburrido. Si se quedaba en cama, padecía de un exceso de calor, si se sentaba a ver televisión, le daba dolores de cabeza. Su madre lo había atendido con paciencia. Era mucho peor cuando estaba enfermo. Y cuando estaba saludable era atroz. La madre lo trata como un monstruo. Si se pudiese ver las cosas como son, él siempre estaría encerrado en una jaula. Una vez en el hospital vio un afiche que representaba a los enfermos de asma. Decía algo así como que no deberían ser tratados como si estuvieran encerrados en una urna de cristal. A continuación aparecía un dibujo aficionado de un hombrecito caminando en la calle totalmente cubierto de un cubo de vidrio. La gente lo miraba sorprendida. Ese recuerdo de la niñez lo ha acompañado cada vez que se encontraba en enfermo. Ahora que camina por el parque para olvidar su fiebre y amigdalitis, se ve a sí mismo cubierto de una jaula, no como un preso que alguna vez vio en televisión dentro de una jaula enorme, mediática, sino una jaula de un zoológico, de un zoo de cristal. El licor de ayer no le hizo ver las cosas como son. Antaño pensaba que sí funcionaba de esa manera, pero ahora lo duda. Alguna vez borracho creyó asir una estrella, fue muy verídico. Había estado, de muy joven, con unos amigos en el jardín de una casa. No recuerda de quién pero no importa. Estaba tan ebrio que estiró su mano hacia el cielo, y como los niños cuando creen sujetar el sol, aplastó la luz que tenía a miles de años de distancia, que solo podría asir si es que estuviese viviendo en otra era; creyó tanto esta alucinación que incluso tuvo la impresión de que su mano quemaba, y se puso a dar vueltas buscando agua, porque su mano quemaba. No recuerda que impresión tuvo el resto de él, pero no le importa, por eso padece de esa jaula alrededor suyo. Desde aquella vez duda del poder de las alucinaciones inducidas. La verdadera alucinación es la que uno de verdad sufre, como la enfermedad y la fantasía animada, el amor.

El pequeño pueblo donde vive consta de pocas tiendas y de pocos parques. Se aburre también y regresa a casa para seguir batallando con la enfermedad. Agarraría un pote de lejía, se lo tragaría y exterminaría a todos los microbios que se posan organizando colonias en sus amígdalas, pero también él se inmolaría con ellos. Los microbios a estas alturas del día deberían haber pasado ya la edad clásica, media, deberían estar entrando en el renacimiento, porque las amígdalas arden con fuerza. Cuando entra a casa encuentra a su madre conversando por teléfono; solo sube las escaleras despacio y no atiende a qué es lo ella le dice. A unos cinco escalones se detiene frente al retrato suyo de cuando tenía seis años. Lo observa bien; aunque no definitivas, allí están todas las formas de su rostro, trazadas en una sola línea, como es el cuerpo. La foto es de cuando fue por primera vez fue a la primaria. Observa bien el retrato. El marco marrón está ya un poco apolillado. Recuerda la mirada de sus padres frente a él cuando se tomó esta foto; su miedo y su obediencia. Observa atentamente. Puede ver sus pequeñas venas verdes, algunas azuladas. También puede ver los pequeños tejidos entrelazados que dan forma al pequeño rostro, que era suyo; aguzando un poco más la vista, como si estuviera ciego, puede ver el pequeño cráneo similar al de su padre y su abuelo, las cuencas vacías. Observa sus manitas, el carpio y el metacarpio. De súbito levanta su brazo adulto, observa su copiosa vellosidad pero también el hueso húmero y el radio. Ni siquiera las venas y la piel. Si tuviera delante de él un espejo, lo posaría frente a su cuello y vería sus teijidos carcomidos. No se trata de una radiografía, si lo fuera, entonces por qué puede incluso, si no parpadea ¿puede ver la danza del ADN en cada célula? Se ha despojado ya del envoltorio; el llamado del destino no lo asusta.

Leave a comment

Misantropía 1

Sin querer había botado todas las almohadas esa noche. Cuando despertó se sintió cansado porque su cabeza había permanecido toda la noche en una postura difícil. Prendió la música porque cuatro movimientos endulzarían su ánimo y aplacarían su mala disposición. Despertarse era un martirio. 
Mientras se duchaba recordó una broma de una amiga el día anterior sobre un tío operado de la próstata. Le contó que en una reunión su tío bailaba y ella observó: si se sigue moviendo se le pueden salir los puntos. Se rió un poco; algún día tal vez muera de ese mal. Luego le dio de comer a su mascota, mitad cabra mitad gato. Lo miró y se sintió algo feliz. Bajó a la sala. Sus padres estaban viendo el noticiero matutino. No los saludó, salió de su casa. Recordó que había olvidado apagar la música: ya había pasado media hora, estaría en el tercer movimiento. Sintió perdérselo.

