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03 de octubre. El centro del cuadro

Ya ha pasado cerca de una semana y no llamo a Deborah para que me cuente qué ha visto o soñado y por lo tanto sabe "de todos". No he regresado por eso a revisar mi correo para que me diga, estoy desocupada en la tarde o en la noche o en la madrugada, llámame que te contaré todo, ¿segura estás bien? He decidido cerrar mis oídos porque pensé que por más que Deborah siempre tuvo el privilegio de una visión ubicua, aunque intolerable para ella, seguramente, porque así son las regalos cuando no los pedimos, no podría saber más que yo; esta vez, me dije con orgullo, todo lo tengo yo, era solo cuestión de abrir los ojos, y ver bien la postal, el plus, el extra, la respuesta. 

Así, me tomó algunas horas descifrar la postal de Héctor, otra persona más entrenada que yo lo habría hecho en menos tiempo. Me sirvió un diccionario enciclopédico del estante de libros de mi abuela que usualmente leía el abuelo; uno de estos días había pensado en regalárselo a los niños del frente, pero era de 1957, qué les podía servir. Lo conservé por si me interesaba ver las imágenes en papel couché que hizo atractivo el diccionario cuando lo compró mi abuelo. El origen del alfabeto cirílico es más antiguo que la nación rusa, dice la entrada "Alfabeto", se deriva del alfabeto griego. La clave de la segunda postal que envió Héctor presenta una resolución bastante simple y hasta de razonamiento infantil, por lo mecánico, se trataba solamente de reemplazar los dígitos del alfabeto cirílico por el alfabeto latino, o eso creí al comienzo. El resultado del cuadrado compuesto por 5-5, cinco filas y cinco columnas me dio, en los primeros dígitos: Bank of America NV. Qué inocente y qué práctico, Héctor. Tu banco y tu Estado. Así quise seguir avanzando pero lo que era ante mis ojos cirílico, dejó de serlo cuando el reemplazo no empezó a funcionar porque lo siguiente pertenecía a otro sistema alfabético. Para buena suerte mía o debe ser la eficacia de los que elaboran diccionarios, al lado del alfabeto cirílico había otros alfabetos más, que me recordaron, como ya lo estaba intuyendo, de que se trataba del alfabeto griego. Pensé en números pero igual me detuve. Me salía una distribución de letras sin sentido en castellano, como una palabra en alguna lengua eslava, sin vocales, me acordé de el apellido de algún jugador de fútbol de Yugoslavia cuya pronunciación ridiculizaba a los comentaristas deportivos. Como vi que el procedimiento había comenzado de manera muy sencilla, así debía terminar, nada de trabalenguas, me dije. Héctor debía comprender mi impaciencia, debió haber diseñado un artefacto tan sencillo como bajar la palanca del water, tantos años juntos como camaradas. Sabía que cuando hacía manualidades cortaba todo muy rápido porque quería ver el resultado, ya, ya, ya, el retazo cortado; las bolitas de papel crepé solo debían parecer mínimamente redondas para que estuvieran perfectas para mí; hice un peluche que no podía durar más que unas horas, toda la espuma salía por las gruesas costuras, porque quería ver el producto final el mismo día y ese monstruo era resultado de mi impaciencia que se mofaba de las puntadas finas, de la divina proporción que trataban de emular los moldes. Dejé abandonada la postal porque no quería buscar sentido a esas consonantes sin vocales, bárbaras, pero dos días después, cansada de hojear revistas de moda de la abuela para desintoxicar mi mente de los dígitos de esta postal, de la biografía de Misterio que no podía seguir elaborando, decidí regresar a la entrada "Alfabeto" del diccionario. Allí me detuve y con paciencia de filólogo leí la entrada que abarcaba tres páginas: tenían que seguir números si aparecía el nombre del banco primero, me dije. Supe entonces que los números en Occidente y en la China y en Irán son de importación árabe, los griegos, como grandes obsesivos por darle nombre a todo, tenían su propio sistema de numeración: los números en griego se dicen también como las letras del alfabeto. El resultado final me arrojaba: Bank of America NV 0098 8546 87. Era el número de una cuenta bancaria, de todas maneras. 

Volteé la postal y la puse delante de mí. Es un paisaje lindo pero triste, por los rayos del sol, las piedras se ven como perlas, luminosas, pero no hay plantas ni animales, salvo pinos solitarios dispersos por las montañas rocosas, Nevada. El río Colorado. Los ríos en Estados Unidos tienen nombres bonitos, como los ríos andinos, Colorado, Misisipí, Bravo, Misuri. ¿Qué hago con un número de cuenta bancaria? El miércoles por la tarde fui a la tienda a comprar fósforos. La dueña me dijo que mi semblante había mejorado: --Qué bueno que su cara se haya mejorado bien rápido, señorita, su abuelita se iba a asustar si la veía así, de todo se impresiona. Sí, mi abuela, ya debería estar de vuelta, tanto se demora. Y siguió: --El señor Diego de la municipalidad me ha dicho que se habían olvidado una carta para usted me ha dejado encargado que le diga que vaya a recoger. Mi abuela o Héctor, pensé de inmediato. 

