Notas evangélicas. Lázaro [o extraña resurrección]


Juan, la lámpara, el poeta, dice que en el mundo no cabrían los libros que reprodujeran lo que hizo el Nazareno. Ciertamente que es consciente de ello, Juan. 
Pero Juan, el de visceral imaginación, sí habría preguntado a Lázaro qué sucedió durante los cuatro días en que su cuerpo permaneció en una cavidad de la tierra privada de luz. Juan no podría perderse ese detalle importante, no el escribidor más atento, más inteligente, el que ilumina mejor los movimientos del Nazareno, no el que imagina al verbo tornándose carne. Parece inaceptable. 

Aquí lo que nos dice Lázaro, originario de Betania, hermano de María y de Martha:

«Mi enfermedad no fue penosa. Mis hermanas eran las que lo hacían realmente doloroso, porque morían incluso antes que yo, cada vez que me veían. Yo sabía que iba a morir, no podía respirar. Cuando uno siente que ya el mundo, el aire, no ingresa a nuestro cuerpo; luego de dejar de llevarse la tierra y el agua a la boca: la comida, es que debemos estar alertas que no permaneceremos entre ellos, los que amamos. Así que me despedí y les dije que las amaba como amé a mis padres, que no supe de otras mujeres más que ellas. Todo se volvió oscuro y soñé. O solo así lo puedo describir. Estaba con los ojos vendados y me conducían sobre lo que creo, es una camilla. No podía hablar ni escuchar, me encontraba en un estado de letargo. No respiraba ni latía mi cuerpo; como si el tiempo no se manifestara. Así permanecí sobre esa camilla hasta que escuché la voz del Nazareno que me llamaba. Ya no me sentí dentro de esa camilla sino que abrí los ojos y me encontré en una cueva, a oscuras, tenía vendas alrededor de mi cuerpo. Otra vez escuché: Sal de allí. Me dijeron que estuve cerca de cuatro días allí o en la camilla. Agradecí al Nazareno de que me haya sacado de esa camilla, de esa cueva, lejos de mis hermanas y las volviera a ver, eso era lo importante. Luego de algunos minutos en que las abracé y lloré igual que siempre, me detuve en los latidos, el ritmo otra vez, del tiempo, el subir y bajar de mi cuerpo. Miré al Nazareno, se alejaba lentamente con una miriada alrededor. Sentí una aprensión en el pecho, quería gritarle y decirle que regrese, que no había cerrado por completo la entrada del tiempo en mi cuerpo, que todavía yo seguía latiendo».

lunes, 2 de enero de 2012 Leave a comment

Pequeño diálogo en una habitación. Un día caluroso.


[A y B yacen sobre una alfombra en un día caluroso. Se pudren de calor.]

[A piensa en un asunto crucial en ese momento, el describir la música o el calor. B solo se esfuerza por tomar la muñeca de B y la balancea al ritmo de la música que A considera, no se puede desgranar en palabras.]

[B recuerda que una vez A le contó que su muñeca había sufrido una pequeña lesión. Espera que a A no dañe el movimiento de su muñeca. Quisiera tomar otras partes de su cuerpo pero la muñeca está bien mientras A solo piensa.]

[A cree que un tu-ru-ta-re-ri es absolutamente pedestre para describir el ritmo del mundo, pero entiende que una frase aislada dentro de una canción como my love she speaks like silence se puede reportar, volver una idea, se puede di-vulgar y de-formar, no como el ritmo que puede ser inamovible; también quisiera que B se aventurase más allá y deje su muñeca pero B es pura timidez a pesar de que A le ha dicho que el recato es burda mentira.]

[B recuerda que una vez A le dijo que el recato era una porquería. Entonces A voltea y mira fijamente a B, recuerda que B le dijo que cuando le había hablado del recato, B le había comentado que había personas que jugaban a la relación medieval: era gente que estaba y ni se conocía y que le había parecido chistoso y digno de repetirse. A lo medieval, acuñó esa frase ese día y lo repitió otros.]

[B se sonroja porque A ha volteado hacia su rostro. Sabe que lo de ellos no es medieval para nada. A se dice que hay que ser fuerte y si le gusta observar a B porque le gusta, hay que hacerlo. B cree la situación un poco ridícula y se sienta. A lo imita.]


