Oh hada cibernética


Querida musa:

Regresa a visitarme mi amiga.

Disculpa que cuando hayas estado conmigo, sentada a mí lado, te haya torcido la muñeca con tanta fuerza.

También disculpa que haya roto el enchufe que suministraba energía a tus sesos.

¿Qué querías si no te gustaron mis historias de infiernos y de monstruos que devoraban a sus padres?

¿Qué querías si cuando discutimos sobre el ocio, tú desdeñaste mis aplicados esfuerzos, porque quieres que sea esclavo de tus apariciones? 

Ahora viene el Demonio a visitarme. Ha encendido mi pupila, ha destapado mi tímpano.

¿Por qué no te gusta mi nueva sabiduría, que me susurran moscas aficionadas al estiércol?

No te molestes si ahora tu verbo o los testimonios de tus hijos más dedicados no me pueden ayudar a descifrar el sonido y  color de cielo y las profundidades del mar. Ya no quiero musa deletrear las formas que me rodean, quiero pintarlas y hacerlas tañer.

Pero igual regresa, amiga, quiero que me presentes a tus hermanas, las que visitan a los otros desdichados.

T.

lunes, 13 de febrero de 2012 Leave a comment

La sinfonía de los mil


Les dije que nunca había que discutir con él sobre Mahler, que desataba en él torbellinos de histeria. No me hicieron caso y terminó la charla en un ambiente hostil, con vasos caídos y botellas rotas. Entonces la próxima vez que se juntaron, decidieron olvidar las conversaciones inspiradas o ilustres y se dispusieron a contar aventuras cotidianas. Primero comenzó Ana:

"Una vez de niña, fui a jugar al jardín de atrás con una vecina mía. Jugábamos a que ambas éramos madres y amas de casa. Cada una debía tener una casa y debía invitar a la otra a tomar algo, el té, un lonche, lo que sea. Usualmente nuestras madres nos llamaban a que pasemos y nos bañemos a las seis de la tarde, pero ese día, justamente, había una reunión en mi casa y nos dejaron por eso estar hasta más tarde. Nuestro juego perdió la trama de siempre y esta vez involucramos a los animales que siempre paseaban alrededor nuestro, mariposas, hormigas, chanchitos, mosquitos; empezamos a cocinarlos supuestamente, los poníamos en las sartenes y las ollas pero como no los matábamos, los insectos se movían por todos lados. Luego pensamos que sería bueno descubrir nidos de insectos para obtener más. Se nos ocurrió matarlos y tener una cacerola llena de insectos muertos. Eso hicimos con las hormigas pero eran tan livianas que no lográbamos colmar la cacerola. Me acordé que había un nido de chanchitos detrás de unas flores moradas. Mi hermano lo había descubierto y a veces dejábamos cucarachas muertas como ofrendas para mantener ese nido. Tomé un tallo caído y fuimos donde el nido. Era un modesto montículo con un agujero; introduje el tallo y levanté el montículo de tal forma que la pequeña colina que lo coronaba  se derrumbó. Fui más osada y hundí el tallo hasta las galerías profundas. Salieron con prisa cantidades ingentes de chanchitos, serían unos mil. Mi amiga y yo emprendimos la huida hacia nuestras casas, asustadas de esos animales diminutos que formaban un batallón del subsuelo, infernal."

Gustavo sabía que era su turno porque los dos lo miraban con atención luego de que Ana terminara su historia de infancia. Tomó un poco de vino y comenzó:

"Yo no tengo historias de ese tipo porque recuerdo poco mi infancia. Pero les puedo contar un sueño. El miércoles, si no me equivoco, había comido mucho en una cena que organizó mi madre por el cumpleaños de mi hermano mayor. Comimos harinas en demasía. En esa situación, yo no puedo dormir, cuando me acuesto siento que tengo en el vientre la comida como si estuviera dispuesta en el banquete de mi madre. Sabía que tenía que dormir porque al día siguiente debía hacer un envío importante y no había empaquetado nada y estaba sumamente preocupado. Esa preocupación y la comida, evidentemente, no me dejaban dormir, entonces volteé hacia mi velador y tomé dos pastillas para dormir. En quince minutos estuve dormido, pero no del todo, creo. Veía por ratos la luz amarilla que brillaba a lo lejos de mi ventana, en el sueño. El sueño iba a horcajadas entre mi cuerpo yaciente y el más allá. Lo que recuerdo es que estaba al frente de mi casa llegando de trabajar. Entré como siempre, todavía vivía con mi mujer, porque sus cosas estaban en la entrada. Comprendí de inmediato que se trataba de un sueño. Fui al baño, me lavé y oriné. Marina, mi exmujer, estaba en la cocina con el caño abierto. Salí del baño y en la sala vi a mi padre sentado. Mi padre ha muerto hace casi diez años. No me sorprendí porque sabía que era la dinámica del sueño, Marina y mi padre, los ausentes, y sin embargo le pregunté a Marina por qué había dejado entrar a mi padre si yo había dicho que no podía entrar. "Quiere pedirte algo", me dijo Marina, sin mirarme, todavía lavando las papas en el lavadero de la cocina. Fui directamente a la sala y le dije a mi padre para qué vino. Él estaba como lo recuerdo de niño, muy joven, casi de mi edad, con una camisa y pantalones claros, el cabello aún no encanecido, su reloj que ahora lo tengo y era el reloj del abuelo. Ese mismo reloj lo tenía yo en la muñeca en el sueño. Es este. 
Mi padre volteó y con una mirada amable me dijo: "Quiero encontrar a tu madre". Papá, le dije, mi madre está en tu casa como siempre, tranquila, con Fermín, ahí está anda allá: acá no está. Los celos, me dije, este hijo de puta ni muerto puede dejar a mi madre. Lo agarré del brazo y con fuerza le dije: ya dime qué quieras acá no está la vieja, no está, dime para qué has venido y lárgate de una vez. Mi padre imperturbable me dijo: "Hay que revisar las almas que están encerradas en mi cuarto, quizá por allí está tu madre". No recuerdo qué sucedió allí pero estábamos en mi antigua casa, la casa de mi niñez, pero estaba vacía, sin madre y sin Fermín, solo mi joven padre y yo. Mi padre avanzó hacia el pasadizo, subió la escalera. Yo lo seguí. Lentamente giró la perilla de la puerta y entró a su cuarto: "Hay que buscar a tu madre". Apenas la hoja de la puerta dio lugar a un torbellino nebuloso, entró una grana desesperación en mí, al ver la multiplicidad de ojos que desordenados giraban en esa habitación; temí encontrar a mi madre. No sé por qué razón, lo único que pude decirle a mi padre, con una voz desesperada es: pero acá debe haber más de mil almas, nunca encontraremos a mi madre. Y desperté. Eran las siete de la mañana."

Ramiro pensó que las dos historias eran pueriles, pero no se los dijo, temía dañar la sensibilidad de sus dos amigos. Ana y Gustavo tampoco hicieron comentarios sobre la historia de cada uno, habían quedado en que solo se trataba de compartir las historias sin más, era preferible eso a caer nuevamente en las discusiones sobre ilustres muertos o peor aún, el peor temor de los tres, los patéticos chismes del trabajo. Eso jamás, se dijeron alguna vez. 

Y sin embargo reinaba el silencio porque Ramiro buscaba en los recovecos de su memoria la presencia de ese relámpago que iluminara el momento actual en que sus amigos esperaban con impaciencia (miraban cada uno sus relojes) alguna historia. 

Entonces Ramiro comenzó: "Una vez..." E hizo una pausa. "Bueno...". Se detuvo nuevamente. 

Gustavo dijo: Si quieres lo dejamos para otra vez.

--No, respondió Ramiro con terquedad. 

Pararon algunos minutos en silencio pero Ramiro solo dijo:

--Si nos acosa el número mil, hablemos de la sinfonía ocho entonces.

Ana y Gustavo se miraron y recordaron que no se podía hablar de Mahler con él. Decepcionados además, que Ramiro no supiera hundirse en historias pueriles, que no pudiera saber que existe algo más que personajes ilustres, se levantaron, se despidieron y emprendieron el arte de la fuga.   

sábado, 11 de febrero de 2012 Leave a comment

Ejercicio de estilo. La magdalena de Proust.


Estimado R:

He aquí un pedazo móvil de Proust que nos pediste y que hemos transcrito con nuestro puño y letra.

Subrayamos lo que nos ha causado enorme emoción y un chispazo de sabiduría.

No descartamos que hayamos caído al abismo en el proceso de esta versión quizá algo equivocada.

Con enorme cariño,

T y T.

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Me parece muy razonable la creencia celta de que las almas de los que hemos perdido se encuentran cautivas en algún ser inferior, en un animal, un vegetal, una cosa inanimada, perdidas para nosotros hasta que un día, que para muchos jamás llega, en que quizá nos encontramos pasando cerca del árbol, nos hacemos del objeto que las aprisionan. Entonces ellas se estremecen, nos llaman, y tan pronto como las hemos reconocido, se rompe el encanto. Liberadas por nosotros, han vencido a la muerte y regresan a vivir a nuestro lado.