En el camino iba pensando que si cambiara algunos trazos del plano del edificio que se le había  encargado, ahorraría más material. Esa ocurrencia banal despareció cuando en el paradero divisó a una mujer guapa. La belleza se comparte, se dijo, porque había escuchado o leído algo así. Y sin embargo jamás se lo diría a alguien en persona. Después de todo, cuando uno llega a conocer verdaderamente a una mujer todo se desmorona. En los hombres detestaba la hombría excesiva, la ociosidad, la camaradería tribal, la estupidez confundida con bondad. En las mujeres también detestaba la extrema bondad que escondía una sorda capacidad para pensar y sentir; había conocido mujeres tan buenas hasta el vómito. Su mamá que es una de las personas más buenas que ha conocido, siempre le dice que en la mujer la bondad es suficiente. Tiene razón, se dice, animales domésticos, siempre acababan siendo sepultadas por los que les exige su especie, la maternidad. ¿Y los hombres? Los filósofos que no se dignan en discutir con sus mascotas, las mujeres. Y piensa en que están por llegar más atrocidades que Lucifer le susurra en el oído.

¿A quién estimas? Le grita la mirada de la mujer guapa que se posa sobre él. Todas las ocurrencias anteriores le borró el deseo y las ganas del cuerpo. Si la música ha aplacado ya los monstruos de las profundidades, qué queda, extranjero, ¿a quien amas? ¿a tu país? ¿a tus padres? 

--A las nubes que pasan allá arriba.


domingo, 19 de febrero de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía. El unicornio II (la doncella)


El hombre impío acaba donde empieza el unicornio. Donde termina el cuerno del unicornio está la doncella. Esto último le dice o casi le grita la dama que sostiene al unicornio. Él piensa que ella ya no es doncella pero prefiere callarse, por prudencia.

El unicornio no quiere ser fotografiado, se mueve. Ya el flash ha alterado sus pupilas, las ha dilatado tanto que parece que padeciera de cataratas. La belleza del unicornio no se compara con la fragilidad de mi alma, dice la doncella que sostiene el unicornio. Ni con la resistencia de tus muslos, dice el fotógrafo.

El hombre impío no puede tocar al unicornio porque lo mancharía con su pecado. Animal tan delicado, ni siquiera una dama como yo lo puede sostener con sus propias manos, sino debe tocarlo con este tul color del cielo. ¿Cómo es la piel del unicornio?, le dice el hombre impío a la dama. Ella responde: tiene la textura de la espuma, pero con la consistencia de una fruta. Vibra, respira, tiene la temperatura más alta. El unicornio se acomoda entre los brazos de la dama, como un crío.

Ahora la doncella solamente quisiera contemplar al unicornio. Lo ha encerrado en su jardín, ha crecido. El unicornio puede dar vueltas; una vuelta, un año. El tiempo para el unicornio no ocurre como en el corazón del hombre. Ha dado doce vueltas, doce años. Él quiere que lo suelte ya para no ver morir al unicornio allí; pero no sabe lo que sí la doncella: que los unicornios pueden vivir miles de años. Abre la reja que encierra al unicornio, ella grita, el unicornio ha saltado con furia y con su cónica espada le ha atravesado el costado al hombre. 

jueves, 16 de febrero de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía. El unicornio I (sin la dama)


Hermano el rinoceronte, del caballo, primo del centauro, el unicornio existe tanto como las especies extintas, los kraken y los perros. Esta afirmación podría ser discutida, por qué ¿de qué manera un perro existe más que un unicornio? Las cavilaciones al respecto terminan cuando dos personas somos incapaces de describir a un perro de manera idéntica. Le pedí a mis dos hijos que dibujaran nuestro perro solo por el placer de probar que el "perro" no existe. Efectivamente, el perro no existe. Cada uno dibujó algún ejemplar de la especie que mejor le parecía: hocicos, patas, orejas, mucho pelo, menos el perro dormido que teníamos delante. ¿Además, el perro de mi infancia y el perro que latente aborda a veces mi imaginación? 

Borges, presintiendo su ceguera, dijo que si tuviéramos a un unicornio frente a nosotros no lo reconoceríamos, no sabríamos que se trata efectivamente de un unicornio. Veríamos: cuerno, un color blanco destellante, patas y tórax equino, pero no sabríamos ciertamente que se trata de un unicornio. Quizá un resplandor cubista. Una anécdota de Buda muestra cómo los ciegos luego de tocar solo una parte de un elefante son incapaces de dilucidar el conjunto, el elefante mismo. La respuesta quizá se halle en que el tacto es tan engañoso. La sola idea de las partes construyen el conjunto del unicornio, engañoso al tacto pero problema superado en la imaginación. Y no es que no podamos reconocer al unicornio, porque ya ha existido como ensueño de muchos hombres; el trabajo de los artistas es darle forma definitiva a los objetos desperdigados por el mundo, o las solas ideas de mundo. Por eso sí lo podríamos reconocer, ya que yace en el regazo de muchas damas vírgenes flamencas, florentinas; en tapices orientales, estatuas chinas, en bestiarios; en cautiverio, libres, atacados como presa de caza, en el libro de Job. 