Oye qué te parece, le dice él, si nos vamos a comprar algo helado. Sigo con resaca. 

Vamos, yo también. le dice ella.

domingo, 1 de enero de 2012 Leave a comment

Carta a Byron. Hola


Byron:

Cuando encuentres esta carta, yo estaré en una avenida de un distrito lejano, no te daré la latitud exacta para que no busques y encuentres, porque la verdad es que a estas alturas quisiera que me encuentres aunque sé que por mí, como me lo dijiste ayer, sientes la pena más miserable del mundo, desgracia de dos amantes que como nosotros, alguna vez con goce trocamos nuestras lonjas de carne por una felicidad absoluta que quizá, como dices también, no nos dejó ver más allá.

Es sumamente injusto casi todo lo que has dicho de mí, no soy ningún camaleón que se ha decidido tomar el color de tu piel; ni la que tuya tuviera un color definitivo, solo piensa en cómo me hallaste, tuve que sujetarme de ti un momento, hasta que hallase el rumbo yo sola, qué joven era entonces, yo fui tú, tú seguiste tú, ni siquiera volteaste para mirarme cómo iba detrás tuyo, siguiéndote. Olvidaste que seguía allí y no me reproches nada que tú alimentabas con carbón el fuego de mis entrañas. 

Había una decisión solamente mía que no tenía que ver contigo aunque albergaba en mi cuerpo una célula tuya o algo así, no estoy segura cuál es su naturaleza exacta. Hay que echarle la culpa, al giro fatal del destino solamente, que un día horrible, de verano, esos que embotan el cerebro, cuando andabas tan prendado de mí y yo solamente apenas dede ti, más estaba atontada con tu piel que otra cosa, decidí no tener ningún hijo tuyo, Byron, decidí esperar a que algún día mi útero alimentara tejidos mejores que los tuyos, células más aptas para el mundo que las contaminadas por tu estúpida apatía. Y aún así, con esa carga que fue disimular las reacciones de mi cuerpo, no te dije nada, meses de silencio, que como te darás cuenta ahora, muestran la mejor de las valentías, la mía. Cuando estaba en la camilla, aguijoneada, avergonzada, ni siquiera pensé en ti, solo en mí, y cómo nadie ya me adoraría, ni vendrían reyes magos ni estrella luminosa en el firmamento que celebren, oh, que celebren que alguien está vivo, ese momento justo en que tubos se ensañaban con mi cuerpo nunca pensé en ti, pequeño miserable, sino en quien pudo ser y no fue. Eso no lo decidiste tú.

Alicia

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R sabe desde cuándo está solo


T: Usted siempre para solo.

R: Me he acostumbrado de chiquito a estar solo. Lo que pasa...

Se acomoda.

R: Lo que pasa es que a mí me gustaba fumar. 

Encoge sus dedos anular y meñique, estira su índice y el dedo medio y se los lleva a la boca sonriente: Me gustaba el pucho.--Tendría doce años así. Nos íbamos a fumar a la parte de atrás. Comprábamos en la comisaría unos cigarros de diez céntimos, más la caja de fósforo de diez céntimos y nos poníamos a fumar.

T: Pero nunca lo he visto fumar.

R: No pues. De allí no sé, un día no sé por qué razón en la comisaría empezaron a vender carne y mi mamá iba a comprar. Me vio fumando y ese día me dio una tanda.

T: Me imagino.

R: Me castigaron. Yo tenía doce años, el resto del año me dejaron sin salir y paraba en mi casa.

T: ¿Y su hermano mayor?

R: Mi hermano me llevaba siete años, era muy mayor para juntarse conmigo. 

T: Siete años es bastante.

R: Desde allí paro siempre solo.

jueves, 29 de diciembre de 2011 Leave a comment

Carta a Shelley. La idea.


Amado Shelley:

Leí tu carta comiendo tortees picante con agua helada. Ha comenzado a garuar un poco y los cadáveres de las polillas caen de los focos, las alas se quedan pegadas en la luz o en las páginas amarillentas de los periódicos. Eso es lo que pasa hoy y acá.

