Un animal mitológico


Cuando conversan, ambos concuerdan en que a los dos los criaron para querer a sus familias y al prójimo. Algo salió mal. Por alguna razón, ambos desde niños se rehusaron a la sabiduría familiar, siguió la disputa por años y nada mejoró; ambos también coinciden en que a pesar de haber pasado la cincuentena, a veces confiesan a sus padres lo más importante de ellos. La doctrina se ha impuesto y devino en sentimiento; a través de ese prisma verán el paisaje y no se podrán desempolvar de sus adoctrinadores. Quizá por eso pueden ser algo así como dobles.

Él es mejor persona que ella, es más bilioso que ella también. Conviene detenerse en él.

Un día típico de él está ensombrecido (o alimentado) por gusanos que generan de tempestades, esto desde joven. Se puede levantar tarde o temprano, dependiendo de las actividades nocturnas; una borrachera, un polvo, un libro o una plática con su esposa. Pero generalmente, el día comienza a las seis de la mañana, así puede ir temprano al diario y chequear que todo marche bien. Desayuna con su mujer, lee varios diarios. ¿Buscó esa vida siempre? No lo sabe, pero es la única que se le ocurrió para sobrevivir. Va a su oficina. Revisa los contenidos de los diarios hasta la tarde. Hace chistes, cuenta anécdotas. En algunos minutos libres estira el cuello y observa a jóvenes practicantes. Dependiendo de su humor y el de ellas, puede llevarlas a tomar algo e intentar algo más; ellas no dirán que no porque su celebridad es por unos minutos, celebridad de ellas, jóvenes esperanzadas en un brazo fuerte que las sujete, y bien. Luego, o en vez de ello, continuará con una manía que aprendió de joven y merodeará por donde no le corresponde.  Esos trayectos se han vuelto sofisticados, se enorgullece. Otras veces ejecutará muertes inverosímiles,   imaginará cuerpos destazados, entrañas desperdigadas, vientres hinchados. También se construirá a sí mismo como un monstruo aniquilador o un obrero de construcción civil consumado como héroe urbano Y todas esas muertes serán comandadas por las tempestades que ahora, bajo azote, son esencialmente su oficio. La llegada de la noche es pretexto para hablar con sus hijos y para entregarse al amor, ciertamente. 
Muchos colegas, todos son colegas, ningún amigo, dice él, lo felicitan hipócritas porque nunca pensó en el movimiento sino hizo el movimiento. 

Un día no tan típico, recibe la llamada de ella. Ella siempre lo ha buscado aunque él crea lo contrario. A él le pareció interesante en comienzo pero después la encontró absurda. Allí está ella sentada en un lugar donde convinieron, un lugar público, esperándolo desde hace cinco minutos. Él no se emociona porque siempre es lo mismo. Ella, alguna pareja ocasional, un hijo, unas páginas, o algún descascaramiento del mundo. Siempre le ha ido bien o eso cree él, si tan solo ella supiera ver con claridad, se dice. Aguza la vista y la observa. Quizá por primera vez la observa bien. Agradece a la ventura de que no haya insistido en ella, porque ella está sentada en una mesa muy alejada, con los dedos deformes, como alambres consumidos por el fuego, con las cuencas vacías y las crenchas secas, alborotadas. Parpadea; la puede ver con la claridad del amanecer. Avanza y nuevamente parpadea; la imagen anterior se desvanece. Allí está ella con las cuencas llenas, los dedos donde deben estar y el cabello disimulado; y sin embargo, la imagen anterior, la que apareció en el momento en que entró al lugar no desaparece, sino que permanece, transparente, cada vez que él alza la mirada hacia ella. Pero no le asusta, y eso es bueno.

martes, 3 de enero de 2012 Leave a comment

Pequeña taxonomía. El rinoceronte.


Su nueva mascota era un rinoceronte. En una escena de una encantadora película sobre artistas, el holograma que representaba a Salvador Dalí dijo repetidas veces: rinoceronte. Para los entendidos, una delicadeza eso de hacerle repetir al holograma la palabra rinoceronte; el pintor tan enamorado que estaba de los cuernos del rinoceronte, que creía, concentraban la proporción del mundo. El joven vio esa escena y de golpe se acordó de EL rinoceronte: el de sus textos escolares, el de Durero. 