Así también es nuestro pasado. Es la pena perdida que buscamos evocar, pero todos los esfuerzos de nuestra inteligencia son inútiles. Está escondido fuera de su dominio y de su alcance, en cualquier objeto material (en la sensación que nos daría este objeto material) del que apenas sospechamos. Depende mucho del azar que nos reencontremos con el objeto antes de morir, o que no lo volvamos a encontrar.

Había pasado ya algunos años que, de Combray, todo lo que no fuera el teatro y el drama para acostarme no existía para mí, cuando un día de invierno, al regresar a casa, mi madre viendo que tenía frío, propuso darme un poco de té en contra de mi costumbre. Primero lo rechacé, y no sé por qué me arrepentí luego. Mandó a traer uno de esos bizcochos cortos y rechonchos, las pequeñas magdalenas, que parecían moldeadas en las válvulas ranuradas de una concha de venera. Y de pronto, de manera automática, agobiado por el día monótono y la perspectiva de un triste mañana, me llevaba a los labios una cucharada de té donde había dejado remojando un pedazo de magdalena. Pero en el instante mismo en que el sorbo lleno de trocitos del bizcocho tocó mi paladar, me estremecí, atento a lo extraordinario que sucedía en mí. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin alguna respuesta sobre su causa. De pronto había vuelto indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres e ilusoria su brevedad, de la misma manera como opera el amor, colmándome de una esencia preciosa; más bien esta esencia no estaba en ella: era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde habría venido esta poderosa alegría? Sentía que estaba ligada al sabor del té  y al bizcocho, pero lo excedía infinitamente, no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía ella? ¿Qué significaba ella? ¿Dónde la aprehendí? Bebí un segundo sorbo pero no hallé más que en el primero, un tercero me trajo un poco menos que el segundo. Era la hora de detenerme, la virtud del brebaje parecía disminuir. Queda claro que la verdad que busco no se encuentra en el sabor sino en mí; este solo la ha despertado, pero no la conozco, y no puedo sino repetir indefinidamente, con cada vez menos fuerza, este mismo testimonio que no sé interpretar y que quiero, con el menor esfuerzo, ser capaz de invocar nuevamente y encontrar intacto, a mi disposición y a toda hora para un decisivo esclarecimiento. Dejé la taza y me dirigí a mi espíritu. A él le corresponde hallar la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre, todas las veces que el espíritu se siente superado por sí mismo, cuando a él, el buscador, es en todo su conjunto el país oscuro donde debe buscar y todo su equipaje no le servirá de nada. ¿Buscar? No solamente eso: crear. Se encuentra frente a cualquier cosa que todavía no es y que solo él puede realizar, luego la hacer ingresar a su luz.
Y comienzo a preguntarme nuevamente qué podía ser ese estado desconocido, que no aportaba alguna prueba lógica, pero estaba la evidencia de su felicidad, de su realidad; frente a él los otros estados se desvanecían. Quiero tratar de hacerlo reaparecer. Retrocedo con el pensamiento hacia el momento en que tomé la primera cucharada de té.  Encuentro el mismo estado sin ninguna claridad nueva. Le pido a mi espíritu un mayor esfuerzo para traer nuevamente la sensación que huyó. Y para que nada quiebre el impulso que tratará de recuperarla, descarto todo obstáculo, toda idea extranjera, protejo mis oídos y mi atención de los ruidos de la habitación vecina. Pero al sentir que mi espíritu se fatiga sin lograrlo, lo fuerzo, por el contrario, a notar esta distracción antes rechazada, a pensar otra cosa, a rehacerse antes de una tentativa suprema. Luego una segunda vez, hago un vacío delante de él, coloco frente a él el sabor aún reciente de este primer sorbo y siento estremecerse en mí alguna cosa que se desplaza, que querría elevarse, algo que habríamos desanclado en gran profundidad; no sé lo que es, pero aquello se eleva lentamente; trato de resistir y escucho el rumor de las distancias atravesadas.