Yo también quiero sentir el tam tam en mis riñones pero aún no lo logro. Cada día estoy más pérfido. He tomado tanto ron en las últimas semanas que no siento las neuronas en su lugar, me duele el lado inferior derecho de mi cuerpo y quiero tirar con todo el mundo. Y aún así soy una buena persona porque todo eso no me enorgullece, no soy tan imbécil.

Ayer vino Alicia y quiso que me pusiera romántico. No pude y se molestó. Le dije que la marihuana era para gente sin imaginación y se molestó más. Le dije que no me conocía en absoluto y lloró con berrinche. Estoy verdaderamente concentrado en una nueva idea y Alicia ya es solo una nube que se mete como gusano en la manzana podrida; mis intenciones y sentimientos. ¡Es que no me dejaba ver bien! Es una imitación gaseosa, obtusa de mí, ¿cómo no la vi así hace años? Estoy pensando en múltiples ideas para encontrarle un nuevo camino sin lloriqueos ni reclamos. 

Ah, mi idea. No te la debería decir porque no tiene forma todavía, como tu cuerpo que anhela un molde, mis ideas flotan y me animan, en todo caso, te lo diría al oído para que nadie escuche, solo un verdadero negro como tú Shelley merece escuchar semejante idea que de concretarse izaría al hombre hasta las profundidades del infierno, sin morir.

Ayer soñé contigo Shelley, estábamos en medio de un camino, o de una vida, que es lo mismo, nos mirábamos pero no podíamos hablar y tú eras un pollo negro que miraba hacia unas ramas. Te llamaba pero no podías escucharme ni entenderme ni yo podía proferir palabras. Yo también era un pollo oscuro. Estábamos absorbidos por nuestra situación individual de aves ignorantes en medio de un forraje copioso. Y sentí la mirada de alguien sobre nosotros, allí desperté. 

Era un sueño que solo repetía nuestra situación, de lo que pasa acá y hoy. Y que así sea, Shelley.

Te estima,

Byron 

miércoles, 28 de diciembre de 2011 Leave a comment

Carta a Byron. Los falsos negros.


Hola Byron:

Nueva York no es cómo tu me has contado. Todo ha caído. Llegué el martes en la noche y me hospedé en un hotel barato de Greenwich village, la entrada olía a hierba, mi cuarto olía a hierba y encima el televisor solo soportaba canales porno. No tenía ganas de dormir así que me puse a ver el mapa de la ciudad por si podría salir a hacer algo al día siguiente. Solo he empacado un par de polos, jeans y lo necesario para soportar NYC las siguientes dos semanas que me han dicho son las más frías. Me quedé dormido y pensaba en qué haría después. Hice una lista con todo lo que me habían recomendado, conversar con algunos contactos de los polleros por si me pueden dar un carnet robado, necesito trabajar. Ayer traté de hablar con un tal Orlando, no sabe hablar ni inglés ni español, es hondureño pero su español es una mierda, ya ni sé si se trata de un hispano o un indonesio que se hace pasar por hispano. Me ha prometido conseguirme algo donde unas tiendas de chino. Traigo conmigo solamente doscientos dólares y si no consigo trabajo, se irá en tres días de hotel barato, mi comida y un ticket de tren, ida y vuelta, a Hartford. 

Traté de aprovechar lo más que pudiera de esta estadía. Fui a Virgin a husmear solamente y no existe, ha desaparecido. Tú me dijiste que tenía tres pisos, hasta ascensor, ahora no hay nada, absolutamente nada, está vacío ni siquiera lo han alquilado al pobre local de Virgin, tú que te habías comprado tantos discos; la generosidad de tu padre y tu insanía por la música que nadie más escucha. Toda la gente acá se queja de la crisis, que no hay trabajo, no hay nada, pero se lo merecen los gringos por imbéciles. Las protestas me hacen pensar que le gente solo se preocupa si sus bolsillos se han visto jodidos...los gringos.
De allí me la paso merodeando por algunos lugares donde hay poca gente y a veces trato de hacer dibujos rápidos, espontáneos del movimiento, de algunas mujeres, sobre todo. Ayer fui a pasar la tarde a un cine, estaba una mujer dorada, vestida de azul, que amé en ese preciso instante y quise dibujar. Estaba parada buscando o esperando a alguien no sé pero fracasé en todo intento. Conservo los borradores y los trazos por si algún día continúo ese momento. Creo que si la describo ahorita lo arruinaría. Tú tampoco sabes describir a las mujeres.