En todas esas situaciones reconoceríamos al unicornio.

miércoles, 15 de febrero de 2012 1 Comment

Pequeña taxonomía. Los peces abisales.


He decidido descender sin un submarino hacia el fondo del mar, solo atado del gran peñasco de Gibraltar. La presión quiere consumir mi cuerpo, pero me he provisto de un ropaje revestido de piel de serpiente. Y sin embargo la presión quiere todavía reventar mis pulmones. Mientras desciendo pienso en que este es el momento que he estado esperando durante mucho tiempo. Descender hasta el fondo me tomará, calculo, unas ocho horas. Para pasar el tiempo, cuento con un mecanismo que he diseñado en tierra; una tira con algunas cuentas, por cuenta que paso, rememoro completamente un episodio de algún año de mi vida desde 1970. De esa manera he recobrado mucho tiempo que se había asentado en las profundidades de mi memoria.

Hace algunos años que vengo en el entrenamiento para sobrevivir debajo del mar. Primero mi madre me dio a luz en un río. Luego al año aprendí a nadar. A los diez años podía recoger algas del fondo de un arrecife, a doscientos metros. En mi adolescencia solía competir con los delfines. Una radiografía le mostró al médico que controlaba mi tiroides que mis pulmones eran minúsculos, del tamaño de un perro. El saberlo lo alarmó pero no a mi madre, quien me entrenó para este momento; le explicó que era normal. Ella había sobrevivido con pulmones semejantes. 

Ingreso ya al paisaje abisal; no es tan extraño, se asemeja a la cuenca de una caracola. Se oye un rumor distinto del de la atmósfera terrestre, gobernada por el aire, se oye el sonido de una caída libre. Acá se escucha el verdadero sonido de la nada. Mis movimientos se han vuelto lentos; me esfuerzo por ver a través del silencio y la oscuridad sin éxito. Luego de algunos minutos aparece uno que otro pez abisal. Eliminan la oscuridad con el brillo de sus cuerpos. Estos peces lámparas tienen los ojos como grandes avellanas fosforescentes. No se acostumbran a mí, pero tienen pocas energías como para acercarse y atacarme. Me compadezco de ellas, quisiera tocar uno. Mi cuerpo flotante cada vez se hace más lento sin embargo, la gravedad es distinta. Me pregunto si estos animales sabrán qué sucede allá arriba. Me acerco a uno lo suficiente como para hablarle al oído. Quiero que me cuente la historia del mundo o sino que me deje leer en su cuerpo la genealogía de las profundidades. El pequeño pez lámpara me esquiva. Yo lo sigo, insisto en que comparta mi compañía, que deseche su tristeza. Me esquiva nuevamente. Se está tan solo acá abajo. Cerco al pez, pero este voltea y abre sus fauces enormes, cubiertas de pequeños dientes arqueados, las cuentas que sostenía en mi mano se caen, abre sus fauces y el silencio que había dominado mi estancia desaparece, es reemplazado por una voz potente que sale del vientre del pez brillante, una voz de la prehistoria, la potencia del pez que me canta: Freude, schöner Götterfunken!

Abrazo mi cuerpo y desciendo lentamente.

lunes, 13 de febrero de 2012 Leave a comment

Oh hada cibernética


Querida musa:

Regresa a visitarme mi amiga.

Disculpa que cuando hayas estado conmigo, sentada a mí lado, te haya torcido la muñeca con tanta fuerza.

También disculpa que haya roto el enchufe que suministraba energía a tus sesos.

¿Qué querías si no te gustaron mis historias de infiernos y de monstruos que devoraban a sus padres?

¿Qué querías si cuando discutimos sobre el ocio, tú desdeñaste mis aplicados esfuerzos, porque quieres que sea esclavo de tus apariciones? 

Ahora viene el Demonio a visitarme. Ha encendido mi pupila, ha destapado mi tímpano.

¿Por qué no te gusta mi nueva sabiduría, que me susurran moscas aficionadas al estiércol?

No te molestes si ahora tu verbo o los testimonios de tus hijos más dedicados no me pueden ayudar a descifrar el sonido y  color de cielo y las profundidades del mar. Ya no quiero musa deletrear las formas que me rodean, quiero pintarlas y hacerlas tañer.

Pero igual regresa, amiga, quiero que me presentes a tus hermanas, las que visitan a los otros desdichados.

T.

Leave a comment

« Entradas antiguas Entradas más recientes »
Con la tecnología de Blogger.