Ciertamente lo que palpita así en el fondo de mí, debe ser la imagen, el recuerdo visual, que, unido a este sabor, procura seguirlo hasta mí. Pero se debate muy lejos, de manera muy confusa; percibo apenas el reflejo neutro donde se confunde el inasible tornado de los colores removidos; pero no puedo distinguir la forma, ni pedirle, como a un solo intérprete posible, traducir el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero, el sabor, pedirle que sujete aquella circunstancia en particular, preguntarle de qué época del pasado se trata.
¿Llegará hasta la superficie de mi clara consciencia ese recuerdo, el instante antiguo, cuya atracción el instante idéntico viene de tan lejos para solicitar, conmover, levantar todo al fondo de mí? No lo sé. Ahora no siento nada más, se ha detenido, quizá descendido nuevamente; ¿quién sabe si alguna vez regresará de su noche? Y cada vez la cobardía que nos aparta de toda tarea difícil, de toda obra importante, me aconsejó dejar aquello, tomar mi té pensando simplemente en mis problemas de hoy, en mis deseos de mañana que se alejan sin pena.
Y de pronto, el recuerdo apareció ante mí. Este sabor era el del pequeño pedazo de magdalena que los domingos en la mañana en Combray (porque esos días no salía antes de la hora de la misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto, mi tía Léonie me lo ofrecía luego de haberlo remojado en su infusión de té o de tila. La vista de la pequeña magdalena no me había llevado hacia el recuerdo antes que la probara; quizá porque después siempre la veía, sin comerla, sobre las tabletas de los pasteleros; su imagen había desaparecido de esos días de Combray, para vincularse a otras más recientes: quizá porque de esos recuerdos abandonados fuera de la memoria hace tanto tiempo, nada sobreviviría, todo estaría desagregado; las formas—y aquella también de la pequeña concha de pastelería, tan engrasadamente sensual bajo su pliego severo y devoto—eran abolidas, o ensombrecidas, luego de haber perdido la fuerza de expansión que le habría permitido reunirse con la consciencia. Pero, cuando de un pasado antiguo nada subsiste, luego de la muerte de los seres, luego de las destrucción de las cosas, solos, más fríos pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor permanecen aún mucho tiempo, como las almas, para recordar, esperar, tener fe, sobre la ruina de todo el resto, para portar sin inclinarse, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo.
Y desde que hube reconocido el sabor del pedazo de la magdalena remojada en la tila que me daba mi tía (aunque no supe todavía y no volví a detenerme en descubrir por qué este recuerdo me ponía tan feliz), de pronto la vieja casa gris sobre la calle, donde estaba su cuarto, apareció y se impuso como un decorado de teatro en el pequeño pabellón que mira hacia el jardín, que habían construido para mis padres sobre su parte trasera (ese trozo mutilado que solamente había visto hasta allí); y con la casa, la ciudad, desde la mañana hasta la noche y por todos los tiempos, el Lugar donde me enviaba antes de almorzar, las calles donde iba a hacer las compras, los caminos que tomaba si hacía un buen clima. Y como en ese juego con el que los japoneses se divierten mojando en un bol de porcelana lleno de agua pequeños pedazos de papel, indistinguibles hasta ese momento pero cuando apenas se sumergen, se estiran, se contornean, se colorean, se diferencian, se convierten en flores, casas, personajes consistentes y reconocibles; de igual manera ahora todas las flores de nuestro jardín y aquellas del parque de Swann, y las ninfeas de la Vivonne, y la gente decente de la aldea y sus pequeñas casas y la iglesia y todo Combray y sus alrededores, todo aquello que cobra forma y solidez, se libera, ciudad y jardines, de mi taza de té.

domingo, 5 de febrero de 2012 Leave a comment

Nota bíblica: Judit

Rehén entre las piernas de Judit, Holofernes cree avistar jardines, exteriores iluminados, destellos de joyas.  Cree ver y tocar a algún dios. No le importó que ella fuera viuda y haya sido amansada por otras manos; lo inmediato ocurría allí, en su lecho, con ese cuerpo que de pronto apareció sin invitación en su campamento para calmar las ansias y olvidar la vejez. 

A Holofernes el licor del banquete no lo ha afectado mucho, dispone sus cinco sentidos para el amor de esa noche. ¿Y ella? Judit tensa su cadera; sujeta con más fuerza a Holofernes. Lo engaña: le ofrece su cuello, le acaricia la espalda, lo aprieta sonriente en su seno. Siente su aliento sobre su cara y algunas palabras lisonjeras; el asco desaparece cuando voltea su rostro hacia la izquierda del lecho y ve entre la maraña de vestidos dispuestos antes con mucha cautela, el filoso brillo de una daga. 