Sobre tu carta. Te respondo sobre dos coordenadas: mis noches heladas y aburridas de NYC y una canción de Caetano Veloso que canta en un inglés forzado como el mío ahora, asqueroso, insoportable pero  genial. Tengo que reconocer que en algunos momentos he sido un imbécil nihilista, jamás un farsante y creo que lo reconoces bien. Me cuesta ser original, no seguir patrones ni amoldarme a gustos ajenos, todo eso cuesta, demonios, cuesta y entonces uno hace su camino de piedras, pero llegaste a la mitad del camino y eres tú finalmente, no un kitch de fulano y zutano. Todo parece estar ya descifrado pero no, recién descubro que no, entonces me revelé a mí mismo como un verdadero negro y siento el sonido del mundo en mi estómago como dice la bendita canción de Caetano, porque en el estómago se acumulan los nervios y las tripas se entumecen cuando sentimos tan profundamente, entonces no es el corazón sino el estómago, nos han mentido. Al saber que algún día moriré, entonces me siento vivo, tam tam tam, y eso creo que no lo sienten tampoco los animales, debemos verlo por ese lado, el vaso medio vacío. Es en estos momentos en que quisiera expresarme con todas las lisuras del mundo, de todos los idiomas, quisiera conocer el idioma de mis órganos, de mis tripas, ni siquiera el más políglota erudito, podría conocer así de fácil el idioma de sus heces, quisiera saber cómo se comunican entre ellas mis tripas, mis tripas, mis tripas.

Quizá trazando las formas de NYC, halle las formas de mi cuerpo.

Te escribo muy pronto, a mi llegada de Hartford.

Shelley

martes, 27 de diciembre de 2011 Leave a comment

Un lobo en la puerta


Cuando llegamos de trabajar, tenemos sesiones de espiritismo. Hablamos con vecinos ocasionales que habían vivido en nuestra cuadra hace cincuenta años, o también hace días. Nadie sabía que podíamos hacer eso en las noches o en los días y era como un vicio. Nuestros vecinos creían que éramos una pareja infeliz, estéril y amargada; pero todo lo contrario, no teníamos hijos pero no estábamos solos, en las noches sabias ánimas poblaban el cuarto de la biblioteca. En anteriores sesiones había participado mi amigo Silvestre, pero pronto nos dijo que no podía dormir, que había desarrollado un poder calamitoso; tenía visiones en sus sueños. Siempre soñaba con una cabeza de Medusa o lo que él creía era una Medusa, una cabeza poblada de serpientes y de cuencas vacías. Silvestre dejó de venir, así que Lidia, mi mujer y yo seguimos con esto de preguntar a los muertos por el pasado y el presente. Casi nunca les preguntamos sobre el futuro porque varias veces se han equivocado. Depende también de quién se trate. Siempre está dispuesto a hablar con nosotros un vecino que ha sido policía y está preocupado por su hijo, por eso viene. El hijo está en España y por eso no puede verlo. La mujer se ha casado nuevamente con un comerciante, pero al marido muerto eso le tiene sin cuidado, hace tiempo dejó de amarla. Está obstinado en que el hijo no se haya vuelto un marica. Los muertos también se pueden preocupar de ese tipo de cosas. Lidia y yo tratamos de evitar a este hombre, aunque él esté siempre para nosotros. No sabemos de la suerte del hijo. Lidia una vez se cruzó con su mujer pero no pudo detenerse y preguntarle su situación. Eso le hemos dicho muchas veces al padre preocupado. Él siempre nos dice, su madre no lo sabe, él siempre le ha ocultado las cosas a su madre. 

No siempre los muertos tienen preocupaciones pueriles. Una vez tratamos de invocar a mi madre para saludarla por su cumpleaños. Estaba todavía angustiada y no podía descansar porque, me confesó, había abortado a un hermano mío y nunca nos lo había contado. Ahora ya lo sabes, me dijo mi madre, pero no por ello se sintió mejor. No sé si fue mujer u hombre ni le puse nombre, dijo. Sus sollozos se escucharon y no pude tocar su cabello. 