La tercera postal de Héctor tiene la imagen de un mapache y es anterior a la postal del código pero no del mustang. La leyenda dice: Raccoon, original from North America. Ha llegado tarde porque no ha sido enviada a Martín primero sino directamente a mí, seguro Héctor supo después mi dirección y prefirió enviarla de frente. Tardó esta en llegar más que las otras que las envió a Lima. Recordé que nos gustaba mucho una canción que se llamaba Rocky Raccoon. El primo de Héctor que vivía con él nos contó que la canción trataba sobre un cowboy de Dakota, Rocky. Rocky Raccoon se enfrenta en un duelo y termina herido pero al final parece que es invencible y promete revivir, Rocky's revival, termina la canción. La postal solo dice así:
"Mune: chequea la postal siguiente, es importante. Te escribo apenas des señal al correo del mapache de que tienes bien el número."
Entonces ya había planeado desaparecer, incluso de Martín. ¿Por qué escribía casi en clave Héctor? Como a Héctor le gustaban los cowboys y Rocky Raccoon era un nombre no muy conocido de cowboy y en clave musical, se creó una cuenta con ese nombre que solo utilizaba con las personas que lo conocían como Manuel Cebrián, que prácticamente para la época en que se creó su correo electrónico, éramos Martín y yo (y Deborah, probablemente), salvo que alguien más supiera de que todavía alguien lo llamaba por ese nombre y no nos lo haya contado. 

A estas alturas de la semana, he dejado de lado la biografía de Misterio, que me justificará, estoy segura, la expectativa sobre el regreso mi abuela, la conversación pendiente con Deborah. Las intenciones de Héctor ocupan el centro de ese cuadro que componen sus extrañas postales.



domingo, 28 de agosto de 2011 Leave a comment

02 de septiembre. Héctor y los mustang.

He recibido una carta y dos postales. La carta es de mi abuelita que todavía está en Ica arreglando la venta de esta casa y deshaciéndose del ganado que no puede cuidar. Cuando regrese por sus cosas, sabré que será el momento de irme definitivamente. Me ha pedido que arregle la poca ropa que dejó y que limpie de polvo la cocina, la sala y el almacén. Dice también que siente que nunca pensó en morir en la ciudad, pero que mis tíos no le dejan otra alternativa. Quisiera decirle a mi abuela que me gustaría hacerme cargo de ella y vivir acá siempre, a su lado, pero sé que no podré cumplir esa promesa, que tarde o temprano, por más gustosa que me sienta acá, tendré que partir.

Alterno mis días con la limpieza y la biografía de Misterio, que como se sabe, me ha sido difícil de afrontar. Las postales que he recibido, me las ha reenviado Martín, ya que llegaron a mi antigua casa. Son dos postales de un amigo de infancia que se fue hace algún tiempo a Estados Unidos, Héctor. Héctor es el mayor de dos hermanos que fueron muy amigos de Martín. Nadie sabe dónde está Héctor salvo Martín y yo. Y es que en realidad Héctor no se llama Héctor, a estas alturas, ya he olvidado su nombre, pero no interesa. Sus padres creen que está desaparecido o muerto. Héctor fraguó una huida bastante exitosa, pero el ser un apoquiro (hermosa palabra inventada por un señor bastante creativo, Pynchon, que se refiere a la distancia máxima que recorre un yo-yo) le ha costado la salud a su madre. Es el precio que hay que pagar para ser, finalmente. Héctor un día, en vez de llenar su mochila con cuadernos cuando cursaba el quinto año de secundaria, se las ingenió para que alcance en una clásica Jansport color azul, muy escolar, dos jeans, tres polos, uno de color verde, otro negro y uno plomo, una Biblia en miniatura, un cepillo de dientes, un colgate, walkman con audífonos, un cassette con lo mejor de Genesis, dos bóxer de cuadraditos, muy de moda entonces. Sé de este inventario porque él mismo me mandó esta lista con la autorización escrita de la tenencia del resto de su codiciada colección cassettes si es que algo le pasaba. Sus padres incluso contrataron a dos detectives retirados de la policía, pero quien no quiere ser encontrado, jamás va a ser encontrado. Creo que estuvo trabajando en la frontera de Ecuador en un mercado de frutas, donde ahorró dinero para comprarse un pasaporte falso y pudo así viajar a México, siempre en bus. Como espalda mojada se fue a Estados Unidos, donde es conocido como guatemalteco y ahora está trabajando en Nevada, en un Mc. Donald's. Su contrato vence en enero del próximo año y ya está pensando en comprar dos rifles y pasar medio año siguiendo la ribera del río Colorado como entrenamiento, porque su próxima meta es ser un guardabosques. El proyecto de Héctor es ser el mejor apoquiro jamás existente, pero sabe que solo en Estados Unidos se podría ser un apoquiro con tranquilidad.

El gran Héctor, yo-yo humano, me contó en la postal que su padre lo llevaba siempre a las carreras de caballos y que mi búsqueda de una voz para Misterio le resultó familiar, porque él se siente de alguna forma y desde niño, un caballo. Me mandó la foto de un mustang. Un mustang, luego averigüé, es descendiente directo de los primeros equinos que sintió el suelo del Edén y que vive en la pradera en estado salvaje. Héctor me dice son "corredores por naturaleza y solo determinados por su instinto, que es la libertad". Ha visto correr a estos animales a gran velocidad cuando tomó una vez un Amtrak que lo llevó desde su ciudad hacia Carson City. Dice que sintió como un gran estremecimiento, para nada motorizado, no esos juguetes Ford Mustang, era fibra perfecta de un caballo; era sobrenatural. Y allí estaban, solo mediados por la ventana, unos veinte mustangs a los que llevaban otros jinetes, seguro hacia alguna reserva cercana. Termina Héctor: "uno de estos días tocaré un mustang".

Esta es la postal que me envió Héctor, la foto de un mustang, que bien podría ser del pincel de Franz Marc. Aún no leo la segunda postal.




lunes, 22 de agosto de 2011 Leave a comment

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