Holofernes se encuentra en un arrebato religioso y no se percata de los movimientos concentrados de Judit, quien con gran disimulo oscurece más la vista del rey con su brazo derecho. Judit en esos momentos no siente sino piensa en los escasos movimientos medidos que le quedan esa noche. Retira suavemente su brazo izquierdo del peso y el trance de Holofernes. Sus dedos como tentáculos se hacen del mango de la daga de entre la maraña de tules, lo aprieta como si debiera sujetarlo para no caer a un abismo; ensaya tomar una bocanada de aire que el rey interpreta como un gemido de placer pero que ella sabe bien, es un canto de guerra. Holofernes apenas llega a sentir la ráfaga de su amante: la daga atraviesa su nuca como una lanza; tampoco se percata de los torrentes rojos que desprende su cuerpo ya inerte. 

Judit recibe la sangre en su cuerpo como hace unos instantes la simiente del rey. Lanza a un costado el cuerpo de Holofernes. Su rostro está tenso; piensa que falta aún cercenarle toda la cabeza. Solo quisiera salir de allí y lavarse el pecho, la entrepierna, el cabello.

sábado, 4 de febrero de 2012 Leave a comment

Divagaciones. Dante Gabriel.



Hoy me encontré con este sujeto, Dante Gabriel, se le veía bastante demacrado. Aunque conserva el atractivo, a decir verdad, a pesar de su semblante gastado. Me intrigó su rostro apenas lo conocí.

Lo vi también anoche. Pésimo semblante. Fue a la reunión de Madox Brown. Su mujer ha muerto la semana pasada.

No me dijeron nada. Hoy solo lo vi preocupado por caminar en línea recta, se apoyaba de las paredes. Parece que había bebido mucho.

El mismo Madox Brown me contó. La mujer se mató con láudano. Al parecer él le engañaba o la mujer dio a luz un muerto. Ha empezado a tener alucinaciones extrañas y se empecina en decir que su mujer era una santa. Nadie refuta nada.

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Dante Gabriel entra a su habitación apenas iluminada. Se dirige a la ventana cubierta con cortinas verdes, con pasos como saltitos; quiere disimularse a sí mismo la borrachera. En el camino de regreso se acaba de encontrar con un extraño que lo observaba con atención. No recuerda bien el rostro del joven que lo abordó, pero sí su empecinamiento en descubrir sus ojos. Llega a la ventana. Se choca con la esquina de su cama, la descarta: echarse ebrio en la cama era como sofocarse en la mierda. De un tirón corrió las dos hojas de las cortinas y la luz mostaza de las cuatro de la tarde le cayó en pleno corazón y rostro. No pudo evitar llorar un poco, un susurro infantil. Quiere seguir llorando. Jala un sillón acolchado que está a su mano derecha; su asir es impreciso, utiliza la otra mano, se agacha y logra cuadrar bien el pequeño sillón frente de la ventana. Se sienta y apenas puede darle cara al sol que no se encuentra desafiante como en el mediodía. Los techos de las casas, los desórdenes, las antenas, se suceden en su vista hacia el horizonte. Quisiera que este sol dure más. Se acomoda la chaqueta, hace el ademán de cerrarla sobre su pecho pero no la abotona; ese gesto lo aprendió de su hermano mayor, abrigarse en el desamparo. Cruza los brazos. Reclina su cabeza hacia su hombro derecho. Si pudiera dormir. Pero no puede. Siente en las puntas de los dedos los efectos del licor, como una pequeña descarga. Sus intestinos los siente vacíos.  Ya no llora más pero se muerde el labio inferior como si estuviera apunto de hacerlo. Recuerda que cuando Elizabeth lloraba lo hacía en silencio. Él quiere emularla. Se cansa de esa postura. Luego ensaya otra, pero no puede seguir apoyando sus manos sobre sus rodillas; se ha cansado. Nota que ha perdido peso. Se quita despacio los zapatos y las medias. Descalzo se siente mejor. Se quita la chaqueta azul porque el calor dorado lo ha reconfortado. Se queda en camisa, la desabotona, descubre su pecho. Está sentado con la mirada fija en el sol ahora, con las extremidades tensas. Eleva los ojos hacia arriba, los vuelve a colocar de lleno en el sol y suspira; su suspiro se oye entrecortado, como un llanto hecho solo del aire. Quiere dormir, ahora sí. 

martes, 31 de enero de 2012 Leave a comment

Notas evangélicas-Salomé


Un extraña desazón se confunde con mis huesos, acaso me impide dormir. Podría levantarme y pedir a una criada que me acompañe, que trence mis cabellos, o que bañe; pero está el licor de la celebración, es difícil levantar a alguien. En el lecho no me acompaña nadie hoy; es difícil enfrentar la oscuridad absoluta a solas, más aún después de esta noche en que he tenido entre mis manos una cabeza ensangrentada.