Ayer tuvimos una sesión larga porque Lidia y yo estamos aburridos. En las fiestas nadie nos visitaba y salir al parque y ver a los niños presumir sus regalos era el peor panorama. Lidia quería conversar con una amiga de infancia que había fallecido de leucemia. Como nos sucedió con otras personas, la muchacha debía tener la edad de Lidia pero conservaba su voz de niña. Era hermosa, me comentó Lidia, y muy extraña. Nunca vio su cadáver, no quiso. Ella sí nos puede anunciar algo sorprendente, dijo entusiasmada.
La joven no quiso conversar conmigo, así que tuve que mantenerme en silencio, casi hablaba en susurros, solo con Lidia. La sesión se interrumpió porque tocaron el timbre de la casa con vehemencia. Lidia perdió la concentración, estaba casi absorta, pálida. 
--¿Qué te ha dicho?, le dije.
--Que nos van a dejar un lobo en la puerta.
--¿Un lobo?
--Fíjate quién es.

Bajé apurado porque quizá ya arribaba lo sorprendente, no quería que me dejaran un lobo en la puerta, pero allí estaba deseándolo y no. Abrí la ventana, era un vendedor. Me ofrecía figuritas de barro, de nacimientos para navidad. Me animé a salir. Escogí, naturalmente, solo los cánidos, lobos, zorros, perros. 

Subí; con las dos manos sostenía los animales envueltos en un periódico.

--Eran figuras de barro, quizá signifiquen algo.
--Es probable que no, dijo ella.
--Algo tiene que pasar, Lidia, algo nos tiene que pasar.



lunes, 26 de diciembre de 2011 Leave a comment

Diálogo en una habitación. El solsticio.


Yo te digo, hasta el hartazgo, los que han olvidado quiénes son o nunca lo supieron. Y los que necesitan audiencia, tribu y aplausos. Tú me dices, no te debería joder tanto. Yo te digo, no me jode, solo me repugnan. Tú me dices, eso hacen los niños y no los adultos. Yo te digo, ¿qué? Tú me dices, emular a otro adulto, apropiarse del otro.Yo te digo, tienes razón. Tú me dices, cuesta ser adulto. Yo te digo, cuesta huevear menos. Tú me dices, es difícil dejar de andar en tribus adolescentes. 

(silencio)

Yo te digo, acabo de leer en el periódico que dentro de algunos años, el sol se va a expandir tanto que los tres planetas más cercanos, Venus, Mercurio y la Tierra quedarán hechos polvo. Tú me dices, con una mueca tan tuya, guau. Yo te digo, lo peor es que se supone que uno se esfuerza para que algo permanezca. Algo siquiera. Tú me dices, si el hombre se hace polvo y las plantas, Dios no existirá tampoco. Yo te digo, solo nos queda la nada, quizá vivimos por las puras. No sé por qué te preocupan tanto las plantas. Tú me dices, ¡las plantas! Sin plantas ni piedras ni abismos, ya no hay idea de Dios. Lo que hagamos queda solo hasta que el sol se expanda, entonces.Yo te digo sí, y el sol parece tan inofensivo detrás de los tules de esa ventana. Tú me dices, y el sol de las seis, no te olvides. Yo te digo, creo que Dios tiene que existir, es lo más conveniente para nosotros dos en este momento. Tú me dices, si no supieras despreciar de esa manera, podrías ser salvada. Yo te digo, pero yo te quiero y es suficiente para salvarme. Tú me dices, no alcanza, Jesús dijo ama a todos, a todos.