Recuerda una nota chiquita en el texto (o algo así): El rinoceronte de Durero es hijo de un caballero armado y de un mamífero prehistórico. Durero nunca vio un rinoceronte en su vida, sino que en 1515 le llegó una descripción de un amigo portugués que había visto a uno. Allí esta el rinoceronte de Durero; ha habitado varias épocas y sobreviviría con suerte al resto de rinocerontes pasajeros, le dice el joven a la persona que le traerá el rinoceronte. La persona que le traerá al rinoceronte es un comerciante alemán que vende animales de zoológicos personales de millonarios aburridos o que han fallecido. Ese día están sentados en el gran salón y apunto de firmar el contrato de compra y venta, el joven agrega: Si uno se pone a pensar bien, los rinocerontes no deberían pertenecer a una era que se caracteriza por lo mínimo, hasta por el mínimo esfuerzo. Y sigue, como recitando: mi nueva mascota despliega proporciones que responden a los caprichos de otro dios, no del nuestro, que parece ser amante de las bacterias y microorganismos. Por eso la adopto.

El vendedor, bastante harto de toda esa cháchara infantil sobre las dimensiones de los animales, que le hacen recordar a su hijo cuando comenta todo a partir de lo grande, chico, alto y largo, le dice que su nutrición debe depender de un especialista solamente. Firman el contrato y el vendedor se va satisfecho.

Pasaron tres meses, fecha en que el animal debería estar ya en sus jardines, ampliados y acondicionados para su llegada. Sin embargo, una tarde de ese tercer mes, recibe un telegrama en el que le dicen que el barco donde venía el rinoceronte encalló en un muelle de piedras y que el animal falleció a pocos metros de la costa, aunque toda la tripulación se salvó. Fue el peso, le explicaba un tripulante, un rinoceronte pesa casi mil kilos, no había forma de hacerlo flotar; su piel no ayuda, son escamas gruesas, demasiado gruesas  y secas y es como si absorbieran el agua. La armadura. 

De regreso a casa, contempla su copia del rinoceronte armado de Durero. Amargado, blasfema contra el mar, que tampoco está acostumbrado a los animales de otra era. Otro era el mar que sostenía a Cthulhu, a millones de krakens; blasfema contra el mar de hoy, aficionado a las bacterias. 

lunes, 2 de enero de 2012 Leave a comment

Notas evangélicas. Lázaro [o extraña resurrección]


Juan, la lámpara, el poeta, dice que en el mundo no cabrían los libros que reprodujeran lo que hizo el Nazareno. Ciertamente que es consciente de ello, Juan. 
Pero Juan, el de visceral imaginación, sí habría preguntado a Lázaro qué sucedió durante los cuatro días en que su cuerpo permaneció en una cavidad de la tierra privada de luz. Juan no podría perderse ese detalle importante, no el escribidor más atento, más inteligente, el que ilumina mejor los movimientos del Nazareno, no el que imagina al verbo tornándose carne. Parece inaceptable. 

Aquí lo que nos dice Lázaro, originario de Betania, hermano de María y de Martha:

«Mi enfermedad no fue penosa. Mis hermanas eran las que lo hacían realmente doloroso, porque morían incluso antes que yo, cada vez que me veían. Yo sabía que iba a morir, no podía respirar. Cuando uno siente que ya el mundo, el aire, no ingresa a nuestro cuerpo; luego de dejar de llevarse la tierra y el agua a la boca: la comida, es que debemos estar alertas que no permaneceremos entre ellos, los que amamos. Así que me despedí y les dije que las amaba como amé a mis padres, que no supe de otras mujeres más que ellas. Todo se volvió oscuro y soñé. O solo así lo puedo describir. Estaba con los ojos vendados y me conducían sobre lo que creo, es una camilla. No podía hablar ni escuchar, me encontraba en un estado de letargo. No respiraba ni latía mi cuerpo; como si el tiempo no se manifestara. Así permanecí sobre esa camilla hasta que escuché la voz del Nazareno que me llamaba. Ya no me sentí dentro de esa camilla sino que abrí los ojos y me encontré en una cueva, a oscuras, tenía vendas alrededor de mi cuerpo. Otra vez escuché: Sal de allí. Me dijeron que estuve cerca de cuatro días allí o en la camilla. Agradecí al Nazareno de que me haya sacado de esa camilla, de esa cueva, lejos de mis hermanas y las volviera a ver, eso era lo importante. Luego de algunos minutos en que las abracé y lloré igual que siempre, me detuve en los latidos, el ritmo otra vez, del tiempo, el subir y bajar de mi cuerpo. Miré al Nazareno, se alejaba lentamente con una miriada alrededor. Sentí una aprensión en el pecho, quería gritarle y decirle que regrese, que no había cerrado por completo la entrada del tiempo en mi cuerpo, que todavía yo seguía latiendo».