Necesito contarlo, en voz alta, hasta gritarlo. Mejor me levanto y avanzo hacia otros aposentos, donde la oscuridad no asfixie. Este lecho no me deja dormir, está caliente, quiero sacarme esa molestia de los huesos. Menos mal que el camino está iluminado por pequeñas teas, gracias prudentes criadas, madre. ¿Y si voy al lecho de mi madre para que me diga, muy bien Salomé, era necesario? Necesito el reconforte de sus manos sobre mi cabeza. El piso está tan frío que calma mis ardientes suelas, aún no se va la oscuridad del todo, a qué hora se asomará el sol...pero me calcinará, aunque acabará con la oscuridad definitivamente. Esta ventana pequeña solo muestra parte del cielo. Astros. Díganme, ¡háblenme! Madre necesito que me asegures que la extraña desazón se extinguirá de mis huesos.

¿Qué tenía el Bautista contra mi madre? ¿Y mi padre? ¿No podría matarlo él? Qué hace de un hombre de valía si nos amenaza, si condena a mi madre, si maldice mi prole. Qué hace de un hombre de valía, le pregunto a los astros, si persigue las palabras de un loco que cree resucitará en carne y hueso. Y aún así hubiera besado su cabeza inerte para terminar de condenarlo a él en la más absoluta brasa que los de su secta dicen que existe luego de morir. ¡Astros! Qué desazón merece un hombre, qué tristezas merece un hombre que se viste solo con un pellejo de animal y desdeña la riqueza de mi cuerpo, que Herodes atento aprehendía con su mirada para siempre. Ninguna.

Mis párpados también me arden. ¿Y mi padre, y Herodes? Estará febril en el lecho de mi madre, a quien habrá hecho suya pensando en mí, en el baile de hoy...la cabeza del Bautista.

No merece el Baustista el calor de mis suelas, de mis manos, de pecho, el sudor que se asoma en mi frente; y su cuerpo mutilado no desaparece de mis párpados sin embargo. Si los astros no castigan, entonces qué es esa crueldad de la visión de la sangre, del corte certero del cogote del animal ese Bautista, Astros, entonces ¿qué es? Ojalá pudieran hablar, ahora que los observo, en esta noche, esta noche, Astros.

lunes, 30 de enero de 2012 Leave a comment

Divagaciones. Telémaco


Oh hijo no te vayas, no fue lo que le dijo Odiseo a Telémaco. Fue al revés: Telémaco le dijo a su padre, oh padre regresa. Y se embarcó, literalmente, fuera de casa para traerlo de vuelta, a él, quien gozaba del regazo de Caliope.

Tú jamás entenderías.

Pueda que tenga una lectura equivocada del trayecto de los sentimientos. Pero piensa: luego de más de veinte años viviendo con la voluptuosidad que se evapora, la marea bajó. Tuvo que partir por el cansancio, deseaba abrevar nuevamente de Penélope, para eso regresó a Ítaca.

Pero Caliope nunca envejecería, como sí Penélope, quien ya tendría la piel desgarbada por la espera y la mirada agotada; tantos pretendientes y no poder estrecharlos en el lecho.Qué dices a eso.

Digo que pasada cierta edad, es natural que buscara a su esposa, esperaba amar distinto de nuevo. Regresando a Telémaco, quien es el que me importa hoy; mira, conoció de la peor manera la vejez de su padre. Cómo se sorprendería de verlo entrar, encanecido después de veinte años. Primero Odiseo aparece como mendigo y su hijo no lo reconoce. Pienso que allí cuando Odiseo así apareció, con la piel acabada y la mirada oscurecida por la sal del mar, los brazos cansados de asir repetidamente un cuerpo que hasta había hastiado la lujuria, Telémaco pudo creer que su padre fue el mejor hombre jamás existente.

He visto envejecer a mi padre y a mi madre. Pero no he atendido al proceso como Telémaco.

Explícate mejor.

El tiempo pasa y uno se fija las propias arrugas pero no las ajenas. Hoy mi padre me dice, tengo más de sesenta años y voy a vivir veinte años más seguro. Sin melancolía, sin resentimiento, con la naturalidad de los hombres prácticos como él, que aseguran cuántos años vivirán porque deben dejar todo listo. La ausencia de cabello hoy, que descubrió una mirada mía discreta, reveló lo peor.