domingo, 25 de diciembre de 2011 Leave a comment

Detalle. Una sibila

Tenía que comprar las flores. Ese día era cumpleaños de su marido, cincuenta años serían. Ese día del cumpleaños darían una fiesta y gran parte de su familia estaba invitada. Las flores adornarían la mesa y también los esquineros de toda la sala. Los había de colores muy encendidos, en los puestos que se duplicaban, la disposición de stands y los vendedores, también se repetían las flores, no había variedad; ella le preguntó a la señora de las flores si había flores blancas. Le dieron gardenias y gladiolos. Ella agradeció y se fue con tres paquetes que cargaba con dificultad, casi cojeando. 
Tomó el micro que la llevaría de vuelta a casa. Le tomó cuarenta minutos llegara hasta el mercado de flores. Seguro le tomaría otro tanto de vuelta, eran las nueve de la mañana. Estaba cansada porque el día anterior había terminado de hacer una maqueta de los planetas con su hijo. La tarea le habían dejado hace dos semanas pero se olvidaron. El padre no participó en la tarea porque estaba muy cansado. Trabajaba casi todo el día y sobre todo ayer porque era víspera de su cumpleaños, sus amigos lo agasajaron. Ella había regresado después de un día terrible pero tenía que acabar la maqueta de Martín. Se pasaron casi cuatro horas pintando el tecnopor redondo de colores. Martín se ponía caprichoso porque quería que los planetas estén de diversos colores, a ella le daba igual. Terminaron casi a las dos de la mañana y el planetario era una joya gracias a las maniobras de Martín, que le había puesto escarcha en los planetas para fingir estrellas. Ella no estaba segura si todos los planetas tienen estrellas. Eso estaba soñando en el camino de vuelta. Un joven generoso le había cedido su asiento. No le gustaba que le cedieran el asiento reservado para ancianos, la ofendía; a veces los jóvenes lo hacían porque si bien no era vieja, se veía cansada, era eso. Su sueño era como un recuerdo. Estaba pintando los planetas de Martín. Él se ponía muy severo sobre el color de los planetas que había visto en una lámina. Marte es rojo. Soñó también con la torta del cumpleaños de hoy, que debería ser de color rojo también. Era el único color que su hermana sabía preparar en glasé, porque le echaba un sobre de refresco de fresa para teñirlo. Era la única cubierta que sabía mejor, la de piña y naranja habían fracasado en cumpleaños anteriores. Eso soñaba, pero todos esperaban al cumpleañero y no llegaba. Despertó. Sus paquetes seguían allí, en sus brazos, menos mal que las flores sobresalían para que no pensaran de que se trataba de algo valioso disimulado en papel kraft. Quiso seguir mirando al frente, faltaba tan poco. Durmió nuevamente desde donde se había despertado, se había acostado tarde y no había descansado. Seguía soñando en que todos estaban tan arreglados y su esposo no llegaba, ¿a dónde se habría ido?

Despertó otra vez y se había pasado unas cinco cuadras. Bajó y tuvo que caminar regular. Llegó a su casa cerca del mediodía. Había gran alboroto porque la comida estaba a medio hacer. No todos los días se cumplen cincuenta años. Preguntó por su hija y su esposo, pero nadie sabía. La cocinera que había contratado ese día estaba absorta en las cantidades de ingredientes para la comida. Cuarenta personas invitadas. Fue a su cuarto, su esposo no estaba. Fue al cuarto de su hija, tampoco estaba. Le pareció muy raro. Preguntó a la cocinera otra vez por su esposo. Debieron salir, cuando llegué no había nadie. ¿Entonces cómo entró? Estaba su empleada. --¿Y ahora dónde está ella? Me abrió la puerta, luego se fue a comprar lo que faltaba. Yo no llegué a verla, solo mis ayudantes. --Gracias.
Subió las escaleras hacia su cuarto. Estaba preocupada pero a la vez se sentía aliviada de que no estuvieran alrededor. Quería dormir un ratito pero no podía, faltaba limpiar y arreglar la sala, colocar las flores en las mesas y en los esquineros. Estaba dejando su monedero y su reloj encima de su tocador, cuando entró la empleada. Algo agitada le dijo que su esposo se había desvanecido en el baño luego de orinar. Se había golpeado con la esquina del lavadero y se había roto la cabeza, fue un espectáculo el charco de sangre. La hija se lo había llevado a emergencias.

Ella se sorprendió pero no tanto. Todos seguían moviéndose de lo concentrados que estaban en la fiesta, pero sin su esposo, qué sentido tendría. 