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Pequeño diálogo en una habitación. Un día caluroso.


[A y B yacen sobre una alfombra en un día caluroso. Se pudren de calor.]

[A piensa en un asunto crucial en ese momento, el describir la música o el calor. B solo se esfuerza por tomar la muñeca de B y la balancea al ritmo de la música que A considera, no se puede desgranar en palabras.]

[B recuerda que una vez A le contó que su muñeca había sufrido una pequeña lesión. Espera que a A no dañe el movimiento de su muñeca. Quisiera tomar otras partes de su cuerpo pero la muñeca está bien mientras A solo piensa.]

[A cree que un tu-ru-ta-re-ri es absolutamente pedestre para describir el ritmo del mundo, pero entiende que una frase aislada dentro de una canción como my love she speaks like silence se puede reportar, volver una idea, se puede di-vulgar y de-formar, no como el ritmo que puede ser inamovible; también quisiera que B se aventurase más allá y deje su muñeca pero B es pura timidez a pesar de que A le ha dicho que el recato es burda mentira.]

[B recuerda que una vez A le dijo que el recato era una porquería. Entonces A voltea y mira fijamente a B, recuerda que B le dijo que cuando le había hablado del recato, B le había comentado que había personas que jugaban a la relación medieval: era gente que estaba y ni se conocía y que le había parecido chistoso y digno de repetirse. A lo medieval, acuñó esa frase ese día y lo repitió otros.]

[B se sonroja porque A ha volteado hacia su rostro. Sabe que lo de ellos no es medieval para nada. A se dice que hay que ser fuerte y si le gusta observar a B porque le gusta, hay que hacerlo. B cree la situación un poco ridícula y se sienta. A lo imita.]


Oye qué te parece, le dice él, si nos vamos a comprar algo helado. Sigo con resaca. 

Vamos, yo también. le dice ella.

domingo, 1 de enero de 2012 Leave a comment

Carta a Byron. Hola


Byron:

Cuando encuentres esta carta, yo estaré en una avenida de un distrito lejano, no te daré la latitud exacta para que no busques y encuentres, porque la verdad es que a estas alturas quisiera que me encuentres aunque sé que por mí, como me lo dijiste ayer, sientes la pena más miserable del mundo, desgracia de dos amantes que como nosotros, alguna vez con goce trocamos nuestras lonjas de carne por una felicidad absoluta que quizá, como dices también, no nos dejó ver más allá.

Es sumamente injusto casi todo lo que has dicho de mí, no soy ningún camaleón que se ha decidido tomar el color de tu piel; ni la que tuya tuviera un color definitivo, solo piensa en cómo me hallaste, tuve que sujetarme de ti un momento, hasta que hallase el rumbo yo sola, qué joven era entonces, yo fui tú, tú seguiste tú, ni siquiera volteaste para mirarme cómo iba detrás tuyo, siguiéndote. Olvidaste que seguía allí y no me reproches nada que tú alimentabas con carbón el fuego de mis entrañas. 

Había una decisión solamente mía que no tenía que ver contigo aunque albergaba en mi cuerpo una célula tuya o algo así, no estoy segura cuál es su naturaleza exacta. Hay que echarle la culpa, al giro fatal del destino solamente, que un día horrible, de verano, esos que embotan el cerebro, cuando andabas tan prendado de mí y yo solamente apenas dede ti, más estaba atontada con tu piel que otra cosa, decidí no tener ningún hijo tuyo, Byron, decidí esperar a que algún día mi útero alimentara tejidos mejores que los tuyos, células más aptas para el mundo que las contaminadas por tu estúpida apatía. Y aún así, con esa carga que fue disimular las reacciones de mi cuerpo, no te dije nada, meses de silencio, que como te darás cuenta ahora, muestran la mejor de las valentías, la mía. Cuando estaba en la camilla, aguijoneada, avergonzada, ni siquiera pensé en ti, solo en mí, y cómo nadie ya me adoraría, ni vendrían reyes magos ni estrella luminosa en el firmamento que celebren, oh, que celebren que alguien está vivo, ese momento justo en que tubos se ensañaban con mi cuerpo nunca pensé en ti, pequeño miserable, sino en quien pudo ser y no fue. Eso no lo decidiste tú.

Alicia

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R sabe desde cuándo está solo


T: Usted siempre para solo.

R: Me he acostumbrado de chiquito a estar solo. Lo que pasa...