Yo hubiese traído a mi padre de Ítaca con el ímpetu de Telémaco si no hubiese visto a mi padre veinte años, solo así.  

Tú nunca entenderías.

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Pequeña taxonomía. La araña.


Llevaba dos horas en la tina. Me remojé hasta ver que las puntas de mis dedos se henchían y formaban curvas como callos en mis manos, y en los dedos de mis pies. Alguna angustia ocupaba ese momento, en realidad un problema rutinario, una mala respuesta a una pregunta sincera de madre o un recuerdo de niñez, esas chispas de lucidez en el momento de despertarme. Me sumergí en la tina dispuesta a alimentarme por varias horas de la sensualidad del agua, aunque el shampoo y el jabón se tornen insoportables, pegajosos, y la idea de la salida de la tina sea peor que pensar el exilio del vientre materno.

Miles de células muertas ya debían flotar en el agua; imagino la espuma del mar. La espuma de la tina solo dura lo que un soplo de un bebe o un beso adolescente, la del mar permanece. Luego está la piel de mi rodilla, mi vientre, y no quiero ver más porque mi piel no importa sino mi interior, mis órganos que están procesando el bienestar. Casi cuando debí salir, alzo la cabeza y me fijo que arriba de mí, en una mínima esquina de la ventana--el reflejo de la tina turquesa convierte esa ventana de vidrios catedral en un verdadero vitral de iglesia--está asida de los bordes de la esquina, una finísima tela de araña, que con la luz parece de todos los colores. Un verdadero cementerio vi, un osario, si es que las alas de las polillas fueran huesos y no (creo yo) membranas. De los cuerpos de las desafortunadas polillas solo quedaban aquellas alas y las cáscaras marrones. Sentí cierta aversión por la araña que estaba embalsamando a su nueva víctima. Creí viva a la polilla y decidí pararme y acabar con la carnicería. Me levanté; el movimiento creó pequeñas tempestades en la tina, fui con movimientos lentos, agigantados hacia la esquina de la ventana, para desbaratar la carnicería que se había cernido sobre mi bienestar. Sabía que con solo soplar bastaba, o sino un pequeño manotazo, pero ocurrió que los restos de las polillas brillaron al unísono de las gotas de aún sujetas a mi piel impermeable, al unísono del cuerpo azabache y en extremo redondo de la araña; en la tela de araña pude ver al arcoiris porque la luz develó tanto. Esa visión me inspiró cobardía, no era un cementerio ni un miserable tejido; ¡era un castillo amenazante! Bajé los dedos que casi había posado sobre el telar. Regresé a la tina, otra vez las pequeñas tempestades en el agua; la carnicería allá arriba.

jueves, 26 de enero de 2012 Leave a comment

el pretexto, the black keys


A veces él se pregunta cómo sonará esta época, es decir, estamos en otro siglo, reacciona. No quisiera hablar del sonido en tono mayor, el coro de ángeles, de los hijos de Benjamin Britten y de Bach, sino de los más achorados, los que toda la gente cree que duermen como animales, toman, fuman, fornican hasta más no poder. Pero en el fondo y ciertamente, los rockeros que él prefiere (y los cree artistas y no solo virtuosos) no son más que un puñado de chicos tímidos y estupendos: pelicortos, delgados, con problemas de dicción.

Otras veces, mientras el calor lo atosiga y está anotando alguna carta que le ha dejado un pariente muy lejano y querido, disfruta de una y otra canción de un grupo que se llama Las teclas negras, gringos que se alucinan mexicanos, que junto a otra banda, la mejor banda de los universos exteriores e interiores, Radiohead (de los que no escribe ahora porque quedaría corto y minimizado, y además trabaja en un homenaje extraño, que compila las artes que a duras penas maneja: pintura y pirotecnia), aparecen en su panteón de cómo suena esta, su época, es decir las primeras décadas del tercer milenio, aun si al quinteto de Oxfordshire no le cuesta ir de acá para allá. Como cuanto su madre dice: esa canción es de mi época. La respuesta más lógica, y que siempre hace a su madre es, Madre esta es tu época también. A lo que siempre su madre dice, no pues, cuando era joven. Bien, entonces habiendo decidido que su época no es sino siempre el ahora, hace un pequeño break a la lectura y comentario de la carta para preguntarse bien y qué le dirá luego a los nietos, sobrinos o quien sea cómo sonó esta época, es decir, esta carta que lee y anota será el referente; quedamos en que su época serían todos los años que posea algún referente. Aun si tuviese noventa años. Se acuerda que Beethoven, gran tío furioso, no gobierna una época, sino todas las épocas. Por supuesto que no interesa cómo suenan otras épocas y otras órbitas, es decir otras personas, sino él mismo: detengámonos en este asunto, dice, alto. 