martes, 29 de noviembre de 2011 Leave a comment

Fragmento. El ángel del hogar


--Luego de averiguar su dirección gracias a un detective privado, esos que abundan sobre infidelidades y otras cuestiones amorosas que ni Dios podría resolver, decidí acabar con este asunto y no alargarlo más. Tuve, después de dos semanas, una ficha con las características de ella, una foto, en la que salía con una pañoleta clara y una serie de datos sobre su vida actual: su nombre de pila, Isabel Lavalle, divorciada, de cuarenta y tres años, sin hijos, el número de la placa de su auto que anoté estaba correcta y no erré en dársela al detective, después de todo, qué podría hacer solamente con facciones físicas y una que otra indicación sobre su rutina que yo conocía apenas, el lugar donde la veía usualmente; el auto me llevó hacia ella, como fue en el auto donde noté su existencia por primera vez, me alegré por eso. Isabel trabajaba en un edificio de Jesús María pero eso no me importaba, o sí me pudo haber importado antes, en otro tiempo, si es que no tuviera su dirección, su casa, donde come y duerme, en mis manos, hace dos meses y sin poder hacer nada al respecto. Emma, mi madre, me dice que vaya de frente y le diga, así como en las películas que nos gustaron en mi adolescencia, y a ella, en su segunda adolescencia: "Te he estado observando desde mi auto y conozco tus movimientos en la calle, casi de memoria, y me agradan, pero claro, solo sé de ti hasta que entras a un edificio o a tu casa o te encuentras con algunas personas, quisiera saber qué es lo que sientes". No funcionará, estos problemas que yo cavilo en mi minúscula existencia, exenta de algún verdadero sentido (porque no era amor lo que sentía sino, en algún momento lo pensé así, morbo, por saber quién es esa mujer) son simplemente inventados. Tenía que inventarme una historia y era consciente de ello.

El día más pensando, no el menos, sino aquel planeado hasta el hartazgo, incluso con largas horas de desvelo, me presenté en la puerta de su casa, a las siete de la noche porque días de vigilancia me aseguraban de que ella estaría allí. Toqué el timbre y después de casi cinco minutos en los que solo me detuvo el alivio que no pasaría por ese desvelo y angustia nuevamente, me abrió ella, casi sin maquillaje, con parsimonia y me dijo: "Estaba esperando que toques la puerta, llevas días vigilándome". 
Ni Emma ni yo habíamos considerado esta posible reacción. Nunca ella había volteado cuando la vigilaba ni seguía con mi auto, pero allí estaba ella con una voz entre gentil, conformada y también increpándome por qué la vigilaba, o quizá solo también quería que yo tocara la puerta. En fin, giré, algo nervioso y estuve apunto de irme, pero ella con una orden fría, me dijo: "Pasa". Le obedecí. Me senté en lo más cerca que vi, una silla cerca de un reloj de madera de casi de dos metros. Me dijo, entre otras cosas, que vivía sola, que había notado que la estaba siguiendo desde hace tres meses y que había descartado que fuera un asesino: "No tengo marido, soy divorciada, no aventuro con amantes; detesto el dinero y no tengo ni enemigos. Vivo sola, como te habrás dado cuenta. Tenía un hijo pero ha fallecido a los dieciocho años." Eso es todo lo que sabrás de mí. 
Luego de esta aseveración de ella, no tuve ganas de seguir allí en su sala en la penumbra, porque era una invitación a la salida. Ella no se paró ni yo tampoco. No pude decir nada. Luego de un tiempo de silencio incómodo, pero que se fue disolviendo, ella se paró y se fue hacia una puerta, que supongo daba a la cocina. Me dijo: "Tengo hambre, traeré algo de comer". 
Era una situación esperada pero que se desbocó de mi imaginación, la superó. Ya estaba maquinando cómo contárselo a Emma y en qué orden, yo, que había olvidado incluso algunos minutos, o no podría decir qué sucedió primero o después. Miré hacia la mampara que daba hacia su jardín; cubría la puerta corrediza una suave cortina, como un tul. Ya era de noche y la puerta estaba cerrada. Isabel me dijo que vivía sola pero yo ví, no me equivoco, una figura alta, delgada, figura masculina parada detrás de la mampara. No pude ver su rostro porque no lo tenía. Era un espectro. Me paré del susto y quise ir hacia la puerta; en eso entró Isabel con dos cuencos llenos de fruta picada. No me miró: "Ya sospechaba que querías irte". Yo le indiqué la mampara, hacia el espectro. 
--No hay nada, me dijo. Come.
Desde allí, y luego lo acepté yo y nunca ella, lidiaría con el ángel de su hogar. 

domingo, 13 de noviembre de 2011 Leave a comment

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