Se acomoda.

R: Lo que pasa es que a mí me gustaba fumar. 

Encoge sus dedos anular y meñique, estira su índice y el dedo medio y se los lleva a la boca sonriente: Me gustaba el pucho.--Tendría doce años así. Nos íbamos a fumar a la parte de atrás. Comprábamos en la comisaría unos cigarros de diez céntimos, más la caja de fósforo de diez céntimos y nos poníamos a fumar.

T: Pero nunca lo he visto fumar.

R: No pues. De allí no sé, un día no sé por qué razón en la comisaría empezaron a vender carne y mi mamá iba a comprar. Me vio fumando y ese día me dio una tanda.

T: Me imagino.

R: Me castigaron. Yo tenía doce años, el resto del año me dejaron sin salir y paraba en mi casa.

T: ¿Y su hermano mayor?

R: Mi hermano me llevaba siete años, era muy mayor para juntarse conmigo. 

T: Siete años es bastante.

R: Desde allí paro siempre solo.

jueves, 29 de diciembre de 2011 Leave a comment

Carta a Shelley. La idea.


Amado Shelley:

Leí tu carta comiendo tortees picante con agua helada. Ha comenzado a garuar un poco y los cadáveres de las polillas caen de los focos, las alas se quedan pegadas en la luz o en las páginas amarillentas de los periódicos. Eso es lo que pasa hoy y acá.

Yo también quiero sentir el tam tam en mis riñones pero aún no lo logro. Cada día estoy más pérfido. He tomado tanto ron en las últimas semanas que no siento las neuronas en su lugar, me duele el lado inferior derecho de mi cuerpo y quiero tirar con todo el mundo. Y aún así soy una buena persona porque todo eso no me enorgullece, no soy tan imbécil.

Ayer vino Alicia y quiso que me pusiera romántico. No pude y se molestó. Le dije que la marihuana era para gente sin imaginación y se molestó más. Le dije que no me conocía en absoluto y lloró con berrinche. Estoy verdaderamente concentrado en una nueva idea y Alicia ya es solo una nube que se mete como gusano en la manzana podrida; mis intenciones y sentimientos. ¡Es que no me dejaba ver bien! Es una imitación gaseosa, obtusa de mí, ¿cómo no la vi así hace años? Estoy pensando en múltiples ideas para encontrarle un nuevo camino sin lloriqueos ni reclamos. 

Ah, mi idea. No te la debería decir porque no tiene forma todavía, como tu cuerpo que anhela un molde, mis ideas flotan y me animan, en todo caso, te lo diría al oído para que nadie escuche, solo un verdadero negro como tú Shelley merece escuchar semejante idea que de concretarse izaría al hombre hasta las profundidades del infierno, sin morir.

Ayer soñé contigo Shelley, estábamos en medio de un camino, o de una vida, que es lo mismo, nos mirábamos pero no podíamos hablar y tú eras un pollo negro que miraba hacia unas ramas. Te llamaba pero no podías escucharme ni entenderme ni yo podía proferir palabras. Yo también era un pollo oscuro. Estábamos absorbidos por nuestra situación individual de aves ignorantes en medio de un forraje copioso. Y sentí la mirada de alguien sobre nosotros, allí desperté. 

Era un sueño que solo repetía nuestra situación, de lo que pasa acá y hoy. Y que así sea, Shelley.

Te estima,

Byron 

miércoles, 28 de diciembre de 2011 Leave a comment

Carta a Byron. Los falsos negros.


Hola Byron:

Nueva York no es cómo tu me has contado. Todo ha caído. Llegué el martes en la noche y me hospedé en un hotel barato de Greenwich village, la entrada olía a hierba, mi cuarto olía a hierba y encima el televisor solo soportaba canales porno. No tenía ganas de dormir así que me puse a ver el mapa de la ciudad por si podría salir a hacer algo al día siguiente. Solo he empacado un par de polos, jeans y lo necesario para soportar NYC las siguientes dos semanas que me han dicho son las más frías. Me quedé dormido y pensaba en qué haría después. Hice una lista con todo lo que me habían recomendado, conversar con algunos contactos de los polleros por si me pueden dar un carnet robado, necesito trabajar. Ayer traté de hablar con un tal Orlando, no sabe hablar ni inglés ni español, es hondureño pero su español es una mierda, ya ni sé si se trata de un hispano o un indonesio que se hace pasar por hispano. Me ha prometido conseguirme algo donde unas tiendas de chino. Traigo conmigo solamente doscientos dólares y si no consigo trabajo, se irá en tres días de hotel barato, mi comida y un ticket de tren, ida y vuelta, a Hartford. 