"Esta época, o sea las otras fueron fruto de constelaciones apropiadas, planetas alineados, años setenta, pero para qué llorar sobre espacios anteriores cuando todo sucede ahora, ahora, ahora. Algunos entusiastas de otras épocas escuchan la música de estos años de manera distinta y a veces celebran tonterías. Bandas de nombres extraños con número incluido, ejemplo: M83, que luego de escucharla, no es que sea mala, no (es pésima, dirá luego), dejan resaca innecesaria. /Define qué es resaca innecesaria, le digo/ Resaca innecesaria te causa la música que algunos visionarios te dicen está -soberbio- pero luego escuchas y solo te sirve para poder decirle al mundo, he perdido cuarenta minutos de mi vida escuchando lo prescindible. O que solo te sirve para bailar, o que sirva, simplemente. Y eso te obliga a regresar a la época donde los planetas alineados parieron los mejores acordes posibles."

Quisiéramos advertir que las declaraciones de nuestro amigo no son de las más lúcidas, tan ocupado está con la carta que no se ha dado tiempo de establecer un sistema para sus apreciaciones. Soy testigo de que le gusta la música de sonido algo sucio. Es quizá pueril: le gusta la música que pueda tararear o insinuar un baile con un trago en la mano, nada de sonidos tropicales ni hardrock porque padece de una deficiencia de nacimiento, solo puede gustar de la música orientada hacia la melancolía o que toquen fibras cursis tal vez, así ha nacido y nada lo cambiará; también gusta de grupos de cuyos álbumes se puede decir a alguien que ama: te dedico el track ocho de ese álbum para simplificarse la vida. Si es que esa música se puede escuchar en la oscuridad, mejora el asunto, porque padece de insomnio. Ahora ha regresado a los brazos de lo que siempre ha escuchado y sobre todo de esos dos gringos mexicanófilos. Tienen una canción que le ha hecho recordar a la estrella de la natividad que vieron los reyes magos, porque algún amante (entre susurros femeninos) dice ser la luz siempre brillante y bullente. Genial, así suena nuestra época.

Harto del devaneo estúpido, le digo que regrese a la lectura de la carta de su querido pariente.

lunes, 23 de enero de 2012 Leave a comment

Recreo o el optimismo


He aquí una confesión de verano.

Me gustan los estribillos felices y tontos. O sea decir: el sol está en mi corazón; la sangre sigue corriendo en mi mano; tú vuelves divertido el amor; ya viene el sol; quiero bailar contigo la danza de la luna una vez más, mi amor. 

No hay lugar para canciones tristes.

Me alegran promesas como esta historia:

Ch. se sorprende cuando R le cuenta que conoció a S en 1970 y que fueron amigos casi por cuarenta años.  T se asombra. A Ch no le impresiona mucho que R y S se leyeran poemas en el segundo piso de un chifa. No podría esperar menos de R-lonely-hunter. Le sorprende que tuviera un amigo hasta la muerte.

Ch., en ese preciso momento, tiene un arranque de sinceridad. Voltea y mira a T, como una explosión de neutrones dice:

--T, ¿así llegaremos nosotros?

T responde con seguridad:--Por supuesto, Ch.

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Me alegran buenos chistes como: "Quiero que Jonny Greenwood me enseñe cómo se toca el limón", o "Jonny Greenwood sabe tocar el televisor". 

Un movimiento feroz como el tap de Gene Kelly, la elasticidad de mi gatita, los colores de Matisse que bullen y bullen.

Aún la felicidad: la promesa del día siguiente, el verde grasoso de las plantas, cera pura. Todavía: los helados de mi padre, mi piel lastimada por el sol. Incluso: la vejez de los que admiro, los domingos y mis primos; mi sobrenombre. Encore 1: las seis de la tarde, que despide y anuncia. Encore 2: una diminuta, casi microscópica ave, de pecho enorme y osado, cuyo canto inunda todo un jardín. Encore 3: la eternidad, como dice Jean-Arthur, el sol mezclado con la mar. 

miércoles, 18 de enero de 2012 Leave a comment

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