Traté de aprovechar lo más que pudiera de esta estadía. Fui a Virgin a husmear solamente y no existe, ha desaparecido. Tú me dijiste que tenía tres pisos, hasta ascensor, ahora no hay nada, absolutamente nada, está vacío ni siquiera lo han alquilado al pobre local de Virgin, tú que te habías comprado tantos discos; la generosidad de tu padre y tu insanía por la música que nadie más escucha. Toda la gente acá se queja de la crisis, que no hay trabajo, no hay nada, pero se lo merecen los gringos por imbéciles. Las protestas me hacen pensar que le gente solo se preocupa si sus bolsillos se han visto jodidos...los gringos.
De allí me la paso merodeando por algunos lugares donde hay poca gente y a veces trato de hacer dibujos rápidos, espontáneos del movimiento, de algunas mujeres, sobre todo. Ayer fui a pasar la tarde a un cine, estaba una mujer dorada, vestida de azul, que amé en ese preciso instante y quise dibujar. Estaba parada buscando o esperando a alguien no sé pero fracasé en todo intento. Conservo los borradores y los trazos por si algún día continúo ese momento. Creo que si la describo ahorita lo arruinaría. Tú tampoco sabes describir a las mujeres.

Sobre tu carta. Te respondo sobre dos coordenadas: mis noches heladas y aburridas de NYC y una canción de Caetano Veloso que canta en un inglés forzado como el mío ahora, asqueroso, insoportable pero  genial. Tengo que reconocer que en algunos momentos he sido un imbécil nihilista, jamás un farsante y creo que lo reconoces bien. Me cuesta ser original, no seguir patrones ni amoldarme a gustos ajenos, todo eso cuesta, demonios, cuesta y entonces uno hace su camino de piedras, pero llegaste a la mitad del camino y eres tú finalmente, no un kitch de fulano y zutano. Todo parece estar ya descifrado pero no, recién descubro que no, entonces me revelé a mí mismo como un verdadero negro y siento el sonido del mundo en mi estómago como dice la bendita canción de Caetano, porque en el estómago se acumulan los nervios y las tripas se entumecen cuando sentimos tan profundamente, entonces no es el corazón sino el estómago, nos han mentido. Al saber que algún día moriré, entonces me siento vivo, tam tam tam, y eso creo que no lo sienten tampoco los animales, debemos verlo por ese lado, el vaso medio vacío. Es en estos momentos en que quisiera expresarme con todas las lisuras del mundo, de todos los idiomas, quisiera conocer el idioma de mis órganos, de mis tripas, ni siquiera el más políglota erudito, podría conocer así de fácil el idioma de sus heces, quisiera saber cómo se comunican entre ellas mis tripas, mis tripas, mis tripas.

Quizá trazando las formas de NYC, halle las formas de mi cuerpo.

Te escribo muy pronto, a mi llegada de Hartford.

Shelley

martes, 27 de diciembre de 2011 Leave a comment

Un lobo en la puerta


Cuando llegamos de trabajar, tenemos sesiones de espiritismo. Hablamos con vecinos ocasionales que habían vivido en nuestra cuadra hace cincuenta años, o también hace días. Nadie sabía que podíamos hacer eso en las noches o en los días y era como un vicio. Nuestros vecinos creían que éramos una pareja infeliz, estéril y amargada; pero todo lo contrario, no teníamos hijos pero no estábamos solos, en las noches sabias ánimas poblaban el cuarto de la biblioteca. En anteriores sesiones había participado mi amigo Silvestre, pero pronto nos dijo que no podía dormir, que había desarrollado un poder calamitoso; tenía visiones en sus sueños. Siempre soñaba con una cabeza de Medusa o lo que él creía era una Medusa, una cabeza poblada de serpientes y de cuencas vacías. Silvestre dejó de venir, así que Lidia, mi mujer y yo seguimos con esto de preguntar a los muertos por el pasado y el presente. Casi nunca les preguntamos sobre el futuro porque varias veces se han equivocado. Depende también de quién se trate. Siempre está dispuesto a hablar con nosotros un vecino que ha sido policía y está preocupado por su hijo, por eso viene. El hijo está en España y por eso no puede verlo. La mujer se ha casado nuevamente con un comerciante, pero al marido muerto eso le tiene sin cuidado, hace tiempo dejó de amarla. Está obstinado en que el hijo no se haya vuelto un marica. Los muertos también se pueden preocupar de ese tipo de cosas. Lidia y yo tratamos de evitar a este hombre, aunque él esté siempre para nosotros. No sabemos de la suerte del hijo. Lidia una vez se cruzó con su mujer pero no pudo detenerse y preguntarle su situación. Eso le hemos dicho muchas veces al padre preocupado. Él siempre nos dice, su madre no lo sabe, él siempre le ha ocultado las cosas a su madre. 

No siempre los muertos tienen preocupaciones pueriles. Una vez tratamos de invocar a mi madre para saludarla por su cumpleaños. Estaba todavía angustiada y no podía descansar porque, me confesó, había abortado a un hermano mío y nunca nos lo había contado. Ahora ya lo sabes, me dijo mi madre, pero no por ello se sintió mejor. No sé si fue mujer u hombre ni le puse nombre, dijo. Sus sollozos se escucharon y no pude tocar su cabello. 

Ayer tuvimos una sesión larga porque Lidia y yo estamos aburridos. En las fiestas nadie nos visitaba y salir al parque y ver a los niños presumir sus regalos era el peor panorama. Lidia quería conversar con una amiga de infancia que había fallecido de leucemia. Como nos sucedió con otras personas, la muchacha debía tener la edad de Lidia pero conservaba su voz de niña. Era hermosa, me comentó Lidia, y muy extraña. Nunca vio su cadáver, no quiso. Ella sí nos puede anunciar algo sorprendente, dijo entusiasmada.
La joven no quiso conversar conmigo, así que tuve que mantenerme en silencio, casi hablaba en susurros, solo con Lidia. La sesión se interrumpió porque tocaron el timbre de la casa con vehemencia. Lidia perdió la concentración, estaba casi absorta, pálida. 
--¿Qué te ha dicho?, le dije.
--Que nos van a dejar un lobo en la puerta.
--¿Un lobo?
--Fíjate quién es.

Bajé apurado porque quizá ya arribaba lo sorprendente, no quería que me dejaran un lobo en la puerta, pero allí estaba deseándolo y no. Abrí la ventana, era un vendedor. Me ofrecía figuritas de barro, de nacimientos para navidad. Me animé a salir. Escogí, naturalmente, solo los cánidos, lobos, zorros, perros. 

Subí; con las dos manos sostenía los animales envueltos en un periódico.

--Eran figuras de barro, quizá signifiquen algo.
--Es probable que no, dijo ella.
--Algo tiene que pasar, Lidia, algo nos tiene que pasar.



lunes, 26 de diciembre de 2011 Leave a comment

Diálogo en una habitación. El solsticio.


Yo te digo, hasta el hartazgo, los que han olvidado quiénes son o nunca lo supieron. Y los que necesitan audiencia, tribu y aplausos. Tú me dices, no te debería joder tanto. Yo te digo, no me jode, solo me repugnan. Tú me dices, eso hacen los niños y no los adultos. Yo te digo, ¿qué? Tú me dices, emular a otro adulto, apropiarse del otro.Yo te digo, tienes razón. Tú me dices, cuesta ser adulto. Yo te digo, cuesta huevear menos. Tú me dices, es difícil dejar de andar en tribus adolescentes. 

(silencio)

Yo te digo, acabo de leer en el periódico que dentro de algunos años, el sol se va a expandir tanto que los tres planetas más cercanos, Venus, Mercurio y la Tierra quedarán hechos polvo. Tú me dices, con una mueca tan tuya, guau. Yo te digo, lo peor es que se supone que uno se esfuerza para que algo permanezca. Algo siquiera. Tú me dices, si el hombre se hace polvo y las plantas, Dios no existirá tampoco. Yo te digo, solo nos queda la nada, quizá vivimos por las puras. No sé por qué te preocupan tanto las plantas. Tú me dices, ¡las plantas! Sin plantas ni piedras ni abismos, ya no hay idea de Dios. Lo que hagamos queda solo hasta que el sol se expanda, entonces.Yo te digo sí, y el sol parece tan inofensivo detrás de los tules de esa ventana. Tú me dices, y el sol de las seis, no te olvides. Yo te digo, creo que Dios tiene que existir, es lo más conveniente para nosotros dos en este momento. Tú me dices, si no supieras despreciar de esa manera, podrías ser salvada. Yo te digo, pero yo te quiero y es suficiente para salvarme. Tú me dices, no alcanza, Jesús dijo ama a todos, a todos.

domingo, 25 de diciembre de 2011 Leave a comment

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